Opinión

El off the record, un pilar del periodismo argentino

La portavoz presidencial, Gabriela Cerruti.

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Gabriela Cerruti dejó el periodismo y se volcó a la política tras protagonizar una polémica relacionada al off the record. El debate comenzó en enero de 1998, cuando la hoy vocera presidencial y entonces editora de la revista Tres Puntos publicó una entrevista a Alfredo Astiz. “Yo soy el hombre mejor preparado técnicamente en el país para matar a un político o a un periodista”, disparó el represor.

La frase causó impacto; reinaba la impunidad en la Argentina. Abuelas de Plaza de Mayo y los organismos de derechos humanos se las ingeniaban para vencer el bloqueo de la ley de Obediencia Debida y los indultos mediante la acusación por robos de niños durante la dictadura y los llamados juicios por la verdad. Alias “Gustavo Niño” andaba suelto por Buenos Aires.

El orgullo de Astiz por su pericia homicida le valió un juicio por apología del delito que recayó en el juzgado de Claudio Bonadio. El marino adujo que no se había tratado de una entrevista, sino de un off the record, es decir, un acuerdo entre las partes de no asignación de fuente y hasta de no publicación de lo transmitido. Para corroborar su argumento, Astiz citó como testigos a los periodistas José Ricardo Eliaschev y Jorge Lanata.

“Periodismo liberal”

Marzo de 2000. Eliaschev declaró ante Bonadio que su colega Cerruti y el director de la revista, Héctor Timerman, habían “cazado” a Astiz y les habían mentido a los lectores. Llovieron críticas hacia el conductor del programa radial “Esto que pasa” por acudir en respaldo del represor. Eliaschev se defendió apuntando a Lanata, que había faltado a la cita de Bonadio: “No soy de los mediáticos que hablan y, cuando los citan a declarar, no van”. Conventillo, egos, enconos; nada nuevo.  

Aunque Cerruti negó haber violado un off the record, el episodio le generó la reflexión de que una concepción “liberal” del periodismo se entretenía en cuestiones irrelevantes, y que la herramienta de transformación real de la sociedad residía en la política. Así fue cómo la excronista de Página 12 y Tres Puntos retomó la política partidaria, con escalas en el Gobierno porteño de Jorge Telerman, Nuevo Encuentro, el Frente de Todos y, desde 2021, la vocería de la Casa Rosada. Mantuvo en paralelo una pata periodística que redundó en libros como El Jefe y el sitio Nuestras Voces, este último, ya con Mauricio Macri en Casa Rosada.

Cerruti volvió a debatir esta mañana sobre la figura del off the record. Una acreditada de La Nación en Presidencia, Cecilia Devanna, preguntó si habría respuesta del Ejecutivo a los cuestionamientos de un “alto funcionario del Departamento de Estado” por los dichos de Alberto Fernández en Moscú. La vocera presidencial cazó la oportunidad al vuelo. Respondió que un off the record no era una postura del Departamento de Estado que mereciera alguna respuesta, deploró la calidad periodística, puso en duda la veracidad de lo publicado en el diario conservador y reclamó “rigurosidad”. Aludió además a una de las reglas del periodismo estadounidense ilustrado, liberal por antonomasia, de que un off the record debía ser constatado por dos fuentes independientes entre sí y que, rara vez, la reserva de la identidad debería servir para verter opiniones.

El ruido de Twitter

El intercambio entre la periodista de La Nación y Cerruti explotó en Twitter. La repercusión se vio incrementada porque otros dos cronistas que participaron de la conferencia volcaron su preocupación por una probable deriva comunista del Gobierno del Frente de Todos tras el paso de Fernández por Moscú y Pekín, y por un retuit del Presidente que mencionó al “periodismo mainstream argentino” como “una vergüenza nacional”.

Si se apaga un poco el ruido de Twitter y se prescinde de la fobia anticomunista y la desmesura de Fernández en redes sociales, la pregunta de Devanna y la respuesta de Cerruti guardan racionalidad. Una periodista busca darle continuidad a una nota publicada en el medio en el que trabaja sobre un tema a todas luces noticiable (el peso de Washington en la negociación con el FMI) y la vocera presidencial desmerece la pregunta porque a la información en cuestión le falta una fuente “en on”.

En el debate subyacen aspectos atendibles sobre el uso del off the record. Cerruti mencionó un hecho innegable: el anonimato ocupa un lugar estelar en los medios argentinos. Hay casos y casos. La nota de La Nación sobre el reproche del Departamento de Estado, firmada por el editor Jorge Liotti, tiene el aspecto de estar basada sobre un testimonio real. Todo es opinable, pero da la sensación de que medió una intención expresa del Gobierno estadounidense de marcar la cancha con argumentos, dicho sea de paso, menos absurdos que la aprehensión al marxismo que propala el canal La Nación Más.

Firmas centrales en medios de afinidad clamorosa con Mauricio Macri u Horacio Rodríguez Larreta tienen la suerte de que funcionarios nacionales les deslicen, en penumbras y off the record, comentarios autoincriminatorios y frases lapidarias contra una destinataria en particular: Cristina Fernández de Kirchner. Por algún motivo extraño, dirigentes masoquistas entregan en bandeja textuales anónimos que sirven para hilvanar un relato binario que los deja mal parados. No ocasionalmente, ni producto de alguna bronca o un descuido, sino todas las semanas.

Sería ilusorio en este momento del periodismo pensar en un trato colectivo de que la fuente que aspire a herir con su opinión a un rival interno o externo debe dar la cara, o se queda sin comillas.

Quizás sea cierto que el periodismo argentino encuentra raros off the records por todas partes, de hecho, la grieta favorece la práctica, porque quien habla con el rival está mal visto y hasta puede perder el puesto. Pero el abuso del recurso conspira contra la validez de la información. Si todo es una versión sin autor o una especulación sin ningún asidero, resulta más fácil, por ejemplo, eludir una pregunta sobre la pertinencia de una declaración de Alberto Fernández en el Kremlin.

Por lo pronto, la vocera presidencial marcó algo certero. Los off the records deben proveer información que se pueda contrastar con hechos tarde o temprano, antes que opiniones y valoraciones. Una frase picante puede adornar una nota y alimentar teorías conspirativas, pero su valor real tiende a cero si no hay un autor que la valide. Sería ilusorio en este momento del periodismo pensar en un trato colectivo de que la fuente que aspire a herir con su opinión a un rival interno o externo debe dar la cara, o se queda sin comillas.

Costumbre

También es cierto que hay una propensión de la dirigencia argentina hacia el off the record. Corresponsales extranjeros se sorprenden ante esta tendencia. Hay funcionarios, voceros, sindicalistas, lobistas, fiscales y empresarios que desconocen otro registro, incluso para declaraciones de ocasión o negar novedades. Allí aparece un círculo vicioso. La fuente brinda las comillas para después leerse en el diario o la web y enviar algún mensaje soterrado, o la nada misma. Como nadie rompe el juego, la información se degrada y crece su enemiga: la especulación.

Por último, cabe un asterisco al principio del periodismo liberal estadounidense, citado por Cerruti esta mañana, sobre las “dos fuentes independientes entre sí” que deberían ratificar un off the record. Es relativo. Un funcionario que habla sobre sí mismo o sobre la oficina que dirige vale más que cinco “fuentes independientes” que merodean por los pasillos vecinos. La fuente única puede engañar, es cierto, aunque cobra valor allí el trabajo del periodista para medir la credibilidad y construir confianza.

De lo contrario, puede darse el caso —de hecho, se da seguido— de que profesionales que se declaran observantes de los principios del periodismo anglosajón publiquen información intoxicada provista por personas que, más que fuentes, resultan cómplices.

SL

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