Malvinas (1982-2021)

Un Argentina-Inglaterra con distancia social durante la guerra de Malvinas

Única foto disponible del partido Argentina-Inglaterra

A medida que se aleja en el tiempo, el Argentina 2-Inglaterra 1 por los cuartos de final de México 1986 -la canonización de Diego Maradona- se transforma, cada vez más, en una venganza patriótica, un apéndice poético de las Malvinas. En la bruma de la guerra, sin embargo, quedaron olvidadas otras hipérboles nacionalistas aplicadas al deporte, en especial en simultáneo al conflicto armado, entre abril y junio de 1982. Mientras futbolistas, tenistas y otros atletas de los dos países se negaban a convivir en el mismo equipo o a enfrentarse en una competición -o advertían que no lo harían en el caso de un cruce en el fixture-, hubo una única excepción, al menos en selecciones: Argentina-Inglaterra jugaron el 1º de mayo de 1982 un extraño partido por el Mundial de hockey sobre patines, en Portugal. 

El contexto ayudaba a todo tipo de suspensiones. El futbolista Osvaldo Ardiles, campeón del mundo en 1978, había abandonado el Tottenham inglés en las horas siguientes al desembarco argentino en las Malvinas. En tenis, Guillermo Vilas y José Luis Clerc, ambos entre los cinco mejores del ranking, se negarían a participar en junio en Wimbledon, el tradicional torneo de Londres. Para el Mundial de España 82, un jugador inglés, Kevin Keegan, había adelantado que no enfrentaría a Argentina en el caso de que ambos países llegaran a una final, la única instancia en la que las dos selecciones podrían haber chocado. También un escocés, Graeme Souness, dijo que no jugaría contra nuestro país. La suspensión del Argentina-Inglatera por la fecha inaugural del Mundial de hockey fue una posibilidad latente incluso cuando los jugadores ya habían llegado al estadio de Lisboa.

“La verdad es que no sabíamos si jugar o no -recuerda Raúl Martinazzo, el entrenador de aquella selección, y hermano de los jugadores Daniel y José, a sus 74 años, desde San Juan-. Ya desde el viaje desde Argentina era un tema que no estaba resuelto y fueron pasando los días y seguía sin estar claro”. Un recorte del diario español La Vanguardia, del 15 de abril -dos semanas antes del comienzo del Mundial- advertía la posible cancelación: “Argentina puede negarse a jugar contra Inglaterra”.

Ya en Lisboa, la crónica del enviado de la revista El Gráfico al Mundial ofrece más detalles: “Desde el 2 de abril, y mucho más en la última semana, comenzaron las especulaciones y los rumores -escribió una de las firmas más brillantes del periodismo deportivo, Juan José Panno-. Que el Comité Organizador resolverá cambiar de zona a uno de los dos equipos. Que Inglaterra se retira. Que Argentina no va a jugar. En realidad, hasta cinco minutos antes del partido, su realización corrió peligro”.

Finalmente los diplomáticos y las delegaciones acordaron que los dos equipos debían jugar pero bajo una serie de directivas muy peculiares: no podrían saludarse ni entregarse los típicos banderines previos a los partidos ni responder a posibles agresiones. “Recién lo resolvimos en el estadio, sí. Y en la charla técnica les dije a los jugadores que no teníamos que reaccionar ni generar ningún tipo de violencia. Que sería poco inteligente de nuestra parte sumarnos a un problema mucho mayor”, precisa Martinazzo.

“Para mí, no saludar era una estupidez -recuerda Mario Agüero, uno de los jugadores argentinos, desde San Juan-. Al entrar a la cancha un inglés me estiró la mano y yo no lo dejé pagando, lo saludé. Durante el partido, choqué contra uno de ellos y se cayó al piso. Desde abajo me alzó la mano, así que lo ayudé a levantarse y nos dimos un par de palmadas en la espalda. Después, en el vestuario, un dirigente me retó por eso. El tipo nos había dicho que teníamos que aplastar a los ingleses, que teníamos que matarlos”.  

El Argentina-Inglaterra olvidado, el de hockey sobre patines y en simultáneo a la guerra, generó morbo entre los periodistas europeos -asistieron 300, récord para el Mundial- y el público portugués. “La expectativa quedó reflejada en la presencia de los 3.000 espectadores que acudieron al encuentro -publicó el diario español El País al día siguiente-. Al anterior, en cambio, el Estados Unidos-Japón, sólo había asistido un millar de personas”. La crónica del periódico catalán El Mundo Deportivo, también del 2 de mayo, recalcó que “los capitanes se negaron el saludo” y otra de las particularidades: “La policía portuguesa obligó a los hinchas sudamericanos a que sacaran las pancartas que decían ‘Malvinas argentinas’”.

El día anterior al partido, un grupo de exiliados en Portugal le había pedido dinero al embajador argentino, Carlos Enrique Gómez Centurión, para comprar telas celestes y blancas y escribirle leyendas alusivas a la soberanía sobre las islas. Fue una verdad a medias: una de las banderas sostenía “Malvinas Argentinas” pero la otra era “Videla asesino”. El funcionario, parte de la dictadura, se desesperó. Los cantos desde las tribunas tronaron más patrióticos que deportivos. 

“El partido fue mucho más limpio de lo normal. Incluso pareció más un amistoso que un partido de un Mundial. No hubo ningún incidente y el árbitro pasó desapercibido”, recuerda Martinazzo. Según la crónica de El Gráfico, “Stuart Doherty, el número 4 inglés, y Agüero cruzaron una sonrisa, un guiño, levantaron los pulgares para reemplazar el abrazo imposible. El lazo de los hombres, más allá de las circunstancias”.

Para que argentinos e ingleses volvieran a enfrentarse en fútbol faltaban dos años. El partido que rompió el hielo fue un amistoso entre Boca y Aston Villa, en agosto de 1984 en Barcelona, en el que los jugadores argentinos acordaron en el hotel, antes de salir a la cancha, no intercambiar camisetas con los ingleses para “no confundir el tema”. Independiente y Liverpool jugarían en diciembre de 1984, en Japón, un partido mucho más importante: la Copa Intercontinental. Esa final, sin embargo, también estuvo a punto de suspenderse: el secretario de Deportes argentino, Rodolfo O Reilly, aseguraba que Independiente no debía presentarse, por lo que las figuras del equipo tuvieron que pedirle personalmente al presidente e hincha de Independiente Raúl Alfonsín que los dejara enfrentar a un club inglés. En los días previos al Argentina-Inglaterra de México 86 ocurriría al revés: ocho senadores justicialistas, entonces en la oposición, le pidieron al gobierno radical el regreso inmediato del equipo (o que jugaran con una camiseta con el mapa de las Islas Malvinas sobre el pecho), pero Alfonsín desoyó el doble reclamo.  

Argentina ganó 8 a 0 el partido olvidado de hockey sobre patines contra Inglaterra. Al día siguiente, el 2 de mayo, el impacto fue de verdad: los ingleses hundieron el crucero General Belgrano, el golpe más letal a las tropas argentinas. 

AB

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