Opinión - Panorama político

La campaña pone el Orden

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En la pelea intestina de Cambiemos, Mauricio Macri se rindió sin disparar un solo tiro. El que resiste es su primo Jorge, que no se cansa de repetir que competirá en las internas del PRO si el porteño Diego Santilli no desiste de su ofensiva sobre un territorio que le resulta desconocido. De no mediar cambios en las próximas dos semanas, la campaña de la oposición se convertirá en una gran PASO en la provincia de Buenos Aires con Santilli, el primo del ex presidente y el neurocirujano radical Facundo Manes. Mientras Macri anuncia el éxodo desde Madrid, la generación que llegó al poder asociada a su empresa política ahora declara su independencia y le extiende la jubilación. Signo de que ya no responde a nadie más que a su propio interés, María Eugenia Vidal vuelve como candidata a la Ciudad y se olvida en tiempo récord de su orgullo bonaerense. 

El enroque de Vidal y Santilli puede explicarse por lo que otro porteño, Axel Kicillof, bautizó como “continuo urbano” en el inicio de la pandemia. Pero sobre todo por lo que dice Emilio Monzó en “El peronismo de Cristina”: “Las que más sufren la concentración de medios en CABA no son las provincias del interior sino la provincia de Buenos Aires. Se terminó el anclaje territorial. Es más fácil encontrar un lugar viniendo del centro del poder que legitimando en el territorio”. Así, según el ex presidente de la Cámara de Diputados, los dirigentes de la Ciudad van a aprender a gobernar en el territorio madre de todas las batallas, en un debut temerario. Ese tipo de razonamientos y la similitud con Santilli en el perfil de dirigente PRO ubican hoy a Monzó más cerca del proyecto Manes que del liderado por Horacio Rodríguez Larrreta.

Monzó cree que puede hacer cotizar más cara su capacidad de armador al lado de un recién llegado a la política, que carece del orden larretista y cuenta con el activo del outsider. Dueño de una maquinaria publicitaria sin igual y con una aprobación en las encuestas que Macri perdió hace una vida, el jefe de gobierno porteño le ganó la interna a los halcones en un suspiro. El año y medio largo en el que Patricia Bullrich, Macri y los duros de Juntos por el Cambio le gobernaron la coyuntura gracias a las redes, los medios y la calle, se derrumbó en un instante cuando se trató de medir fuerzas. Aliado a empresarios como el ex HSBC Gabriel Martino, el ex vicejefe de gabinete Mario Quintana y el hermano del alma de Macri Nicolás Caputo, Larreta tiene los fierros y mandan las encuestas. 

Tan nítida como el fracaso del frente antikirchnerista en la gestión y el plebiscito interno que consagró el Macri ya fue, aparece una conclusión que -a dos meses de las elecciones- no conviene naturalizar: casi dos décadas después del estallido de la Convertibilidad y el ocaso de Fernando De la Rúa, el bloque opositor del no peronismo aparece reconstituido y con una fuerza envidiable. En su vientre conviven el partido de derecha que surgió del que se vayan todos, un radicalismo que después de volar por los aires reclutó a nuevas camadas de dirigentes y los sectores del antiperonismo visceral que oscilan entre Elisa Carrió y José Luis Espert. Con base electoral en las ciudades y pueblos de todo el país donde sobrevive la clase media, una fuerte dosis de sobrerrepresentación en los grandes medios y expresiones callejeras como las del 9 de julio en el campo y la ciudad, un frente social empresario que condiciona al peronismo asoma en las legislativas con una vitalidad que puede sorprender, si se toma en cuenta que viene de consumar en el poder el incendio de todas las promesas.   

Así como prepara la sucesión en el bloque opositor, la campaña ordena a un Frente de Todos que en la gestión dio muestras elocuentes de ser una familia ensamblada en la que las diferencias provocaron un sinfín de idas y vueltas. Desde la Hidrovía hasta Pfizer, desde las tarifas hasta la relación con el Fondo, desde la expropiación de Vicentin hasta la prohibición de la salmonicultura en Tierra del Fuego, todo replicado a nivel de ministerios en donde se superponen lógicas y proyectos muchas veces contradictorios. A dos semanas del cierre de listas, con la vacunación que acelera como nunca y casi 20 millones de personas que recibieron la primera dosis, la coalición peronista se reconcilia con el optimismo. 

Golpeado por un año de pandemia y 18 meses de un mandato en que perdió autoridad por una combinación de fuerzas ajenas a su voluntad y errores propios que insistió en repetir, Alberto Fernández cree que tiene una oportunidad en los comicios y dice que es él quien se va plebiscitar en septiembre y noviembre. El Presidente quiere encontrar en los próximos 100 días un mejor lugar a la salida del encierro y recuperar la centralidad perdida. A su lado afirman que estará al frente de los anuncios que vienen para rescatar los ingresos del quinto subsuelo y que le pedirá a sus ministros que salgan a hacer campaña. Además, a la hora del cierre, Fernández buscará reconstruir los equilibrios de 2019 y reeditar el rol que tuvo hace dos años en todo el país, como mediador entre los gobernadores y La Cámpora en la mayoría de los distritos.  

Junto con la vacuna y la apertura progresiva de comercios, el gobierno apuesta fuerte al rebote de la industria y la reactivación vía obra pública. Gabriel Katopodis cuenta en Olivos que su sector está “volando”: no hay municipio ni provincia que no tenga entre 8 y 10 frentes de obras que avanzan en plena campaña. Queda pendiente reanimar el motor del consumo que acumula años de caída producto del derrumbe del salario real. En la Casa Rosada, pretenden atenuar en los próximos meses la derrota sistemática de los sueldos frente a la inflación con la reapertura de las paritarias, la devolución de Ganancias y los bonos para el enorme continente que sobrevive en la precariedad. Con ese combo de paliativos, los intendentes peronistas del conurbano se dicen convencidos de que se gana la provincia por una ventaja de entre 7 y 8 puntos, la cifra que tal como anticipó elDiarioAR registran los sondeos de Federico Aurelio. Ni una victoria descomunal como en 2019 ni una derrota como en 2017, cuando el peronismo estaba dividido. 

En el marco de un deterioro crónico que se agudizó con la pandemia y el gobierno de los Fernández, el cuadro social sigue siendo de lo más delicado. De acuerdo a la última encuesta de Ricardo Rouvier en base a 1200 casos en todo el país, las principales preocupación de la población son la inflación (52,1%), la desocupación (33,6%), la pandemia (28,9%) y la pobreza (19,2%). Frente a ese panorama, el 39,7% responde que su mayor miedo es no poder afrontar los gastos del mes, el 26,6% quedarse sin trabajo y 25,6% contagiarse del virus o que alguien de su familia se contagie. Ese pesimismo se extiende hacia el futuro en las expectativas sociales. 

Según dicen a su alrededor, Fernández tiene conciencia de que empieza otra etapa, pero no está dispuesto a sacrificar a su jefe de Gabinete Santiago Cafiero, el candidato para la provincia de todos los que quieren ocupar su lugar: desde Sergio Massa hasta La Cámpora. Poderosísima, la usina de rumores del presidente de la Cámara de Diputados funciona a tiempo completo. Con infinidad de canales por donde expresarse y un blindaje mediático que es la envidia de sus pares, Massa llegó a ser mencionado entre sus amigos como el salvador que Máximo Kirchner promociona para encabezar la lista bonaerense. Pero quienes lo conocen bien afirman que en realidad pretende volver al Ejecutivo para ganar poder y visibilidad hacia 2023. El caso Massa es admirable incluso para parte del peronismo de gobierno: cuando menos vale en el terreno electoral, más caro se vende. Asociado al hijo de la vicepresidenta en un juego de admiraciones mutuas, el ex intendente de Tigre le agrega a su propia estructura de poder una libertad considerable para multiplicar sus recursos. Promotor de la imagen de un presidente que luce desconcertado y es sostenido por el eje Cristina-Massa, Sergio no tiene límite ni orientación. Lo más llamativo no es eso sino que lo hace en un momento en que sus amigos encuestadores prefieren directamente no medirlo más. 

Los movimientos de Massa detrás de cámara coinciden con una reaparición pública bien estudiada, la de Martín Redrado. En un raid televisivo que perforó la grieta, el ex presidente del Banco Central volvió tuneado para luchar contra la “desigualdad”, una palabra que no figuraba en el diccionario del Golden Boy que entró en la inmortalidad gracias a WikiLeaks. Redrado confirmó en el programa “Brotes Verdes” de C5N que asesoró a José Luis Manzano y Daniel Vila en la operación de compra de Edenor y repitió en TN y América 24 que hace falta un programa económico hecho por argentinos y “no armado en Washington”, como siempre sucedió en la historia larga de las relaciones con el Fondo.

Presentado en América como alguien con llegada al staff del FMI y diálogo con el Tesoro norteamericano, el perito de la causa dólar futuro a la que Claudio Bonadío le dedicó sus mejores esfuerzos parece haber superado el veto de Cristina Fernández gracias a los oficios de Javier Timerman. Con un repentino brote de nacionalismo y alusiones permanentes a su “equipo”, Redrado vuelve a circular como relevo de Martin Guzmán y busca dejar atrás viejos dogmas como los que lo llevaron a bautizar su “Fundación Capital”, para competir con la “Mediterránea” que auspiciaba Domingo Cavallo. Preguntado en todos lados sobre si estaba dispuesto a ser ministro de Economía, el economista al que Fernández le adjudicó un “rol importante” en 2019 en la jornada organizada por Clarín en el Malba afirmó que habrá que esperar hasta el 14 de noviembre para comenzar la nueva etapa de la que se habla. 

Es de suponer que la campaña de Massa y Redrado tiene el aval de los altos mandos del Frente de Todos, aunque coincide con un momento en el que Guzmán se juega parte de su futuro en Venecia. El discípulo de Joseph Stigliz acaba de lograr finalmente su primer encuentro con Janet Yellen. Junto con su socio principal en el gobierno, Sergio Chodos, apuestan a cerrar un acuerdo con el Fondo después de las PASO y antes de las generales. Chodos versiona a Calamaro y repite que “no se puede vivir de los DEGs”. Por eso, busca pagarle a Kristalina Georgieva U$S 1800 millones en septiembre y cerrar antes de fin de año un entendimiento que evite al gobierno abonar la segunda cuota por el mismo monto. 

Asesorada por un Axel Kicillof que combina vacunación, campaña y debate interno, Cristina discute con Guzmán la orientación económica pero no está claro hacia dónde quiere salir: entre Kicillof y Redrado hay un océano de diferencias. Por ahora, la vicepresidenta repetirá sus incursiones en la provincia de Buenos Aires, algo que en Olivos agradecen porque la ven enfocada en su bastión electoral, como parte de un alto el fuego interno hasta que pasen los comicios. El eje CFK-AK hacia 2023 insinúa un recorrido distinto al de Massa y Máximo, pero falta muchísimo y el Frente de Todos debe superar antes la prueba electoral. Al lado de la expresidenta, dicen que hay que cazar al oso -en septiembre y noviembre- antes de vender su piel. Un buen resultado apaciguara la tensión interna de cara a la nueva etapa. Un fracaso, en cambio, no podrá adjudicarse solo a Fernández. Cristina y Massa también serán responsables.

DG