Narraciones

Tierra nuestra

Christian Divarvaro

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Como casi a todos los lugares a los que viajo, vengo invitada a Tucumán por un festival de literatura. Nunca estuve por acá y, sin embargo, ya desde días antes de subirme al avión algo de esta tierra me llama, intento no pensar en Paulina Lebbos y no puedo. Cuando llego a San Miguel me pasa lo mismo, caminar la ciudad y pensar en Paulina, en su vida y en su cuerpo que se han llevado, en el dolor de su padre que todavía busca algún resto suyo que ponga fin a la incertidumbre y a la impunidad.

Antes de salir para acá le pregunté a mis amigos: ¿Qué onda Tucumán? 

Uno me advierte: No preguntes por “la casita de Tucumán”. Se llama Casa Histórica y es un orgullo muy fuerte que nada tiene que ver con el diminutivo que usamos nosotros. 

Otro me pregunta:

¿Sabías que la Declaración de la Independencia se mandó a imprimir también en quechua y en aymara? Y ese descubrimiento me parece maravilloso. Todo complota para que emprenda este viaje hacia una experiencia directa alrededor de algunos ejes que vengo pensando este último tiempo. 

El encuentro de escritores, cineastas, músicas y libros al que vine a participar se llama Filt y termina 24 horas antes que el Día de la Pachamama, dejándome en las vísperas a solo 200 kilómetros de los valles calchaquíes. Unas cuatro horas en micro o tres en auto.  

Antes de decidirme le consulto a un último amigo que vivió varios años de su infancia en Tucumán y me contesta: Yo no vuelvo nunca a los lugares en donde fui feliz, pero si necesitás lo que sea te paso varios contactos. Siento eso como un augurio excelente y me decido a intentar quedarme unos días más allá del Festival, cuarenta y ocho horas de una experiencia tan intensa que apenas voy a dormir.

San Miguel

Los pasajes aéreos me los manda la organización del Filt, pero los otros los voy a comprar yo. La página de la empresa que va hacia los valles me rechaza tres veces las magras tarjetas así que la primera mañana que tengo libre y con la excusa de comprar esos boletos, salgo a recorrer la verdadera San Miguel, más allá de los hoteles bastante lujosos y el circuito de universidades y museos de todo festival.

Camino alejándome del centro, atravieso casas modestas, despintadas, algunas muy antiguas. Cruzo una avenida enorme llena de gente y locales con ropa de imitación. Voy hacia una plaza con centenares de puestos en donde no solamente hay una feria principal, sino que muchos otros arman sus puestos apenas sobre alguna manta. Sigo caminando hasta toparme con un gigantesco parque verde, tengo que atravesarlo y es difícil entender los semáforos que parecen contemplar solo a los autos. Trato de imitar a la gente del lugar y lo que hacen es correr esquivando vehículos. Llego hasta el estacionamiento de un shopping, con su patio de comidas y numerosos locales, y más allá comienza la terminal de ómnibus de San Miguel.  

Esta terminal es un centro que conecta con una infinidad de zonas del país y por eso está repleta de gente. Busco la ventanilla para sacar los pasajes a Amaicha y no la encuentro. Camino metros y metros de boleterías de empresas que van a cientos de ciudades. ¿Será que los pasajes a Amaicha se venden en otro lado? Cuando ya caminé más de una cuadra adentro de la terminal, la encuentro: casi la última boletería de todas es la que busco, Aconquija.

Mientras el vendedor me pasa los horarios de los tres o cuatro servicios que van y vienen a diario, escucho risas de niños, gritos y algún llanto intenso, vendedores ambulantes, mujeres embarazadas que cargan algún niño más pidiendo unos pesos. En esta terminal todo se hace escuchar. 

Cuando era chica, la forma de Tucumán me parecía igual a la de un corazón, pero en el mapa con división política que usábamos en la escuela no se representaban las conexiones de decenas de rutas abiertas como arterias y venas que te llevan con facilidad hasta cualquier lugar del centro o del norte del país. Ese mapa color en movimiento, con infinidad de rostros viajeros que cargan sus equipajes hacia el micro que los traslade a destino, hoy me incluye a mí. Saco mis pasajes ida y vuelta esperando que el regreso no se atrase porque no quiero perder mi avión y sigo caminando por San Miguel. Voy hacia la Casa Histórica. 

Atravieso la ciudad hacia zonas más turísticas y no me pierdo la oportunidad de recorrer el Parque Independencia, aunque tenga que desviarme y caminar de más. 

A la Casa Histórica vienen a conocerla desde todos los puntos del país. Lo primero que me llama la atención es la puerta de un azul intenso y las paredes tan blancas. Transito rápidamente por las distintas salas llenas de cuadros y objetos antiguos que se fueron incorporando luego de que se reconstruyeran casi todas las salas, busco la única que jamás se demolió y por lo tanto, no es una reconstrucción posterior: El salón de la jura. Aquí los carteles insisten: Camine solo por la alfombra, pero nadie los lee y el cuidador tiene que repetirlo cada dos minutos a los visitantes emocionados que se bajan a este piso antiguo que una imagina frecuentado por los personajes históricos reales que pueblan las paredes.

El Acta original de la Independencia Argentina firmada en 1826 en esta sala, fue robada camino a Buenos Aires. La custodiaba solamente un oficial porteño de 21 años llamado Cayetano Grimau y Gálves, desarmado, cuya misión de entregarla en su ciudad recorriendo 1300 kilómetros no llegó a concretarse porque fue interceptado un poco después de Córdoba. 

¿Por qué el documento más importante de ese momento histórico sería enviado en esa travesía con una custodia tan endeble?

La copia de ese acta, con firmas originales, que en ese momento se usó para suplir la original por su validez legal, también fue robada años después. En papel o en metales brillantes y espejados, de la Declaración de la Independencia solo quedan copias. 

Busco las actas en quechua y en aymara y me encuentro una sorpresa. Dentro del recinto hay dos QR para escuchar la Declaración leída en esas lenguas. Saco el celular, lo acerco, y me descargo los audios. Abro la mochila y busco mis auriculares, mientras salgo a caminar por el patio interno de la Casa Histórica, lleno de árboles nativas y con una reconstrucción del aljibe original, escucho lenguas nuevas que me traen deseos antiguos.

Nosotros partimos, vosotros temíais, elles aman

Aunque en estos días haya vuelto el eterno tema de enseñar en nuestras escuelas un supuesto español puro, una entelequia de lengua con hablantes siempre al tanto de los permisos y prohibiciones de la RAE, pese las sucias lenguas maternas que hablan en sus barrios y comunidades, desde hace más de doscientos años el espíritu de la Independencia Argentina contemplaba la búsqueda de formas de convivencia con los hablantes de otras lenguas y sus pueblos. La voluntad inicial incluía copias del acta también en guaraní, pero como finalmente las provincias del litoral estuvieron ausentes en las sesiones del Congreso, no se llevó a cabo. 

La disputa por las lenguas sigue teniendo una vigencia muy actual en las aulas argentinas. Propuestas por volver a un supuesto español neutro e inocente darían cuenta de cómo millones de hablantes estarían manchando esa lengua única.

Muchas veces me preguntan si les enseño a hablar a mis alumnos en inclusivo y siempre contesto lo mismo, que en todo caso son ellxs lxs que me enseñan a mí. Muchas otras veces escucho como se lamentan por la pérdida y deformación del hermoso español, cuando una lengua que trae incluidas las violencia machistas, racistas y clasistas no tiene por qué ser hermosa ni esconder sus luchas.

¿Dónde se dará la continuidad de la vida sino en la tierra? ¿Dónde se dará la continuidad de las culturas que habitan esas tierras sino en las lenguas?

Tantas lenguas variadas como riqueza misma de nuestra condición de habitantes del sur del continente americano para querer unificarla lavándola con la lavandina racista de las Academias Reales. 

Cuando empecé a viajar, mis hijos armaron un grupo y lo bautizaron Bendiciones Reyes. 

Antes de salir de la Casa Histórica, saco mi celular de la mochila, envío los audios del Acta de la Independencia en quechua y en aymara a ese grupo y les pido que las escuchen. También se las envío al grupo de amigos de mi facultad, Ágora Maga. Las respuestas me llegan unos minutos después.

Una lengua puede conmovernos más allá de doscientos años de distancia.  

Quilmes

Subo las más de cuatro horas hacia Amaicha del valle sentada en el primer asiento del micro y al borde del éxtasis. Quería dormir, pero la belleza del paisaje y lo abismado de los precipicios no me dejan ni pestañear. 

Las cuatro horas que dura el viaje, los conductores van saludando a todo el mundo, la efusividad alegre con la que son reconocidos al pasar es contagiosa. En la medida en que vamos subiendo, gallos, gallinas, vacas, perros y pequeños cabritos disputan el camino doble mano y siempre al borde de precipicios. Una mujer muy flaca junto a dos niños paran el micro para hacer un trecho de 50 kilómetros y ninguno de los conductores quiere cobrarle. El último trecho se me hace eterno, el micro para subiendo y bajando gente cada 200 metros, muchos niños que salen de sus escuelas y a falta de transporte público se toman el Aconquija gracias a la buena voluntad de sus choferes.

Una Sofía me invita al Filt y la otra me va a recibir a la terminal de Amaicha para alojarme en su casa y guiarme hacia las ceremonias, ofreciéndose también a conducirme a través de los escasos kilómetros que nos separan de las tierras sagradas de los Quilmes. 

Subir las terrazas de los Quilmes es todo un impacto emocional.

Poder mirar con la perspectiva de ese pueblo majestuoso desde el territorio que fue su hogar y que aún hoy tiene una vista privilegiada de todo el valle y de sus propias construcciones, es un regalo de los dioses. El aire es distinto, la tierra es otra pero sobre todo el propio cuerpo es diferente. 

A medida que voy subiendo escucho que las copleras hacen sonar sobre sus parches el ruido de la tierra que de a poco se va sincronizando con el de mi corazón. Subo un trayecto más hasta que el sonido queda mucho más abajo y me vuelvo a girar. Estas tierras son tan enormes como majestuosas. Parecía que nada podía dañar a sus habitantes ya que la vista les permitía a los Quilmes vigilar la totalidad de los valles, creando esa ilusión de que nada podría sorprenderlos y sin embargo, a las armas de fuego de los españoles nadie las vio venir.

Resistieron los Quilmes más de cien años pero finalmente, envenenados sus pozos de agua y cercados por las armas de fuego y la traición, cayeron ante los invasores blancos. Dando continuidad a la voluntad de exterminio que se repetiría en manos de Julio Argentino Roca 200 años después hacia el sur de nuestro país, los españoles impusieron a los sobrevivientes apresados una penalidad brutal: debían emprender el éxodo a pie hacia las tierras conurbanas que hoy llevan su nombre.

La garganta aprieta, los ojos arden, cuesta respirar. Acá la magnitud de los daños se vuelve mucho más palpable y el cuerpo pasa factura. 

Me siento para mirar esta tierra poblada de cactus enormes y recuerdo uno de esos cuentos crueles que nos contaban cuando éramos niños: Hansel y Gretel van a ser abandonados en el bosque y para no perderse, los hermanos se guardan un pedazo de pan duro entre las ropas para ir arrojando miguitas por el camino. Esas migas de pan marcando las propias pisadas, son las que les hubieran permitido dar los pasos correctos y regresar a su hogar, si los pájaros no se las hubieran comido. De la misma manera, los Quilmes van marcando paso a paso la tierra que caminan desde su salida forzada en 1666 desde los valles calchaquíes, dejando un rastro en sangre y cuerpos de hermanos muertos, pero la tierra sedienta se va devorando su estela.  

Durante los 1366 kilómetros que recorren en algo más de un año desde Tucumán hacia la zona sur de Buenos Aires, una siembra de sudor, coágulos, carne, pelos y huesos de los Quilmes dibuja en la Pacha su trayectoria. 2600 hermanos Quilmes comienzan la marcha, llegan apenas 800. 

Abajo de toda esta enormidad comienza a armarse un círculo de muchos colores, son los que como nosotras, se acercaron a participar de la ceremonia que se hace aquí todos los primeros de agosto. Me apuro a descender y me sumo al círculo en donde el cacique Chaile explica:

-Arrodillarse, poner las cosas bien puestitas, con amor, para pagarle a la Madre Tierra. 

-Agradecer hoy al Tata Inti por las cosas que tenemos. 

Al lado mío un niño de guardapolvo blanco le pregunta a su maestra:

-Seño, ¿Io voy a pasar ahora?

Y ella le responde

-Todavía no, espere un poco.

Más allá una niña algo más grande sostiene una whipala y otro alumno pegado a ella, la bandera celeste y blanca. Todos están serios, ceremoniosos, peinados y vestidos con el esmero de sus familias. No son los únicos niños que han venido pero igual que los otros, tienen muchas ganas de depositar sus pequeñas ofrendas en la boca abierta de la tierra. 

Alguien pasa para sahumar a cada uno de los presentes, para sacar las malas energías y comenzar un nuevo ciclo. Cada uno recibe ese humo con las manos y trata de hacerlo llegar hasta la cabeza.

Las ofrendas están desde temprano depositadas frente a un hoyo cavado en la tierra, una boca trazada a la salida del sol como manera de darle de comer y de beber a la Madre Tierra que nos alimenta y cobija el resto del año. Se celebra en agosto porque es el tiempo previo a roturar la tierra con la que se refuerzan los lazos, para luego poder hacer la siembra. 

Varios son los que hablan al comienzo de la ceremonia, pero las que más me impactan siguen siendo las palabras del cacique:

-¿Por qué la calor? ¿Por qué esos desfasajes de la naturaleza? ¿Por qué la falta de agua? Acá no se trata de salvarme yo sino todos. Nosotros no somos dueños de nada, estamos de pasada, pero necesitamos que reconozcan que habitamos estas tierras desde nuestros ancestros. Recién ahora podemos celebrar en público porque hemos tenido que escondernos temiendo por la iglesia que tomaba nuestra celebración como pagana, temiendo por la represión, pero acá estamos. Pedimos el reconocimiento jurídico para poder vivir felices en nuestras tierras 

Las cajas de las copleras vuelven a ejecutar el latido de la tierra mientras sus voces cantan: Despertar la tierra para agradecer, proteger, abrazar, cuidar, celebrar, reverdecer, ofrendar...a esta tierra tan bonita, Pachamamita. 

Amaicha

En Amaicha me invitan a una ceremonia privada en la que terminamos siendo unas cuarenta personas las que venimos a honrar a la Pachamama. 

Me sorprenden los cigarrillos encendidos en una montañita de tierra y una botella de vino tinto introducida hasta con el corcho dentro de la boca abierta de la Pachamama, que como el Maximón de los pueblos de Atitlán, fuma y toma. 

La ceremonia es guiada por los hermanos Andrade. Tanto ellos como sus hijos mayores pronuncian palabras hermosas, reflexivas y muy sentidas, invitando a que cada uno de los que se acercan a ofrendar, se animen a decir también sus agradecimientos y deseos. 

Alrededor de la ofrenda hay jarras y vajillas de cerámica, algunas muy hermosas, que son transmitidas de generación en generación para honrar a la tierra. Pequeñas obras de arte hecha con la misma tierra moldeada por manos calchaquíes y horneada para ser a la vez herencia y ofrenda.

Las jarras tienen agua para darle de beber a la tierra en un territorio amenazado por su escasez. Pero a la Pacha también se le da cerveza, vino y otras bebidas alcohólicas. Más allá de recordar a los muertos y pedir por la salud de quiénes han enfermado, esta es una fiesta alegre. 

Se ofrendan nueces, semillas, frutos de la tierra pelados y cortados, pan, miel, palta, papas asadas, cereales. Todo aquello que la tierra nos da, vuelve a ella con palabras agradecidas con el corazón.

Después de la ceremonia hay una comida comunitaria en el fondo enorme de tierra de los Andrade. Solo la hermana mayor no ha podido venir. Me sorprende la humildad con la que se me sienta a mi lado Humberto Andrade para explicarme las cosas a mí, que vengo por primera vez. Nosotros decidimos hacer la ceremonia aquí, por esta vez, por la muerte de nuestros padres y por el covid que nos estuvo acechando. Pero hemos reflexionado mucho acerca de cómo tenía que ser la ceremonia este año. Cada comunidad hace la ofrenda tal cual sus antepasados porque se va enseñando de abuelos a hijos y nietos. 

Los Andrade son hijos de Celia Segura, Pachamama 2012 y 2013 y reconocida líder espiritual de Amaicha, y de Belo Andrade. La muerte de los padres convierte a los seis hermanos en los referentes mayores de su familia. Tiempo de reflexionar profundamente.

En la paciencia infinita por enseñarme las formas de la memoria y el agradecimiento de su comunidad hecha voz en Humberto Andrade, se vuelve material el deseo de que estos rituales sobrevivan para hacernos pensar sobre la tierra, con el don del agua incluida, y sus formas de habitarla.

Todo se comparte, todo circula de mano en mano, mientras las bocas degustan manjares sencillos y muy sabrosos como el frangollo, ríen, discuten y cuentan.

Humberto se va adentro y su hermano Danny se acerca a hacer algunas bromas, pero al rato el mayor de los Andrade regresa trayendo un pequeño diccionario de kakán en donde recopilaron la mayor cantidad de palabras de ese espejo quebrado que nadie hasta ahora ha podido volver a reconstruir completamente, el idioma de los Quilmes.

Una gatita casi ciega también se acerca a compartir el encuentro y entre enseñanzas y deseos, la tarde se va grabando en la experiencia.

Después, mi amiga y yo agradecemos y nos vamos hacia la plaza de Amaicha en donde otras mujeres nos esperan. 

Anochece y estoy rodeada de amigas. En el cielo oscuro de Amaicha alguna diosa antigua rompió su collar dejando un tendal de cuentas esparcidas sobre el negro profundo. Esas semillas del infinito brillan ahora apenas un poco más arriba de nosotras. Parece que al estirar las manos podemos alcanzarlas con los dedos, pero nadie lo hace. ¿Quién se haría responsable de apagar el cielo hermoso de los valles que miraron el éxodo tortuoso de los Quilmes hasta las tierras conurbanas que todavía llevan su nombre?

¿Quién se robaría una estrella como se les robó a ellos una vida, un territorio, una comunidad, una herencia de ancestros?

Todo menos esas huellas enormes grabadas sobre la tierra, piedra sobre piedra, dando cuenta de que solo las manos colectivas construyen eso que ninguna mano individual puede ni siquiera llegar a imaginar.

¿Cómo nombrarían a las estrellas los Quilmes?

Hoy para la mayoría de nosotros Quilmes es una localidad del sur o una cerveza famosa y el kakán, la lengua de ese pueblo maravilloso que le dio a los valles su voz y su esqueleto tatuado en piedras, está casi del todo perdida. La Luna es un ojo curioso que entreabierto nos mira hacer hasta que nos gana el sueño.

Amanecemos con mate y galletas.

Seguramente la misma tierra tucumana que guarda los cuerpos de los Quilmes, entibia los huesos  de Paulina Lebbos. Solo la Pacha sabe dónde andarán y quiénes son los asesinos. Nosotros solo queremos que les llegue algo de amor y justicia pero las palabras se nos vuelven limitadas.

Somos los hijos de la tierra, dejamos huellas sobre ella, no deberíamos olvidarlo nunca.

Faltan unas horas para que Sofía me lleve a la terminal de ómnibus antes de ir a su trabajo. Le prometo que voy a regresar para el próximo 1 de agosto, ella me dice “Meta” y yo les contesto “Dale” y nos abrazamos en una despedida cálida que me va a acompañar todo el viaje de vuelta. 

DR

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