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Entre la épica y el poder

Milei quiere liderar la derecha regional, pero primero necesita a los gobernadores para reelegirse

Javier Milei y el flamante presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella.

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Javier Milei quiere liderar la nueva derecha latinoamericana, pero primero tiene que conseguir que los gobernadores argentinos lo ayuden a reelegirse. Entre esas dos ambiciones, una épica y otra bastante más terrenal, comenzó a ordenarse buena parte de la política del Gobierno para los próximos meses. Mientras el Presidente recorre la región convencido de que llegó el momento de proyectar su influencia más allá de las fronteras, en la Casa Rosada Karina Milei construye una estrategia mucho más pragmática: evitar peleas innecesarias, preservar aliados y aceptar que algunas de las reformas de la revolución libertaria pueden esperar.

La última semana ofreció una postal difícil de mejorar. Mientras el Senado desarmaba parte de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada ante la resistencia de los bloques provinciales, Milei estaba en Ecuador junto a Daniel Noboa. Desde allí continuó hacia Colombia, donde el viernes participó de la asunción de Abelardo de la Espriella. Afuera, un Presidente que pretende convertirse en articulador de una nueva generación de gobiernos de derecha. Adentro, un oficialismo que debió retirar capítulos de una de sus leyes prioritarias para no romper con los mismos aliados que necesita para sostener su agenda y, sobre todo, llegar competitivo a 2027.

Javier Milei y el presidente de Ecuador, Daniel Noboa.

La distancia entre ambas imágenes es menos contradictoria de lo que parece. Milei puede imaginar una transformación continental porque Karina está cada vez más concentrada en garantizar las condiciones para que siga gobernando después del año próximo. Para la secretaria general de la Presidencia, la prioridad empieza y termina en la reelección de su hermano. Y si para conseguirla hay que negociar con gobernadores que hasta hace poco integraban la “casta”, moderar reformas o abandonar temporalmente la pretensión de pintar de violeta cada provincia, el costo parece haber dejado de ser un problema.

“No sirve de nada ganar todas las peleas ahora si después perdemos la elección”, grafica una fuente al tanto de la estrategia que se impulsa en Balcarce 50. El giro encierra una ironía para un Gobierno que hizo de la intransigencia una identidad. Milei llegó a la Casa Rosada prometiendo no negociar las ideas y convirtió cada concesión en sinónimo de debilidad. Casi tres años después, mientras intenta exportar ese modelo al resto del continente, su principal armadora política trabaja para garantizarle un segundo mandato mediante una estrategia que depende precisamente de aquello que el Presidente siempre despreció en público.

La apuesta regional, mientras tanto, nunca había parecido tan posible. En el oficialismo consideran que el mapa político latinoamericano atraviesa un desplazamiento que puede darle a Milei un lugar privilegiado. La sintonía con Noboa, la llegada de De la Espriella al poder en Colombia y la expectativa por una eventual vuelta del bolsonarismo en Brasil alimentaron una lectura que el Presidente viene transmitiendo a sus colaboradores: ya no alcanza con ser una referencia ideológica de las nuevas derechas. Ahora pretende convertirse en su articulador político.

Karina Milei y Maximiliano Pullaro.

El canciller Pablo Quirno incluso dejó abierta esta semana la posibilidad de que Buenos Aires sea sede próximamente de una cumbre de presidentes identificados con ese espacio. Sería un primer intento por darle una expresión concreta a una red que Milei comenzó a construir mucho antes de que varios de sus actuales integrantes llegaran al poder y que ahora pretende transformar en una instancia de coordinación entre gobiernos.

Mientras tanto, la incipiente carrera electoral empieza a condicionar. El resultado en el Senado generó cuestionamientos sobre la falta de timing con la que se impulsó una iniciativa que afectaba intereses particularmente sensibles de las provincias. La secuencia terminó funcionando como una advertencia para la etapa que comienza. El Gobierno puede tener proyectos, votos y aliados, pero no necesariamente las tres cosas al mismo tiempo. Y Karina parece decidida a evitar que la vocación reformista de algunos sectores del oficialismo termine poniendo en riesgo relaciones políticas que considera imprescindibles para el año próximo.

Esa lógica empezó a extenderse mucho más allá del Congreso. La estrategia electoral que diseña la secretaria general supone revisar uno de los principios que guiaron la expansión inicial de La Libertad Avanza: la idea de que el partido debía competir con sello propio en todo el país y desplazar progresivamente a las estructuras provinciales tradicionales. La experiencia acumulada en el poder y, sobre todo, la perspectiva de una elección presidencial comenzaron a modificar aquella pretensión.

La prioridad ahora es Milei. En el karinismo consideran que toda la arquitectura electoral de 2027 debe quedar subordinada a garantizar su reelección, incluso si eso obliga a cerrar acuerdos con dirigentes que hasta hace poco eran considerados adversarios. En algunas provincias, la conveniencia puede pasar por fortalecer La Libertad Avanza; en otras, por evitar una confrontación con gobernadores capaces de aportar gobernabilidad, estructura territorial o simplemente neutralidad durante la campaña presidencial.

Milei y la motosierra, símbolo de su campaña de 2023.

El fantasma de Mauricio Macri sobrevuela esas discusiones. En la Casa Rosada recuerdan que Cambiemos llegó al poder con una coalición competitiva, consiguió avanzar con parte de su programa y, sin embargo, terminó perdiendo la reelección cuatro años después. “De nada sirve construir un partido enorme si después te quedás sin Presidente”, sintetiza una fuente. Ninguna expansión territorial, ninguna disputa por una gobernación y ninguna reforma legislativa justifican, bajo esa lógica, poner en riesgo el objetivo principal.

Eso no significa que Milei haya abandonado su vocación de confrontar. El Presidente sigue construyendo su identidad alrededor de una batalla ideológica que considera global y encuentra precisamente en el exterior uno de los escenarios más cómodos para desplegarla. La transformación del mapa regional fortaleció esa pulsión. Milei fue uno de los primeros dirigentes de la nueva derecha latinoamericana en llegar al poder y considera que eso le concede una ventaja sobre quienes vinieron después. “Quiero decirle que ha sido un faro para nosotros”, llegó a decirle, sin ir más lejos, De la Espriella cuando lo recibió en Colombia.

Durante sus primeros años, Milei cultivó vínculos con referentes que todavía eran oposición y participó de encuentros partidarios que muchas veces despertaron cuestionamientos por la utilización de viajes presidenciales para actividades de carácter ideológico. Ahora algunos de aquellos dirigentes comenzaron a convertirse en presidentes.

Milei con Flavio Bolsonaro.

Noboa es uno de esos interlocutores con los que Milei busca profundizar esa relación. Tanto el triunfo de Keiko Fujimori en Perú como la llegada de De la Espriella en Colombia también ampliaron el tablero. Pero, de cara al futuro, Brasil aparece como la pieza que podría terminar de cambiar la dimensión de la apuesta. En el Gobierno siguen con particular atención la posibilidad de que el bolsonarismo vuelva al poder y creen que un eventual cambio político en Brasil permitiría conformar un eje regional con un peso muy diferente al que el libertario podía imaginar cuando asumió la Presidencia.

La eventual cumbre en Buenos Aires sería un paso en esa dirección. Quirno evitó por ahora confirmar que exista una fecha, pero tampoco descartó la posibilidad. En el Gobierno imaginan una instancia que permita coordinar posiciones entre presidentes que comparten una mirada similar. La referencia inevitable es el Grupo de Lima, aunque en la Casa Rosada todavía no existe una definición sobre el formato que podría adoptar una eventual articulación.

Milei pretende ocupar el centro de esa fotografía. No solamente como anfitrión, sino como el dirigente que llegó antes, sobrevivió a las dificultades iniciales de su gestión y consiguió demostrar que una derecha más radical que la tradicional podía gobernar y sostenerse en el poder. La reelección argentina adquiere, desde esa perspectiva, una dimensión que excede incluso la política doméstica: sería la confirmación que necesita para presentar su experiencia como un modelo exportable.

PL/MG

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