Evita en el metaverso, larga vida al correo sentimental

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“Hablale, papá, ella es doctora”. El chico lo dice con ilusión, con la fe del que cree que ahí, en ese título, se juega su destino mientras el padre duda. Se refiere a Dr. Marcia Fieldstone, la doctora, pongamos, que atiende un consultorio sentimental a cielo abierto. Un programa radial de madrugada donde recibe consultas y da consejos a personas con el corazón roto. Para mantener el anonimato, cada oyente que llama es un caso y un apodo que viene acompañado por la ciudad donde vive. Lo particular de cada pena de amor y lo universal del dolor: Solitario en Detroit, Desesperada en Cleveland o Confundida en Houston somos todos.

Porque estoy escribiendo un texto sobre Nora Ephron, porque es una de mis películas preferidas de toda la vida y porque es hermosa, vuelvo a esa escena de Sintonía de amor (o Sleepless in Seattle, en el original, que es el título que le ponen a Sam, el personaje interpretado por Tom Hanks, o a su caso: el hombre no duerme desde que murió su esposa. En los subtítulos eligen traducirlo como insomne, yo me quedo con desvelado).

La historia es bastante conocida (aunque si alguno se la perdió está disponible en HBO): a partir del relato que se ve obligado a hacer Sam, y gracias a las gestiones de su hijo que llamó al programa y conmovió al país, empiezan a lloverle cartas de personas que quieren conocer a este padre en duelo.

Ese que habla de un millón de cosas pequeñas que hacían tan especial a su mujer, el mismo que dice que acercarse a ella fue como llegar a casa, solo que se trataba de una casa que no conocía de antes. El recuerdo de Tom Hanks se superpone a la cara de Annie/Meg Ryan, que se desarma en lágrimas mientras maneja con la radio prendida. Llora un país, llora un planeta.

Nunca beses a un hombre en una canoa es el título de un libro de 2009 que escribió la periodista británica Tanith Carey. Ahí recopila consejos de “la era dorada” de los consultorios sentimentales de diarios y revistas de su país entre 1850 y 1960, que en este caso estaban a cargo de personas a las que se llamó y se sigue llamando Agony Aunts. Un nombre divino para una imagen que me fascina: en esa intimidad expuesta ante miles, la que escucha a los corazones desesperados y anónimos es una mujer, también anónima, con algún tipo de sabiduría, de familiaridad. El pacto implícito: ellas tienen un conocimiento, un saber, alguna solución; las y los agónicos pueden confiar en eso que les aconsejen. Una palabra tuya, etc.

Así, sin las credenciales pomposas de la doctora Fieldstone de Sintonía de amor, estas personas que respondían consultas de lectoras y lectores sobre enamoramientos, desamores, desencuentros, promesas, ilusiones de todo tipo. La propia investigadora no sabe si al principio efectivamente eran solo mujeres las que llevaban adelante ese rol, si era una única persona para cada medio, si contrataban a escritores fantasma para esto. El dato que me impactó: Carey detectó este espacio de consejos y consultas por primera vez en una publicación de finales del 1600. 

Cansado de la dureza de las noticias políticas y económicas el editor británico John Dunton tenía la idea de que algunos de los dramas domésticos de los lectores podían llegar a ser atractivos para el público (también vio una forma barata de llenar sus páginas: detrás de cada necesidad existe, también, alguna avivada). Entonces los invitó a que mandaran por correo sus consultas sobre temas personales que los preocuparan y las empezó a publicar. Los inundaron con cartas, en su mayoría con intrigas sentimentales (“¿quién es más sagaz, un hombre que se casa por amor o por conveniencia? ¿está justificado el divorcio de una mujer que arrastró a su esposo al matrimonio usando maquillaje?”, rescata Carey en su libro). Con los años, Dunton contrató a varias personas para que respondieran las preguntas y el correo sentimental se convirtió en un espacio importante para varias publicaciones, en una institución. Mientras tanto, a veces moralistas, a veces pícaras, a veces comprensivas y a veces despiadadas, las agony aunts fueron acompañando usos y costumbres, cambios radicales en las sociedades y en los medios.

Lo notable, al ver las preguntas y sobre todo las respuestas del libro de Carey, incluso en esas variaciones de tiempos y de tonos, es que los conflictos no difieren demasiado. Cordelia, cuando un caballero desaira en público a una dama, esta no debe ser quien busca la reconciliación. Es recomendable tratarlo con una fría indiferencia. Eso, viniendo de una dama, generalmente hace que el hombre se sienta humillado en exceso“, aconseja una Agony Aunt en el London Journal de 1855 a una joven seguramente ghosteada por un pretendiente. 

Con figuras así, el espacio de los consultorios sentimentales, en todas las versiones imaginables, se mantiene hasta hoy con un formato más o menos parecido: alguien sufre, alguien aconseja, todos leen, cualquiera podría estar ahí. También están, por supuesto, las amigas y los amigos, que sin títulos habilitantes, prestan oídos, esbozan sus teorías sin ton ni son. Vuelvo un segundo a Nora Ephron y anoto a los de Cuando Harry conoció a Sally que se reúnen para intentar desentrañar estos conflictos amorosos en restaurantes, buscan en ficheros teléfonos para armar citas, escuchan al teléfono los dilemas de los protagonistas la primera noche que duermen juntos.

Leyendo hace muchos años en un diario inglés el obituario de una agony aunt histórica –en algunos casos se convirtieron en personajes célebres– fue que llegué a conocer esa definición, su trascendencia y la existencia de este libro. Entonces le pedí a mi amigo Pablo (sí, el mismo del que les hablé acá) que me lo trajera justo cuando volvía de un viaje. Lo devoré, lo subrayé, se me abrió un mundo, que quise trasladar al terreno local. De hecho le presenté a más de un editor la idea de contar en un libro la historia de diarios y revistas argentinos a partir de sus consultorios sentimentales. No tuve éxito pero la inquietud me sigue acompañando y me llevó por terrenos apasionantes: pasé días en la hemeroteca, vi en trabajos académicos que hubo publicaciones en las que grandes figuras como Palito Ortega o Violeta Rivas respondían consultas del corazón a las lectoras, llegué hasta las columnas de Gino Germani y Enrique Butelman bajo seudónimo en Idilio y la interpretación de los sueños de sus lectoras acompañadas por fotomontajes de Grete Stern (a propósito, está el libro Los sueños, de Caja Negra, un compilado a cargo de Marina Mariasch y Syd Krochmalny); pasé por la revista Claudia y me reí muchísimo (a propósito dos: en el libro Yo, Claudia, que salió por Ediciones en Danza en 2012, se recopilan los textos de la poeta Olga Orozco en esa publicación, donde usó ocho seudónimos y respondía sin piedad preguntas de todo tipo); entrevisté a una prominente escritora actual que desde el anonimato respondía el correo sentimental de un diario a mediados de los 2000, vi todos los capítulos de Tamara y Teresa, el consultorio sentimental de Tamara Di Tella que, al comienzo de la era de los blogs, aconsejaba en videos breves a los lectores de Clarín acompañada por su empleada doméstica.

Ay, pasan los años, el desvelo es el mismo: la inquietud cuando un amor no es lo que se espera genera una correspondencia paralela, las ganas de apelar a un conocimiento ajeno que está pinchado de antemano, la apuesta por descifrar en un terreno donde todo es inestable. 

En cualquier caso, doctoras, tías por carta, escritores y escritoras fantasma, amigos y amigas del otro lado de Whatsapp, ¡gracias por el intento y larga vida a todos!

Hay pasiones, agonías, amores y corazones rotos en esta nueva entrega de Mil lianas.

Hecha la advertencia, pueden pasar.

1. Siempre las sombras, de Mariana Skiadaressis. Lara es verborrágica, al menos al principio de la novela, desatada, apabullante. Tiene treinta y pico, es atractiva, se mueve en el mundo de la publicidad. Un ámbito masculino donde llama la atención por su desparpajo (es la que se emborracha en las fiestas, es la que se convierte en el comentario posterior). También es la que está a cargo, la que toma ciertas decisiones, la que elige, la que concreta algunas de sus fantasías sexuales con los varones que la rodean. En medio de una de sus misiones laborales va a conocer a Dante, a quien apoda rápidamente El Niño. Se trata de un chico caprichoso y agresivo de veintipocos con el que va a establecer una relación de amor inesperada, bastante tradicional y también violenta. Porque sí, Siempre las sombras (Editorial Nudista, 2022), la segunda novela de la escritora argentina Mariana Skiadaressis, es una historia de amor en la que, mientras avanza, se van a ir desplegando el desenfreno, las dudas, el goce y también la violencia de género.

Con una escritura directa, por momentos arrolladora, la búsqueda del libro –y tal vez sea ese su gran logro: no recalcar, no definir, no querer orientar en ese piso flotante que es el deseo y todavía más: el deseo del otro– no va por el lado de lo asertivo. Y no porque la autora eluda las preguntas (¿es Lara una víctima? ¿es Dante un victimario? ¿y si son más de una sola cosa? ¿hasta dónde se elige lo que se elige?), sino porque se trata de una exploración con un mapa sobre el que las brújulas no pueden más que paralizarse.

Con inteligencia, entonces, Siempre las sombras deja expuestos los nudos que tensionan un vínculo y los vínculos en general, con sus contradicciones inherentes. Esas relaciones donde se empastan el deseo, el sexo, el vértigo, el dolor, los mandatos, las heridas, los golpes, las épocas. Así, lejos de las ideas iluminadoras que proponen los discursos prescriptivos y cada vez más recurrentes, el libro se abre en un tránsito a contraluz; un paisaje por el que se interponen, siempre, las sombras.

Mariana Skiadaressis es escritora y licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. En 2018 publicó su primera novela, La felicidad es un lugar común (Entropía). Coordina talleres de narrativa y escribe crítica literaria en distintos medios digitales.

La novela Siempre las sombras, de Mariana Skiadaressis, salió por editorial Nudista. Por aquí, una entrevista de Nancy Giampaolo con la autora.

2. Eva después de Eva. En julio se cumplieron 70 años de la muerte de Eva Perón. Pero las conmemoraciones, los homenajes, los análisis de todo tipo alrededor de su figura –tan imponente, tan única– se siguen multiplicando. Por estos días se estrenó el podcast Eva después de Eva, una interesante producción documental de cuatro capítulos que intenta abordarla a partir, justamente, de la construcción de su mito y su expansión a lo largo de las décadas. La tarea, a priori, no parece sencilla (tanto se dijo, tanto queda por contar). Sin embargo, Eva después de Eva lo consigue a partir de un equilibrio delicado: sin solemnidad y a la vez sin simplificaciones.

Para esto, Eva después de Eva se desarrolla en un formato mixto y muy entretenido: hay una conducción tradicional a cargo de la periodista Julia Muriel Dominzain –también directora del proyecto, junto a Diego González–, hay una suerte de cuota de animación por parte de la actriz y performer Costa –alguien que, por una historia familiar sorprendente, se sabe fragmentos de La razón de mi vida de memoria–, hay investigación periodística con datos biográficos y también búsqueda de material sonoro en archivos.

Todo esto se combina con testimonios de personas que conocieron a Evita (entre los más conmovedores está el de Saúl Macyszyn, el fundador de Discapanch, la panchería que durante más de una década funcionó en Retiro para darle trabajo a personas con discapacidad, un hombre que desde niño tuvo con ella un vínculo estrecho), la interpretaron (de Paloma San Basilio a Benjamín Vicuña), la admiran (son el influencer Santi Maratea) o la estudiaron (desde la historia Julia Rosemberg, autora del destacado libro Eva y las mujeres. Historia de una irreverencia, hasta el humorista Pedro Saborido, que aporta su vozarrón y toda su gracia).

En el recorrido, y con la intención de traer al gran emblema justicialista al presente, la narración apela a su vez a memes, a algunas citas pop con audios, a pensarla desde un posible metaverso y a algo de experimentación sonora a cargo de Alexis Moyano (hablamos de él varias veces por acá, es un amigo de esta casa), que aporta canciones hilarantes y muy pegadizas, en un plan similar a las que compone en el podcast Un mundo maravilloso. Esto le suma nuevas capas de análisis a una construcción histórica que no deja de ser dinámica y siempre proyectada hacia el futuro, para una figura tan trascendental, rodeada de tantas pasiones. 

Los cuatro episodios del podcast Eva después de Eva se pueden escuchar en Spotify.

3. El polaco, de J. M. Coetzee. “¿Es el amor un estado de la mente, un estado del ser, un fenómeno, una moda que va quedando relegada, mientras la observamos, en el pasado, en los remotos reinos de la historia? El polaco estaba enamorado de ella, gravemente enamorado –y es probable que lo siga estando– pero el polaco mismo es una reliquia de la historia y de una época en que el deseo debía estar teñido de lo inalcanzable antes de ser considerado auténtico”.

La que aparece en primer plano es Beatriz, una mujer española que después de haber conocido a Witold, un músico polaco que visitó Barcelona, se queda pensando. Piensa en ese encuentro, en la música de Chopin que los une, en la traducción como un atisbo nunca definitivo (hablan en inglés entre ellos, van y vuelven con términos que por momentos los desbordan), en las palabras de amor que él le dedica como partículas de ese universo fraguado, postizo. Es el amor –uno un poco roto, un poco a medias, un poco incompleto– el que recorre las páginas de El polaco, la nueva novela del escritor sudafricano J. M. Coetzee, ganador del premio Nobel de literatura y uno de los más destacados autores en lengua inglesa.

Se trata en este caso de una novela bella, breve y contundente que por un lado es una variación de la historia clásica de Dante y Beatrice y que, por el otro, parte de una inversión de la propuesta del autor de la Divina Comedia y su mito: lo que leemos en el libro está contado desde la perspectiva de una Beatriz en estado de inquietud y sorpresa.

Hace unos días pude enviarle algunas preguntas por correo a Coetzee (sí, ya sé, es un poco cortito lo que vino, pero créanme que, incluso a pesar de ese tono que se parece bastante al meme de con la peor de las ondas, el libro vale la pena) y con eso más algunos apuntes armé esta nota que salió en elDiarioAR.

La novela El polaco, de J.M. Coetzee, salió por el sello local El hilo de Ariadna. Más sobre la novela y unas palabras de su autor, por acá.

Banda sonora. Por estas horas, Miranda!, una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, está lanzando un nuevo single. Se llama Dos y para hacerlo se juntaron con el rapero argentino Dillom. Buena excusa, entonces, para sumar a nuestra lista compartida algunos temas en las voces de Juliana Gattas y Ale Sergi, además de esta novedad.

Pero, como en gran parte de este envío hablamos de amor y romance, también se me ocurrió usar el título del lanzamiento de Miranda! para agregar canciones apasionadas, a su modo, que tienen la palabra dos en el título y me encantan. Van algunas versiones de Como dos extraños (de María Graña a Horacio Molina, de Andrés Calamaro a Mercedes Sosa: elijan su propia aventura) y de Dos gardenias. En inglés, siguiendo con la tendencia todos los climas de este espacio, una de Phil Collins y otra de Harry Styles. Espero que las disfruten (si tienen más que les gusten especialmente, ya saben, me escriben).

Posdata. Este lugar no deja de sorprenderme. Hace unas semanas hablamos por acá de Martha Argerich, les conté que estaba derrotada de antemano porque no iba a poder verla durante sus presentaciones en el Teatro Colón y comentamos algo sobre Bloody Daughter, el documental que dirigió su hija. Pocos días después apareció un lector de Mil lianas, fan intenso de la pianista y de la música en general, con mensaje, un abracadabra del que todavía no me recupero: acá tenés una entrada para ver a Martha (tampoco me recupero todavía de la emoción de ese concierto, de ese viaje entre la música y el encantamiento, de haber tenido tan cerca a alguien tan fundamental).

Es un clásico, una bandera, un lugar común y también algo muy cierto para varios, entre quienes me incluyo: como el personaje de Un tranvía llamado deseo, siempre dependí de la amabilidad de los extraños. Y también de esas vueltas insólitas cuando todo parece hostil, de esas magias chiquitas, de los guiños en medio del ruido, de esos extraños que a pura amabilidad se vuelven cómplices. ¡Gracias por tanto, Julián!

¡Hasta la próxima!

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