La IA no sólo te puede quitar el empleo: también puede quitarte el aumento
La discusión sobre inteligencia artificial y trabajo suele formularse como una amenaza directa: la máquina reemplaza al empleado, el puesto desaparece y la empresa reduce personal. Pero el impacto puede ser menos visible y más extendido. La IA no siempre aparece primero como despido. A veces aparece como un sueldo que aumenta menos, una paritaria más débil o un mercado laboral donde el trabajador pierde poder para negociar.
Un nuevo white paper de Apollo Global Management, citado por Axios y Business Insider, apunta justamente a ese efecto. El estudio analiza datos de salarios y empleo en Estados Unidos y encuentra que las ocupaciones más expuestas a la inteligencia artificial tuvieron, después de 2023, un crecimiento del salario real 6,7 puntos porcentuales menor que los trabajos con baja exposición a la IA.
El dato desplaza el foco. La amenaza laboral de la IA no pasa sólo por quedarse sin empleo, sino también por conservarlo con menos capacidad de mejorar el ingreso. Si una tecnología permite hacer más tareas con menos horas humanas, automatizar partes del proceso o ampliar la producción sin contratar más personal, la empresa puede capturar productividad sin trasladarla al salario.
Según la reconstrucción de Axios, Apollo comparó datos salariales del Departamento de Trabajo de Estados Unidos con un índice de exposición a IA elaborado a partir del Economic Index de Anthropic, una de las compañías líderes del sector. El estudio no detecta un impacto equivalente sobre el empleo total, pero sí sobre la evolución de los sueldos: las ocupaciones más expuestas no pierden necesariamente más puestos, pero ven frenado el crecimiento real de sus remuneraciones.
Ese punto importa para los trabajadores porque el deterioro puede ser silencioso. Un despido se cuenta. Una vacante que no se repone, una categoría que pierde atractivo salarial o un aumento que queda por debajo de otras ocupaciones cuesta más medir. En términos de bolsillo, sin embargo, el resultado puede ser igual de concreto: menos ingreso disponible frente a precios, alquileres, tarifas, transporte, salud y deuda.
Business Insider señala que el impacto salarial aparece con más fuerza entre trabajadores de menores ingresos. Esa diferencia es clave. Si la IA comprime salarios donde ya hay menos margen, el efecto no se distribuye de manera pareja. Los trabajadores con más calificación, capacidad de supervisar sistemas o dominio técnico pueden beneficiarse más. Los que hacen tareas rutinarias, administrativas, repetitivas o de menor poder de negociación quedan más expuestos a que la tecnología opere como techo salarial.
La hipótesis no contradice la promesa empresarial de mayor productividad. La completa. Una empresa puede producir más, reducir tiempos, bajar costos o reasignar tareas gracias a la IA. La pregunta es quién se queda con ese excedente. Puede traducirse en mejores salarios, menos horas de trabajo o capacitación. Pero también puede convertirse en margen empresario, menos contratación y aumentos más chicos.
Ese es uno de los riesgos centrales de la automatización: no siempre elimina el puesto de una vez; primero cambia su valor. Tareas que antes justificaban determinada cantidad de horas, personal o salario pasan a considerarse más rápidas, más simples o más baratas porque una parte la hace el software. Entonces el trabajador sigue ahí, pero su puesto empieza a valer menos en la negociación.
El estudio de Apollo suma una capa a un debate que ya venía mostrando señales similares. Informes recientes del Banco de Inglaterra detectaron que algunas empresas pueden aumentar producción sin ampliar personal y que la automatización empieza a reducir la demanda de puestos junior y administrativos. Otros estudios sobre vacantes laborales muestran que la demanda vinculada a IA se concentra en perfiles técnicos, mientras sube la vara de entrada para quienes buscan su primer empleo.
La secuencia es laboralmente incómoda. Para los trabajadores que ya están dentro, la IA puede enfriar los aumentos. Para quienes intentan entrar, puede achicar puestos iniciales. Para quienes no tienen habilidades técnicas, puede mover la demanda hacia perfiles más especializados. El resultado no es una única ola de despidos, sino una reorganización del mercado laboral que afecta salarios, trayectorias y oportunidades.
¿Y en Argentina?
En Argentina, la discusión tiene un condimento adicional. Aquí el mercado laboral ya llega golpeado por caída del salario real, informalidad alta, pluriempleo, endeudamiento familiar y paritarias defensivas. En ese contexto, una tecnología que reduzca poder de negociación puede profundizar desigualdades existentes, incluso antes de que aparezcan despidos masivos asociados a IA.
La experiencia local muestra que muchos trabajadores no necesitan perder el empleo para perder poder adquisitivo. Basta con aumentos por debajo de precios, bonos que no consolidan salario, contratos más débiles, más tareas por la misma remuneración o reemplazo parcial de funciones. La IA puede insertarse en esa misma lógica: no como robot que entra a la oficina, sino como argumento para pagar menos por tareas que antes requerían más trabajo humano.
Por eso el dato de Apollo resulta relevante más allá de Estados Unidos. Muestra que el impacto de la inteligencia artificial puede aparecer primero en el salario y no en la nómina. Para el trabajador, la diferencia es menos tranquilizadora de lo que parece. Conservar el puesto no alcanza si el ingreso queda cada vez más lejos de los precios.
La pregunta que abre el estudio no es si la IA debe incorporarse o no al trabajo. Esa discusión ya quedó atrás: las empresas la están incorporando. La cuestión es bajo qué reglas, con qué protección salarial, con qué capacitación y con qué reparto de la productividad. Porque una tecnología que aumenta la eficiencia puede mejorar la vida laboral. Pero, sin regulación ni negociación colectiva fuerte, también puede servir para algo mucho más viejo que la IA: abaratar el trabajo.
JJD
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