Diversidad

El 70% de las masculinidades trans evita hacer consultas de salud sexual y reproductiva por temor a la discriminación

Más de la mitad de las masculinidades trans iniciaron un tratamiento de hormonización

La primera vez que fue al ginecólogo tenía 15 años. La segunda, 37. “Cuando llegás a la sala de espera ya estás estigmatizado. Entrás a la sala y al consultorio con temor. Tanto temor que tal vez no volvés a ir. Pasan los años y no vas”. Iván Puhlmann es un hombre trans de 42 años. Desde los 37 que sí hace sus controles ginecológicos anualmente. Una médica del Hospital Ramos Mejía que habilitó un horario exclusivo para masculinidades trans fue la clave para su acercamiento más estable a un sistema de salud del que se sintió expulsado durante más de dos décadas.

“En ese horario evitamos miradas ajenas”, explica Iván, que fue promotor de Salud y Derechos Humanos en Casa Trans y coordinador de la sede porteña de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de la Argentina (A.T.T.T.A.) hasta febrero de 2020. Dice que, desde que empezó su transición de género, el camino estuvo -y está- repleto de esas miradas ajenas. La enfermera que asumió que se iba a hacer un estudio odontológico y no un papanicolau sólo por su aspecto físico, y que entonces lo expuso a hablar de su identidad de género frente a toda la sala de espera. El dentista que descubrió en el DNI renovado que el género es masculino pero se detuvo a hacer comentarios sobre que la barba todavía no había crecido, y que, aún con el DNI a la vista, osciló entre pronombres masculinos y femeninos. El médico que exigió que un psicólogo diera un apto para que a Iván le autorizaran una cirugía vinculada a su transición, algo que la ley de identidad de género establece expresamente como innecesario y que, reflexiona el integrante de A.T.T.T.A., “no se le pide a ninguna otra persona para ninguna otra operación”. Además de las intervenciones de esos profesionales de la salud -y de los empleados administrativos de esos consultorios- recuerda decenas de coros de cuchilleos ante su llegada a una sala de espera.

No son aisladas las escenas que cita, con detalle y con dolor, Iván Puhlmann. El 66% de las masculinidades trans y personas no binarias que integran el espectro de masculinidades aseguran haber sufrido escenas de discriminación o trato negativo en el sistema de salud. La consecuencia principal es masiva: siete de cada diez de esas personas evitan hacer consultas sobre salud sexual y reproductiva por temor a padecer esa discriminación. En rigor, la discriminación redunda en que las masculinidades trans descuiden su salud.

Los datos son parte de una investigación llevada a cabo por Fundación Huésped y A.T.T.T.A. que se difunde a tres días del Día de la Visibilidad Trans y que se difunde también cuando en la conversación pública empiezan a visibilizarse con más claridad discursos que señalan al colectivo trans como destinatario de “privilegios”, según definió la diputada provincial de Santa Fe Amalia Granata. “Piden viviendas gratis. Y hay que pagarles desde el Estado el tratamiento de hormonización”, sostuvo la funcionaria, sin demostraciones sobre sus dichos respecto de la supuesta demanda habitacional. El acceso a los tratamientos de hormonización es un derecho conquistado a través de la ley de Identidad de Género, sancionada hace casi una década, así como el de que cada persona sea tratada según la identidad de género bajo la cual se percibe, aunque incluso funcionarios públicos se refieran a mujeres trans como “los trans”.

Esos tratamientos de hormonización son, según Puhlmann, un “llamador” para las personas trans y no binarias. Según la investigación de Huésped y A.T.T.T.A., más del 50% de las 415 personas encuestadas accedieron a un tratamiento hormonal. “Es un llamador en el sentido de que, para hacerte el tratamiento, te tiene que ver un médico clínico, un endocrinólogo, te tenés que hacer controles, saber cómo está tu salud. Entonces se vuelve una forma de entrar al sistema de salud y cuidarte. El problema es cuando el sistema te expulsa porque te discrimina”, describe el activista.

Caro Dumas se autodefine como una persona trans no binaria. Es integrante de la sede que A.T.T.T.A. tiene en San Miguel de Tucumán y docente de música en escuelas primarias. Tiene 43 años y asegura que “la discriminación es multicausal”. “En principio, en la universidad no se forma a los médicos para que nos traten como corresponde a nuestras identidades de género. Imaginate que es complejo para una mujer lesbiana ir al ginecólogo, porque se presume su heterosexualidad. Eso se complejiza aún más cuando la persona empieza a cuestionarse y se da cuenta de que es una persona trans”, sostiene Dumas.

“El sistema de salud es fundamental para la transición. Que sea exitoso, no sólo desde lo clínico sino desde cómo se siente esa persona, depende de cómo esté formado el médico que va a llevar el caso y también de cuánto sabe esa persona trans sobre cómo debe ser tratada su salud y qué derechos tiene”, sostiene, y suma: “A veces el médico te trata bien, pero las secretarias te siguen llamando con el nombre que figura en el sistema. Hay casos en los que, aunque esa persona ya haya readecuado su DNI, se siguen encontrando con su nombre anterior porque el sistema de salud no lo actualiza. Muchas personas trans abandonan su tratamiento y todos sus demás cuidados médicos cuando se encuentran con esto. Y en el caso de los tratamientos de hormonización aparece la automedicación, que puede resultar grave”.

Caro da clases en el sistema público de educación. “En el privado no me contratarían nunca”, asegura. Su militancia en A.T.T.T.A. hizo que se encontrara más de una vez con personas trans que venían del médico con un diagnóstico: “A muchos les dicen, cuando tienen episodios de ansiedad, que las hormonas provocan esos episodios. Consultamos con la especialista en ginecología y endocrinología que más se ocupa de transiciones en Tucumán y nos dice que no, que no hay vínculo. Pero hay muchos casos en los que se asegura eso. Es como una forma de decir 'y bueno, te lo buscaste'”. Esa misma militancia hizo que conociera casos de médicos que no estaban convencidos de avalar que una persona encarara su transición de género a través de la hormonización. “Eso está legislado. Pero el prejuicio que hay en la sociedad en general también recae sobre el médico, que hace que haya personas trans que les dicen a sus familias que les van a sacar las mamas por cáncer y no por la identidad de género bajo la que se perciben”, dice Caro.

Dumas padeció discriminación en el sistema de salud, en escuelas en las que quiso conseguir trabajo y en los negocios a los que fue comprar ropa. Hay un ámbito en el que eso no pasa: “Mis alumnos jamás me faltaron el respeto”. Esa generación es la misma que le despierta cierta esperanza a Puhlmann: “Los pibes de la edad de mis nietos son los primeros que no juzgan mi cuerpo cuando me saco la remera en la playa. Me pasé toda la vida teniendo que quedarme a la sombra en las vacaciones. Mi cuerpo no era mío sino de quienes lo juzgaban. Con los más chicos eso ya no pasa”, explica. Pero en los hospitales, las clínicas y los sanatorios todavía sí. Para las masculinidades trans, la discriminación en el sistema de salud es la norma.

JR

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