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Tenia 74 años

Este cronista

Mario Wainfeld (1948-2023)

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Voy a hacer algo que Mario Wainfeld odiaría: escribir sobre Mario Wainfeld. Perdón, Mario querido. Sé que te reirías conmigo de esta contradicción. Si pudiera avisarte que estoy por cometer este acto delictivo sé que me responderías con esa carcajada tan tuya, tan breve y contundente. Una risa que brotaba, algo incontrolable y contagioso. 

Lo primero que me dijo Mario fue “no”. Así: “Hola, gracias desde ya. Pero no doy reportajes. Menos sobre mi persona”. Ese fue nuestro primer intercambio, el 28 de diciembre del año pasado. Le había escrito para preguntarle si podía atenderme, quería entrevistarlo para una entrega de Gracias por venir. Él había quedado en el puesto 10 del ranking de Poliarquía como “uno de los periodistas más respetados”. Yo quería saber qué se sentía estar en el radar del círculo rojo. Insistí pero no hubo caso. Como es rarísimo dar con periodistas que rechazan hablar de sí y de su trayectoria, Mario, desde ese día, pasó a ocupar los primeros puestos de mi podio personal.

Aquel Gracias por venir salió igual y el contacto con Mario no se interrumpió sino todo lo contrario. Me llamó en febrero para ser parte de su programa en Radio Nacional, Gente de a pie. Recuerdo que Mario fue al grano: “Quiero que te sumes, los lunes. Vas a tener una columna, podés hacer lo que quieras”. Yo nunca había hecho radio. A Mario no le importó. Él me invitaba a ser parte de otra parte de su familia, un espacio que para él era importantísimo. Antes de arrancar nos reunimos en el bar del que era habitué, en Palermo. Hacía calor en Buenos Aires, yo llegué antes. Cuando Mario abrió la puerta, el mozo corrió a la mesa y le dijo: “Mario, ¿lo de siempre?”.

De repente frente a mí, detrás de un pocillito de café, estaba el hombre que escribía esas columnas que yo leía sin entender demasiado bien cuando era piba. Para mí eran épocas de ilusión, eran unos tiempos llenos de deseo. Yo corría al puesto de diarios de la estación de Haedo a comprar Página/12. Mario escribía “este cronista” y a mí me alucinaba esa manera de pararse en un texto. Cronista, tanto y tan poco. Eso fue antes, mucho antes, de  comprar esta profesión. Porque ser periodista es comprar en cuotas, es estar endeudado. 

Mario era abogado, lo fue durante 25 años, pero en la década de los ‘90 se dedicó al periodismo, ofició del que no se fue más. Trabajó en la redacción del diario en el que, seguramente, todos los periodistas de mi generación hubiesen querido trabajar. Esa mañana, en ese bar, Mario no sólo me estaba dando trabajo: Wainfeld me estaba dando una oportunidad. Me encantaría poder decirte, Mario, lo agradecida que estoy con vos.

El destino nos saqueó tiempo. Nos vimos cada lunes durante cinco meses. Mario llegaba unos minutos antes de las 15, la hora en que arranca Gente de a pie. Sabíamos que había pasado los molinetes de Radio Nacional porque escuchábamos que lo paraban para saludarlo: ¡Hola Mario!, ¿qué tal, Marito? Mario entraba a la sala de producción con una botellita de agua en la mano y una sonrisa a prueba de imprevistos. Paula Niccolini, su productora, lo llamaba “Doqui”. Yo veía cómo entre los dos ponían a punto el programa antes del aire. Era un ida y vuelta de precisión, corto, pero entre los dos armaban una nube. El programa flotaba entre la dulzura de ella y la ternura de él. Mario fue un tipo amoroso. 

Mario Wainfeld fue, también, imparable. Sus lunes eran largos; sus lunes, en realidad, arrancaban los domingos. Venía de su cierre dominical en Página/12, la base de su editorial de los lunes. Yo vi a Mario desplegar una idea detrás de otra frente al micrófono con la capacidad de análisis propia de las personas que han vivido, que han escrito, que saben pensar. Editoriales de 23 minutos, 25 minutos. Nunca olvidaba a quien le hablaba, su oyentada estaba ahí, con nosotros. Sus lunes terminaban, a veces, en la Televisión Pública con una participación en Desiguales. Ahora mismo vuelve a invadirme esa admiración que sentía por él. Nosotros somos unos periodistas que a los 40 años no podemos más. Nunca escuché a Mario decir que estaba cansado.

Cinco meses nada más y mientras escribo esto (Mario: perdoname) atajo una estampida de frases que atesoraré. Una vez me dijo “no cures la salud” cuando le comenté, con cierto pesar -y mucha autoexigencia- que ese informe podría haberlo hecho mejor. Otra vez me dijo “eso dejalo para el tercer tiempo” cuando me enojé -algo que me pasa seguido, incluso ahora que estoy triste- por algo que ya ni me acuerdo. Mario nunca intervenía nuestros espacios de aire. Alguna vez pensé que era un recreo que se tomaba de nosotros, tiempo que aprovechaba para divagar. De ninguna manera: con el transcurso de los lunes entendí que siempre había que llevar un dato de reserva porque al final de la columna Mario iba a arremeter con una pregunta y había que estar preparada. Mario sabía escuchar.

Fuera del aire hablábamos de periodismo, de cómo se hacía antes, de cómo se hace ahora. Mario hablaba con cierta nostalgia de los cierres del diario en papel, que terminaban a la madrugada con una comilona entre compañeros. Yo le decía que ahora ya no guardamos petacas en los cajones del escritorio -bueno, ya no tenemos ni escritorios-, que los periodistas ahora hacemos yoga. Vuelve mientras tecleo, ahora mismo, aquel brote de risa, esa carcajada para afuera que tenía Mario. Lejos de lamentarse por esos cambios radicales, Mario demostraba que estaba ubicado en tiempo y espacio: “Ahora los periodistas no tienen plata para esas sobremesas y además tienen tres trabajos”, decía.

El 24 de marzo hizo el programa desde Plaza de Mayo en el móvil de Radio Nacional. Yo vi que la gente apoyaba la mano en el vidrio para saludarlo. No era cholulismo ni devoción: era identificación. Compartí su mesa en la Feria del Libro. Estábamos en un pasillo lateral, a la intemperie, el sol no pegaba nunca. Él estaba feliz.

La última vez que me escribió a WhatsApp fue la semana pasada y para comentar una nota que había hecho. La última vez que le escribí fue para decirle que se recuperase pronto y que se quedara tranquilo, que íbamos a cuidarle “la casa”, su programa. Respondió con un corazón. Mario dio indicaciones hasta que pudo, el lunes. El último lunes. Nosotros hicimos nuestro trabajo de la mejor manera posible. Sé que todos pensábamos en Mario. Ninguno de nosotros lo dijo. Siempre escribo con la radio encendida. Pero murió Wainfeld. Ya no habrá otro lunes con Mario. Hoy es mi casa la que está en silencio.

VDM/MG

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