OPINIÓN

Árboles de brazos de fuego

¿Cuando fue que nos quemaron hasta la capacidad de reacción y no nos dimos cuenta?

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¿Qué habrá sido primero, la tierra o el cuerpo?

Castigar a la tierra es castigarnos el cuerpo.

Habitamos una de las tierras más hermosas del mundo, pero hoy está seca, agotada de tanto lucro, envenenada por dar, por rendir. Llueve glifosato en toda la República Argentina y como si no alcanzara con eso, ahora hay quienes encienden el fuego.

En unos años nada más, nuestros hijos van a preferir vivir conectados a una plataforma de realidad virtual antes que ver de frente el mundo inhabitable que les dejamos de herencia.

Ya hay empresas que han privatizado incluso esa cristalización del horror. Ecocidio tras ecocidio, hemos ido perdiendo la capacidad de asombro ante el espanto.

Todo árbol muerto es político y en Argentina no paran de quemar.

¿Qué habrá sido primero, el aire o el cuerpo?

Si la atención y la billetera permanecen indiferentes ante los incendios, el cuerpo no: aunque no pensemos en ellos, nuestros cuerpos responden a los árboles quemados.

Adentro de la caja torácica, protegidos en los más íntimo de nuestros cuerpos, saliendo desde los pulmones que nos permiten respirar, los tubos bronquiales ramifican en miles de brazos más delgados: los bronquiolos.

Son nuestros pequeños árboles internos que se mimetizan solidariamente con los de afuera que, sobre la tierra, son arrasados y prendidos fuego.

No podemos respirar. Igual nos quema la garganta y aprieta. Arden nuestros pulmones y los alvéolos, pequeños pimpollos de nuestras ramas pulmonares, se cierran de espanto.

Árboles muertos son niños muertos. Árboles muertos son ancianos muertos.

Árboles prendidos fuego es la asfixia de la humanidad.

Hermanados a los árboles por las infinitas ramificaciones de nuestros pulmones, los quemados somos nosotros mismos. El humo del humedal desnuda nuestra intemperie, nuestra incapacidad para respirar en un mundo arrasado por el fuego.

¿Existe una imagen más apocalíptica que la de nuestros humedales prendidos fuego, con los nidos de pájaros y sus pichones chamuscados y los reptiles, escapando desesperados junto a los restos de su cría?

Mientras, las ciudades que construimos con nosotros mismos adentro, tragan el aire infecto de esa masacre. Buscamos oxígeno y recibimos humo con restos de humedal.

EN ARGENTINA, TODA, NO SE PUEDE RESPIRAR.

¿Qué habrá sido primero, el agua o el cuerpo?

El agua anda furiosa.

Elijan ustedes la forma en que lo muestra: sequías e inundaciones enredadas en una danza macabra que la naturaleza no eligió. Se la impuso la violencia del saqueo de sus recursos.

El agua que es vida escasea hasta la sed de los ecosistemas o se desborda hasta sumergirlos.

¿Hace falta una sequía bestial para recordarnos lo que siempre fuimos y parece que queremos olvidar? Somos parte de la naturaleza que habita el mundo en relación con el resto de los seres vivos.

Somos una especie más de las que en Argentina vela en silencio los restos volatilizados de humedales, de bosques, de montes, de millones de árboles que se fueron perdiendo para siempre, solo por el asqueroso lucro de un puñado de apellidos que se nos ríen en la cara.

El único árbol que quedará en pie es el árbol genealógico que sustenta la explotación que degrada cuerpos y territorios, el de la codicia infinita y la mezquindad más salvaje.

Tenemos tantos ancestros muertos dejando salir la tierra por sus pechos de costilla seca y el polvo entre los dientes, que la angustia de este ecocidio nos anuda la garganta.

Alimentamos un fuego aniquilador.

Es la mano del hombre y la lujuria de la acumulación la que hace desbordar el agua, la contamina o la extingue.

¿Cuándo habrá sido que el fuego rompió el equilibrio frágil de los cuatro elementos para aniquilar y devorárselo todo?

¿Qué habrá sido primero, la vida o el litio?

Con el humo en los pulmones y el glifosato en la sangre, nuestros hijos prefieren vivir enchufados a una tablet antes que mirar a los ojos este mundo bestial que habitamos.

¿Qué podemos decirles si hoy en Argentina 2022 todo está prendido fuego y la Ley de Humedales es cajoneada ante nuestros ojos una y otra vez?

¿Cuándo fue que nos quemaron hasta la capacidad de reacción y no nos dimos cuenta?

Sólo en los últimos dos años se perdieron en nuestro país más de un millón de hectáreas de humedales.

¿Por qué se frena una y otra vez una Ley indispensable?

Tristemente estamos entre los países de mayor riqueza de litio del mundo y, a su vez, la mayor parte de esos yacimientos está ubicada en humedales.

¿Van a tragar litio? ¿Van a respirar litio? ¿Van a bombear litio por el corazón y las venas?

La emergencia climática que sacude al mundo nos recuerda que somos una especie más compartiendo la asfixia con las otras, que no es posible salvarnos solos, y que el tiempo es ahora.

Mañana ya es tarde.

Miremos, escuchemos, aprendamos, sigamos el camino de los que antes que nosotros habitaron estas tierras y fueron convertidos en humus por los mismos que hoy ostentan los títulos de las grandes propiedades a las que prenden fuego.

Levantemos la voz, no decir será nuestra tumba.

¡Que el habla colectiva le gane a las gargantas arrasadas por el humo!

Permitamos que el mundo siga siendo un lugar habitable, hagamos que Argentina vuelva a ser tierra fértil y no un territorio arrasado.

¡Que en las pupilas de nuestros hijos y de todos los niños de esta tierra se grabe la vida y no el triste final de nuestros ecosistemas prendidos fuego!

DR

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