Los cuadernos de verano Opinión

También tuvimos una guerra y fuimos parte de Hollywood

Fabian Casas Los cuadernos de verano rojo

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La primera vez que vi a Román él estaba sentado en un caballito que había en la galería de mi barrio. Una galería que tenía dos entradas, una por Boedo y la otra por San Juan. La galería tenía dos pisos, una fuente seca rarísima y en las paredes motivos egipcios. No se entendía nada. Pero me encantaba esa galería. En el piso de abajo estaba la librería a la que yo iba a cambiar libros –dos por uno- el tipo era parco, estaba siempre fumando y los libros estaban desperdigados por todos lados. Una tarde de invierno fui y la librería estaba cerrada y el tipo había puesto un cartel genial: “Cerrado por melancolía”. Le conté eso a mis viejos cuando almorzábamos y no me creyeron; se me acusaba a menudo de modificar extremadamente la realidad. Mi papá se juntaba en el bar Canadian que quedaba en la esquina de Boedo y San Juan, con sus amigos: los hermanos Tolosa, Milo, Pachín, el Nene, el tano Gramulla, el gallego Marina. Lo fui a buscar al Canadian y le dije que bajara conmigo hasta la librería para que pudiera confirmar que era verdad, que estaba el cartel. Bajó de mala gana y se quedó de piedra: “Cerrado por melancolía”. En la vidriera, inclinado sobre otros libros, casi a punto de perder el equilibrio, estaba Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. ¿Cuando se le pase la melancolía al dueño, me lo podés comprar?, le dije a mi viejo. Me dijo inmediatamente que sí y me agarró de la mano y me sacó del lugar: tal vez pensó que la melancolía podía ser contagiosa.  

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Román era más grande que yo, uno o dos años. Iba a mi mismo colegio pero en el turno tarde. No sé por qué, pero a mí me parecía que los chicos que iban al colegio por la tarde eran diferentes, que tenían otra forma de ver el mundo, me parecían zombies. Pero también sentía que tenían un secreto que los que íbamos a la mañana no teníamos. Me parecían más curtidos, mas veteranos por ir al colegio a la tarde. Trabé relación con Román cuando se le cayeron los lentes en un partido que estábamos jugando en la parroquia Santa Amelia  y yo se los levanté del piso y se los di. Román jugaba mas o menos y con lentes, lo cual lo disminuía mucho. Tenía una miopía avanzada. 

El piso de la cancha de Santa Amelia era de un cemento rugoso que al contacto con la piel te abría lastimaduras letales. Era como si fuéramos faquires al jugar ahí. Esa tarde Román me llevó a su casa. Quedaba a una cuadra de la mía, en un pasillo al fondo. Era una casa chorizo con muchas piezas arriba y abajo. Me pareció una ciudad en sí misma donde vivían sus padres, sus abuelos y sus tres hermanas. Las tres hermanas eran hermosas, pero sobre todo recuerdo a Cholele. La recuerdo porque usaba unos pantalones oxford blancos y suecos, porque era mucho más grande que nosotros, porque su sobrenombre Cho-Le-Le repiqueteaba en mi boca cuando la recordaba en mi cuarto, porque me parecía un sobrenombre extraordinario: Cho Le Le. Podía ser el nombre de un pueblo del Sur argentino, un pueblo con playas y bosques donde Cholele reinaba a su antojo.

Cuando empezamos a crecer Román me trajo un disco a casa para que escucháramos. Era el primero de Invisible. El que tiene el charco en la tapa. Jugo de lúcuma correando en mi, patas de mueble de bronce, caminan ya. Cantaba Román haciendo que tocaba una guitarra invisible. Esos momentos en que escuchás un disco con un amigo o amiga, que le prestás atención a la tapa, a las letras, la cadencia de las melodías, esos momentos son sagrados. Quedan para siempre como una instrucción en lo desconocido: son portales en medio de la vida ordinaria. Román me inició en Spinetta. La verdad, no me interesa el himno nacional, porque cada vez que lo escuché en la tele es porque iba a morir gente. Pero si algo me gusta de la argentinidad, es ser spinettiano, eso es algo que sólo se puede dar en mi país. 

Esos momentos en que escuchás un disco con un amigo o amiga, que le prestás atención a la tapa, a las letras (...), esos momentos son sagrados. Quedan para siempre como una instrucción en lo desconocido: son portales en medio de la vida ordinaria

Atravesamos con Román el flagelo de la música disco y sus lentes culo de botella se fueron perfeccionando al igual que su ropa. Consiguió en un local de la Bond Street los lentes con forma de corazón que usaba George Harrison. Un día me dijo que era rockero, si no quería ser yo también rockero. Le dije que sí. Compramos un disco de Humple Pie y como en esa época empezábamos a tomar pastillas, por algún motivo que no recuerdo le hicimos un agujero y lo llevamos a cambiar diciendo que venía fallado. Lo habíamos comprado en un local de la parte de arriba de la galería donde estaba el librero melancólico. El dueño del local de música tenía siempre al mango a Deep Purple (Made in Japan, Made in Europe, Vení y probá la banda) O Led Zeppelin (todos) y se vestía como Jimmy Page, era espigado, melenudo, en breve le iban a cortar el pelo y lo iban a matar. Pero esa tarde todavía no. Creo que estaba fumado cuando sacó el disco de Humple Pie y lo miró a la luz agarrándolo con las dos manos y nos dijo: “¿Pero a este disco que le pasó, lo meó una manada de búfalos?”. Nos lo cambió por Vendiendo Inglaterra por una libra. 

Escuché el himno en la radio. Mis padres abajo decían que habíamos invadido Malvinas, que las íbamos a recuperar. Había cierta euforia. Román fue llamado a filas a pesar de la miopía. El día antes de viajar a Rio Gallegos y después a las islas nos encontramos para caminar por el barrio, a la deriva. No puedo recordar qué mierda hablamos. Pero sí qué hicimos. Al lado del caballito eléctrico donde nos habíamos conocido había un videojuego donde dos tipos boxeaban por un par de fichas. Jugamos un rato largo y Román logró tumbar a mi avatar virtual una y otra vez. Cuando nos cansamos de jugar lo acompañé hasta la puerta de su casa y nos abrazamos. 

Es un motivo recurrente en esas películas espaciales donde el astronauta está explorando un lugar recóndito del cosmos y de golpe queda sin señal con la base y cuando vuelve ya no es el mismo, es como si hubiera visto algo que lo modificó radicalmente o, en algunos casos, un extraterrestre ocupó su cuerpo y se encamina a conquistar la tierra. Yo pienso que es imposible filmar la guerra. Que aún en escenas extraordinariamente realistas, como el desembarco de Buscando al soldado Ryan, hay cierto embellecimiento de la situación. Como esa gente que cree que la locura es genial, pero en realidad es sucia, fea, triste

Cuando Antonin Artaud salió del manicomio le organizaron un recital de poesía. La élite intelectual francesa llenó el lugar para ver al poeta maldito. Pero Artaud se sentó en un mesa y en vez de sacar sus poemas para leerlos, sacó de un bolso un martillo y empezó a pegarse con todo en una de las manos. Y cada unos de esos golpes que daba Artaud fueron los que me despertaron una mañana en mi cuarto, con malas noticias sobre Román.

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