Opinión - Perdón que interrumpa

Viejas del agua en el país sobrepensado

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Un vaso de agua y un archivo en YouTube no se le niegan a nadie. El cronista de Nuevediario comienza solemne: “Treinta segundos restan para nosotros. Tiempo vencido comenzará la explosión de las alas en secuencias de cinco minutos (boooommm) ¡entre una y otra! (la explosión ya ocurrió).” ¡Qué impresionante!, grita uno, atrás, y pide aplausos. Los aplausos ocurren. El ala del edificio se cae y una nube de humo asciende. Un helicóptero de la policía o del canal sobrevuela. “Ya fue, como dicen los chicos”, le tira Carlos Grosso al cronista con el asunto terminado en la cara. Camisa blanca de mangas cortas y sonrisa completa, el entonces intendente explica: “Estoy muy emocionado que haya terminado para siempre el Albergue Warnes en la Ciudad de Buenos Aires. Emocionado porque clausuramos una etapa de discordias, de sectarismos y de odios nacionales. Una de las más grandes ignominias e injusticias. Terminamos con la etapa de los administradores cobardes, pusilánimes, irresueltos. Terminamos con los caminos fáciles de resolver esto con la tanqueta, con la expulsión. Primero el barrio, primero la gente, después la solución del problema material. Y contentos porque ahora va a crecer vida acá, se reurbanizará. Yo quiero que la gente entienda cuando Grosso dice que ha venido a cambiar la ciudad y no a maquillarla…” 

Carlos Grosso hablaba en tercera persona. El recurso maradoniano también estaría anotado en la libreta negra de Carlos Menem. Porque Carlos Grosso debe haber sido el político que más caro pagó en la historia perenne del desfalco nacional. El secreto a voces del peronismo y de la política, no sobre su inocencia, sino la pregunta por su excepción: ¿por qué él pagó tan caro? La nube de polvo de la implosión lo envolvió y se lo llevó también al ostracismo de las décadas que vinieron. La ciudad de Buenos Aires, el trampolín nacional. El trampolín que no fue. 

Ramón Carrillo fue el primer ministro de salud del país. El Warnes iba a ser un hospital para niños de punta en América Latina. La dictadura del 55 frenó la obra. Ese hueco se volvió techo para los cada vez más que estaban quedando afuera. Pasaron las décadas. Llegó la demolición. Marta, vecina del Ramón Carrillo, lo contaba así muchos años después de la mudanza: “Cuando implosionaron el Albergue los funcionarios aplaudían, los vecinos llorábamos”. Era cierto o más o menos. Pero la reescritura de ese pasado cobraba sentido ahora: su vida no había cambiado tanto. Se fue del Warnes siendo cartonera, seguía siendo cartonera. Se fue del Warnes pobre, siguió siendo pobre. Hasta hoy. Marta había pasado la mayoría de su vida en el Warnes, y era la mujer de uno de los delegados por piso, al que le decían “Pachango”. Algo de la estructura de organización que creció en el Albergue se trasladó al nuevo barrio con los delegados por manzana. Principios de los años noventa: los que vivían en el Albergue eran relocalizados en un barrio que se llama desde entonces Ramón Carrillo, en homenaje al sanitarista peronista. El barrio se inauguró con los vecinos, con el intendente Carlos Grosso y el presidente Carlos Menem, que le puso tono combativo a su discurso, acomodado a la barriada que nacía les decía en un último suspiro por izquierda antes del fin de la historia que no fue: “Ustedes tienen casas que merecen mucho más que muchos que quienes viven en barrios ricos”. Algunos estudios ambientales posteriores pusieron en duda las condiciones del mismo suelo donde se construyó el barrio, la calidad del agua que circula en la red. El Ramón Carrillo dividido en pasajes llamados por letras se mimetizó a la zona: ya es indistinguible del barrio Fátima o Los Piletones. Villa Soldati es el patio de atrás de una ciudad que es el patio de adelante de un país en un continente que es el patio de atrás. Todos los patios superpuestos. Las explosiones en los años noventa: lo que vimos volar en el aire. Al Albergue lo volaron como ya no vuelan las cosas: por ejemplo, a la cárcel de Caseros, la fueron desarmando por dentro. Cucharita mató dinamita. La del Albergue la vimos por tevé. 

Había un uruguayo que era delegado también, un exiliado sin oropel que te contaba su historia y parecía de película. Vivía en el pasaje H., y había sido delegado de piso en el viejo Warnes. A la tarde se iba a pescar, con la caña y la bicicleta, cuando el sol bajaba y el reflejo sobre el agua del río parecía devolver algo de la naturaleza perdida. Al Riachuelo, en una ribera rota de la Avenida 26 de febrero. ¿Qué pescaba? Viejas del agua. Decía que las cortaba y que freían las colas del pez. Tiritas freídas que en el aceite se sacaban de encima el veneno. Lo acompañé a pescar una vez. Y había un chancho muerto, flotando, enredado en los yuyos. Parecía el comienzo de Zama, el del mono. Vieja del agua se llama un poemazo del poeta entrerriano Daniel Durand, que arranca así: “Destornillador tornillo música y un pececito / nadando bajo el agua, visto a través de antiparras, / por arriba pasa la corriente, el pececito, vieja del agua, / nada en un remanso redondo, / un hoyo basáltico, por arriba pasa la correntada / que viene así cristalina del brasil de hace dos meses”. 

El agua es un gran tema argentino. “Vienen por el agua”, decía Carrió, desde los 2000, ¿nos acordamos? El Paraná tiene la baja más histórica del último medio siglo (el calentamiento global lo hizo) y las consecuencias son ambientales y son económicas (es la principal vía de salida, que no sea navegable afecta la exportación agrícola, con costos adicionales que parten de los US$250 millones en adelante). El milagro de caminar por el agua. De 1991 a 2021. Treinta años: el viaje de la vieja del agua. 

Mi candidata 

Ivana es enfermera del Centro de salud 24 del barrio Ramón Carrillo. Llevamos unas semanas  de conversación. De mirar para atrás el camino del COVID. Su historia es una de muchas pero cuenta un estado de ánimo, el suyo, las vivencias de una trabajadora de la salud tras año y medio de Pandemia, con cien mil muertos encima, con cifras de contagio que bajan, y con alertas. “La pelea más grande la tuvimos con los medios de comunicación”, dice Ivana. Las cientos de madejas que hubo que desarmar para que los conocimientos útiles dispersaran los rumores sobre la lavandina o las versiones conspirativas sobre vacunas. “¿Qué me pasa cuando miro para atrás? Me pasó la vida en ese año y medio.” No puede creer la tapa de los diarios con esa cifra. No puede creer, dice, “a pesar del inmenso esfuerzo que hicimos cada uno de nosotros en las paupérrimas condiciones laborales en las que tuvimos que surfear ola tras ola”. El jueves 22 de julio se escuchó su testimonio en el programa Gente de a pie. “Nosotros estábamos acostumbrados a otro tipo de atención. De golpe de darles la bienvenida permanentemente y ese ‘¿cómo estás?’ de todos los días a meternos adentro. Se armó todo un sistema preparado para los cuidados críticos pero el resto quedó sin pensar. Pero miro para atrás y veo un equipo fuerte. Nos acompañamos permanentemente.” Dice Ivana que el primer nivel de atención se encontró solo, “atajando las mismas problemáticas complejas de siempre pero ahora desde adentro, con el miedo de la gente, con los seguimientos a través del teléfono, con iniciativas en un sistema que no tenía lógica, con barrios sin agua potable, con barrios que de golpe dejaron de tener el centro de salud como lo tenían siempre. Nada fue pensado para todo aquello que no era Covid. Hemos llegado a hacer seguimientos telefónicos donde muchas veces dejaron niños solos en sus casas, con el afán del aislamiento.”

Ivana piensa en los vecinos que se iban en ambulancias y que a muchos de ellos no volvió a ver. “Con la esperanza de no escuchar la triste noticia, de no abrir los sistemas de información y encontrarlos en esos listados.” Muchos nombres no van a volver. “Y ahí estamos, creemos que le dimos una linda pelea.” Ahora espera la ansiada reconstrucción. “Volver a salir aunque nos duela ver lo que quedó, pero con la convicción de que dimos todo. Que el cansancio no pudo con el amor que tenemos con lo que hacemos todos los días. Y cuando digo amor no lo digo por romantizar las pésimas condiciones en las que trabajamos. Lo digo porque realmente estamos convencidos de que somos parte de garantizar el derecho a la salud.” 

Los trabajadores de la salud atraviesan un conflicto salarial. Piden aumento. Su gremio muchas veces fue lo que se dice en voz baja: el golpear para negociar la plata del PAMI o los aumentos permitidos de las Prepagas. La “amenaza” del paro, las pujas de la negociación son capas de la cebolla del conflicto en que se cruzan la lucha por los salarios y las condiciones laborales, el cruce público-privado en la medicina que la pandemia puso sobre la mesa y una dimensión sanitaria reforzada que nunca colapsó. En la Argentina del eterno abrir procesos tirás una semilla y crece un debate, y todavía resuena la pirotecnia del último (“vamos a debatir el sistema de salud”). La nafta echada sobre ese “vida o economía” del arranque tuvo ribetes. El salario universal. El ambiente. El desarrollo. Y así. Mientras, como decía Serrat, se nos llenó de pobres el recibidor. El bosque de los debates que nos pueden tapar los árboles concretos. ¿En esta democracia con 40 por ciento de pobres con qué se come cada debate? País sobre-pensando y sub-ejecutado dijo un sabio

La sociedad dirá: “Pusimos el hombro para la vacunación y ahora pondremos la mano en la urna”. Hay esperanzas de círculo rojo para todos los gustos. Los cientistas sociales saborean que el sistema político “goza de buena salud” con sus coaliciones sólidas, ayer se vio. Sin novedad en el Frente, su acto metropolitano y el candidato es la unidad. Otros se regocijan con la irrupción de una generación Z, chicos y chicas nacidos y crecidos durante las décadas kirchneristas que vendrían a apagar el furor de esa “contracultura oficial” porque los consideran el status quo. Para ellos, el kirchnerismo y el macrismo no “representan” la novedad post 2001, ni la renovación después de la crisis; sino la naturaleza de su época. La “clase política”, el elenco estable.  En las últimas elecciones el margen eran “los abuelos”, ahora la esperanza opositora de la “segmentación” serían estos jóvenes, más de cinco millones de personas en condiciones de votar. ¿Quién sabe? Lo cierto es que estas elecciones legislativas, que de todos lados llaman “históricas”, van al corazón de un desánimo, a la desembocadura de una cuenta final que es esta: dos de cada tres niños viven en la pobreza.

MR

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