Liberación de elefantes

Elefantes en cautiverio: en Argentina quedan 6 y 2 comenzaron a viajar por tierra a un santuario de Brasil

Guillermina nació en la fosa de 150 metros cuadrados en la que vive con su mamá desde hace 23 años.

Pupy, Kuky, Kenya, Guillermina y Pocha. Así se llaman las cinco elefantas que quedan en cautiverio en la Argentina. Tamy es el único macho que también está en esas condiciones en el país. Los seis ejemplares, aunque algunos sin fechas exactas, están en vías de viajar a un santuario del Mato Grosso, Brasil. Allí el cautiverio no dejará de ser tal pero gozarán de más y mejor espacio para pasar el resto de sus vidas.

El 9 de enero murió Sharima, una elefanta que permanecía en cautiverio en el zoológico de Luján y que, según denunciaron distintas organizaciones dedicadas a la defensa de los animales, no recibía atención veterinaria adecuada de forma periódica. Según trascendió, Sharima cayó a la fosa que rodeaba el recinto en el que vivía y no pudo ser rescatada y atendida adecuadamente. La judicialización de esa muerte tras varias denuncias públicas por el descuido al que era sometida la elefanta volvió a poner en el centro del debate la situación de esos individuos en el país.

Alcanza con saber esto: Pocha y Guillermina, que son madre e hija y vivían en el EcoParque de la ciudad de Mendoza, compartían hasta hoy el mismo espacio de 150 metros cuadrados. Ese espacio es, además de muy reducido, una fosa por debajo del nivel del resto del parque: asoman sus trompas pero no ven mucho más allá de los muros que las encierran. Guillermina, que tiene 23 años y es también hija de Tamy, nació en ese lugar cuando era el Zoológico de Mendoza. Nunca vio más allá de la fosa. Son animales que, en estado silvestre, necesitan caminar unos 12 kilómetros diarios. Pero vivían hasta hoy en 150 metros cuadrados con sus entre 4 y 5 toneladas cada una. Vivían hasta hoy porque ellas son las primeras que iniciaron su viaje hacia Brasil.

Tal vez por eso, y porque el santuario para elefantes asiáticos -que es la especie a la que pertenecen- ya fue inaugurado en Brasil, es que Pocha y Guillermina fueron las primeras elefantas que iban a viajar desde la Argentina hasta el Mato Grosso. Desde Mendoza hasta el santuario son 3.235 kilómetros por tierra y, Leandro Fruitos, consejero del EcoParque mendocino, había anticipado que se estimaba que entre fines de marzo y principios de abril se llevara a cabo el viaje. Se atrasó, pero sucedió. El había dicho que: “Tarde o temprano sucedería”.

La organización Global Sanctuary for Elephants, que sostiene el santuario en el Mato Grosso, estimó que el traslado de las dos elefantas asiáticas desde Mendoza hasta allí ronda los 74.700 dólares, y para conseguirlos apelaron a las donaciones. “Iba a costearlo el gobierno mendocino pero la pandemia complicó esas posibilidades, por eso se hizo de forma colaborativa”, describe Fruitos, que además integra la filial local de la Fundación Franz Weber: se trata de la organización dedicada a la protección ambiental que tendió los puentes entre los ex zoológicos argentinos y el santuario en Brasil.

Que un elefante viaje un par de miles de kilómetros y, en el medio, cambie de país, no es tarea sencilla. Hay requisitos sanitarios que Brasil exige para autorizar su entrada y hay que lograr no sólo que el elefante participe activamente de esos exámenes, sino que suba a la caja que lo transporta y que el estrés del viaje no alcance niveles peligrosos para su salud.

“Mara -la elefanta asiática que viajó desde el EcoParque porteño hasta el santuario de Brasil en mayo del año pasado- abrió las puertas para que se confíe en los traslados. Borró muchos miedos que había en torno a ese viaje. Es cierto que el traslado es un movimiento inusual que genera estrés, por lo que hay un riesgo. Lo que se hace es minimizar ese riesgo y hacer el movimiento. El santuario no es absoluta libertad, es un semi-cautiverio, pero hay mucho más espacio y más libertad de acción”, sostiene Ximena Merelle Dherve, directora de la organización Elephant's Helpers Argentina, que desde hace una década lucha por los derechos de los elefantes.

Ximena, que es técnica en conservación de la biodiversidad, no está segura de cómo surgió su pasión por estos animales pero sí recuerda dos cosas: “Cuando era chiquita mi mamá tenía un libro ilustrado sobre África y yo siempre quedaba impactada con las imágenes de los elefantes, con ese tamaño. Y cuando tenía 17, que podía ir gratis al zoológico, me quedaba horas mirando a Mara y anotando en un cuadernito todo lo que hacía. Para dónde se movía, qué comía”.

“Mucha gente nos pregunta '¿pero después de tantos años los van a mover? ¿y si se muere en el viaje?'. Pero después de haber visto que Mara por primera vez se encontró con una elefanta de su misma especie y que tras 50 años de cautiverio eligió cuándo comer, muchas dudas quedaron despejadas. Y a eso se suma un cambio que ya viene ocurriendo en la sociedad en los últimos años respecto del rol tradicional de los zoológicos”, reflexiona la titular de Elephant's Helpers, y suma: “Es una luz enorme de esperanza que los únicos seis elefantes que quedan en cautiverio en la Argentina vayan a un santuario”. En el mundo, según The elephant database, quedan 8.820 ejemplares en cautiverio.

Es una luz enorme de esperanza que los únicos seis elefantes que quedan en cautiverio en la Argentina vayan a un santuario. En el mundo, según The elephant database, quedan 8.820 ejemplares en cautiverio.

Entre las habilidades que las cinco elefantas y el único macho aprendieron para poder viajar desde Mendoza y desde Buenos Aires -Kuky y Pupy, que son de la especie africana, viven en el EcoParque porteño- hay algunas cruciales para poder emprender la partida. Tienen que aprender a aspirar una solución con la trompa, levantar la trompa para que esa solución se mezcle son sus mucosidades y devolver esos fluidos a una bolsa: sirve para analizar si tienen o no tuberculosis. Tienen que aprender, también, a asomar una oreja por una especie de “ventanita” para que entre un cuidador y un veterinario les extraigan sangre de una vena que pasa por ahí: para eso, se trabaja a diario no sólo el entrenamiento cognitivo que requiere la tarea, sino la confianza con esos cuidadores para que no se muevan ni se estresen durante el proceso.

“Pupy y Kuky fueron entrenando junto a Mara para entrar a la caja en la que van a viajar y permanecer ahí. Es muy progresivo: se empieza por cinco minutos, después diez, y se va sumando así entran en confianza con el espacio”, describe Federico Iglesias, subsecretario del EcoParque porteño. Fue una de las personas que viajó cuatro días para que Mara llegara desde el ex zoológico hasta el Mato Grosso.

“El motivo para hacer los traslados es simple: estos animales tienen la posibilidad de vivir mejor. Estamos saliendo de la mirada donde el centro es el hombre. Parte de sanar las heridas que ha dejado el zoológico, en el que la imagen habitual era ver a la gente tirándoles galletitas a los animales, es darles la oportunidad a estos individuos de una vida mejor. ¿Por qué Kuky y Pupy van a vivir en 2.000 metros cuadrados en Plaza Italia si pueden estar en un hábitat más natural? En el caso de Mara medió una demanda legal, pero ya se convirtió en una cuestión ética sobre cómo se vincula el hombre con la fauna y el ambiente que lo rodea”, suma Iglesias.

El viaje de Mara fue pagado por el gobierno porteño luego de que la Legislatura dispusiera la transformación del zoológico en EcoParque y contemplara el traslado de todos los animales que pudieran vivir en un hábitat mejor. Costó 5,4 millones de pesos. El de Kuky y Pupy será licitado públicamente, por lo que su costo aún no fue definido. Según Iglesias, el traslado podría ser entre agosto y septiembre. “Están en 2.000 metros cuadrados -que, de todas maneras, es más de diez veces el espacio con el que cuentan Pocha y Guillermina- y pasan a no menos de 10 hectáreas. No tiene comparación. En el santuario pueden pastar, los sustratos sobre los que pisan y pastan son naturales, tienen lagunas para bañarse y para revolcarse en el barro, y pueden socializar con individuos de su misma especie. Todo requiere de un proceso de adaptación porque sufrieron muchísimo el cautiverio. Pasaron por el circo y por el zoológico, y tienen que cambiar la dieta paulatinamente para que el estómago se adapte. Sobre todo, tienen que recibir estímulos positivos para revertir el sufrimiento del cautiverio: eso se hace tanto durante la preparación como ya en el santuario”, cuenta Iglesias.

No se sabe si Kuky y Pupy son hermanas, pero sí que vinieron juntas cuando eran cachorras. Llegaron a la Argentina desde el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica. Estuvieron cautivas en circos y en el zoológico, y tienen alrededor de 31 años. En condiciones silvestres, un elefante vive alrededor de 70.

Sí se sabe que antes de que viajen ellas, si los planes no se alteran, también viajará desde Mendoza Kenya. Será la primera elefanta africana en llegar al santuario: va a inaugurar ese sector. El espacio en Mato Grosso está dividido en cuatro grandes áreas: para africanos y asiáticos, que a la vez se subdividen en machos y hembras. “Es para que no haya reproducción, porque de esa manera se seguiría sosteniendo una especie de cautiverio”, explica Merelles Dherve. Según estima Fruitos, Kenya podría viajar a Brasil tres meses después que Pocha y Guillermina.

El EcoParque de Mendoza había llevado a cabo obras de infraestructura necesarias para el entrenamiento de los elefantes. “Se abrieron huecos en los recintos de los elefantes para poner las cajas y que entrenen entrar y salir. El entrenamiento más intenso de eso se resuelve en los días previos al viaje, pero ya se está preparando todo porque hasta ahora sólo había un hueco para la entrada peatonal de cuidadores y veterinarios”, sostiene el consejero de esa institución.

Tamy, también africano, será el último elefante en dejar la Argentina. Todavía no hay una fecha estimada pero sí preparación, porque su índice de masa muscular tiene que aumentar. “Tiene 51 años, está falto de actividad, así que lo estimulamos: le ponemos la comida dispersa en distintos lados para que la busque y camine”, describe Fruitos. Y vuelve a hablar de Pocha y Guillermina, las primeras en la fila de embarque: “Están a un pasito de la libertad”. Eran dos elefantas en 150 metros cuadrados a las que las esperan al menos diez hectáreas para ir y venir y un horizonte bastante más amplio que la muralla de toda la vida.

JR

Esta nota fue actualizada el 9 de mayo de 2022.

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