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Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link. 

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Bastará para sanarme

chicas rezando

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Durante el primer trimestre del embarazo, mis padres me mandaron a la finca de mi tía, un pequeño palacio pretencioso en el medio del campo en el que había pasado los veranos de mi infancia. Pasaba el día en la dependencia de servicio, oculta tras una cocina en la que yo era la única que no revolvía guisos, mataba gallinas o preparaba ollas de mermelada de naranjas. Habían bajado mi cama a esa gran sala sin ventanas, así que un enorme camastro con doseles rosados y oro se alzaba ridículamente entre las dos filas de catres que ocupaban las empleadas que mantenían de pie, limpia y alimentada esa casa. Yo, mientras tanto, empollaba, crecía para adentro, me mecía al ritmo del mundo anfibio que latía y se hacía espacio entre mi cadera y mis costillas. Llegaba desvelada al amanecer contando los diferentes tipos de pájaros que le daban la bienvenida al día y me untaba de manteca para evitar que se resecara la piel de ese vientre enorme, sabiendo que el cariño y los cuidados que me donaba ese grupo de mujeres pegajosas y lentas sólo durarían mientras fuera lo único que era: una embarazada. 

Sabía que hablaban a mis espaldas e imaginaba lo que dirían cuando por fin las dejara atrás, con una niña de ojos verdes para criar. Sabía que había avergonzado a mi madre y que, si le decían la verdad, avergonzaría a mi hija. Me prometí volver a buscarla algún día para darle el derecho de mirarme con reproche. Imaginaba el resentimiento que alimentaría al crecer a la sombra del abandono, sin nombre y sin pertenecer nunca del todo.

En el convento me recibieron sin preguntas. La única que puede romper el voto de silencio es la madre superiora, y eligió muy bien sus pocas palabras para hablarme del futuro en lugar del pasado. Me explicó las reglas de la casa y me mostró el lugar para dormir, el lugar para comer, el lugar para rezar. 

Aquí encontré finalmente la libertad. Cambié los olores a vómito y pañales por el aliento de libros antiguos con los que puedo pasar varias horas al día. Hace algunas semanas no tenía ni un momento de verdadera intimidad, no podía desnudarme sin alguna mirada sobre mí. Ahora cambié el cotilleo de las trabajadoras de la finca por este silencio elegante, por esta soledad gloriosa. Dejé un mundo hostil, de grasa y de hombres que me buscaron siempre para su propio placer egoísta, que terminaban cuando yo había empezado, que usaban el sexo, la propiedad y la fuerza física para imponer su poder sobre mi cuerpo. Ese intercambio injusto por este santuario de mujeres suaves y cálidas. Por las señas sutiles, los encuentros en rincones, las miradas en los pasillos, los suspiros al atardecer.

Cenábamos temprano y nos reuníamos en el templo. Un grupo se ocupaba de cocinar y otro, de limpiar la vajilla. Las que habían cocinado esperaban orando en silencio, las que lavaban y secaban platos se sumaban, unos minutos después, para rezar todas juntas un misterio del rosario. Con una caligrafía hermosa y delicada, el atril anunciaba qué misterios contemplaríamos cada día. Misterios dolorosos, María al pie de la cruz.

La madre superiora se sentaba en una silla al borde de la ronda, un poco separada de nosotras, y pasaba las cuentas en silencio. La mirábamos y recitábamos los avemarías mentalmente, bendita tú eres entre todas… moviendo los rosarios en nuestras manos, repetíamos… llena eres de gracia… Cuando terminaba la decena, la madre respiraba profundamente. Así sabíamos que empezaba el Padrenuestro, que rezábamos pensando más en hermandad y en pan que en un padre todopoderoso. Para mí era verdaderamente un tiempo sagrado. No tanto por la conexión celestial sino por la de los cuerpos. Se sincronizaban las respiraciones y, lo juro, se podía escuchar la apertura acompasada de las válvulas de los corazones.

Al finalizar, teníamos unos treinta minutos a solas en cada celda antes de que se apagaran las luces. Pero en verano todavía quedaba un poco de luz para leer, escribir en el diario o estudiar las partituras del clavicordio. 

Y entonces empezaba la otra plegaria, la danza de trotes descalzos que circulaban de una habitación a otra, la respiración agitada y, de vez en cuando, un gemido ahogado. Tardé en entender qué era lo que pasaba, no podía creer que la madre superiora resignara su autoridad cuando caía el sol. Había mujeres que, sin duda, se metían en otra cama, de a dos o de a más, otras que se besaban en los puntos ciegos y rincones oscuros que se podían encontrar por toda la intrincada construcción del convento. Algunas, las que tenían acceso a llaves o trucos, se acariciarían, supongo, en la sala de lectura o quizás hasta en la sacristía. Otras exploraban el placer en solitario, el sexo con su mano o con objetos, con relatos que proyectaban en sus párpados mientras llegaban a lo más sagrado en soledad, con una media en la boca o mordiendo la almohada.

Yo, en cambio, permanecía algunas horas desvelada intentando descifrar los sonidos de esa orquesta de cuerpos, saliva y piedra, muchas veces escribiendo todo lo que pasaba o imaginaba, otras reconstruyendo en silencio las historias que me sugería la oscuridad que se abría afuera de mi habitación. Las pisadas lentas y apagadas serían las de Isabel, la caminata que parecía una danza de Mariana, que era como una gacela en primavera. Los suspiros más breves, que a veces se combinaban con un gemido agudo serían de Daniela, que tenía una nariz respingada, un cuello largo y el pelo como lluvia. Sabía los nombres por unos pequeños carteles que había en cada puerta. 

Alguna vez este coro de ángeles gozosos me contagió las ganas y bajé mi mano lentamente para descubrir que sí, que después de ser esclava, madre y fugitiva, podía encontrarme húmeda. Pero en cuanto entré en contacto conmigo misma me tensé por dentro, y me llevé a un orgasmo triste y doloroso. La película fue violenta, y los fragmentos de la noche en que conocí al padre de mi hija en la fiesta de la cosecha me laceraron desde adentro como una pesadilla muy vívida mientras, paralizada, alcanzaba el clímax, ahogada, con un gemido sordo.

Me descubrí en un charco que empapaba el colchón y esa noche dormí en el piso. Amanecí entumecida por el frío, el hueso de la cadera dolorido por el peso de mi cuerpo sobre las baldosas y una molestia en la zona lumbar que me recordó ese embarazo interminable y autofagocitante. Miré al techo durante unos minutos para tratar de recuperar la conciencia de la columna vertebral y las extremidades. La memoria me trajo todas las veces que traté de terminarme con el nudo de una sábana, incluso esa vez en que llevé escondida entre la ropa una cuchilla al cuarto de baño en la finca de mi tía. Acerqué el filo a mi muñeca pero tuve miedo de la lentitud y el sufrimiento de una muerte así, y me demoré en tomar la decisión. Así que entró Sandra, la cocinera y, cuando me vio en la tina con la cuchilla de matar gallinas en una mano y un hilo de sangre en la otra, puso el grito en el cielo. Imaginó, supongo, lo incómodo que sería limpiar el desastre que dejaría mi suicidio. Esa manera de alcanzar la libertad hubiera sido injusta y mediocre. 

A partir de ese momento, nunca me volvieron a regalar un minuto de soledad. Siempre tenía, por orden de mi tía, una carcelera despierta mirándome dormir, viéndome cagar y vigilando cada uno de mis baños. 

Esa mañana en el convento, en cambio, llevé las sábanas, que habían quedado húmedas y pegajosas, a la lavandería donde las recibió Mariana, que respondió con una mirada dulce a mi actitud de vergüenza. 

Después puse el colchón bajo el rayo de sol que entraba a esa hora y abrí las ventanas de par en par. Dejé el listón en el picaporte de la puerta que indicaba que por un malestar físico, necesitaba ser dispensada de la oración de la mañana y las labores de la primera parte de la jornada. Teníamos permitido hacerlo durante medio día sin dar explicaciones, pero si el cuadro continuaba, estábamos obligadas a comunicar la situación a la madre superiora. 

Pasé la mañana contemplando el cambio de forma e intensidad del haz de luz que entraba por la ventana, tratando de interpretar los signos del dolor que venía acompañándome de manera intermitente pero que había percibido como un latigazo en la noche anterior. La molestia en mis lumbares no me abandonaba y el dolor en la parte baja de mi vientre reaparecía por momentos, agudo. Derramada en el piso de la celda, recibía el alivio del frío del piso de piedra contra mi piel que desprendía una temperatura febril. 

Al mediodía me obligué a acercarme al comedor diario para evitar la conversación con la madre superiora. Por primera vez en esos meses, creía que había olvidado cómo sonaba mi voz. Sin embargo, las hermanas no dejaban de mirarme más segundos que los necesarios. Algo en mi expresión o actitud demostraría un malestar que no cesaba. En el jardín, donde me tocaba hacer las labores de la tarde, no me dejaron ni arrancar algunas hierbas, en cambio me asignaron la tarea más liviana: pusieron una mesa en la galería y me acercaron una enorme cantidad de flores para que seleccionara y agrupara, y así ayudar a armar los ramos del altar de la próxima semana. 

Sintiéndome un poco mejor, vitalizada y despejada, me acerqué al oratorio después de la cena. El cartel anunciaba: Misterios gozosos - El nacimiento de Nuestro Señor Jesús en Belén. Cuando la madre superiora ocupó su lugar, nuestras miradas se cruzaron brevemente. Supuse que sabría lo que me había pasado, pero no fue eso lo que me llamó la atención. A ella la vi mucho mayor que la última vez, como si hubieran pasado diez años. 

Suspiró profundamente y empezó a pasar las cuentas. Enseguida noté que me costaba entrar en el ritmo, estar presente. Mi cuerpo estaba fuera de compás. Sentí mi respiración agitada y otra vez percibí cómo mi piel irradiaba calor. En la contemplación del misterio del parto de María recordé el mío, en la antítesis del gozo, desesperada y con miedo a morir, atravesada de dolor, crucificada en la cocina de la finca, por dos mujeres que sostenían mis antebrazos y otras dos que sostenían mis piernas. El dolor pudo haberse extendido por dos días o por algunos minutos, pero fue vívido durante toda la oración. Cuando nos levantamos, todas me miraban con la pregunta en sus rostros. Daniela fue la que me señaló para que entendiera: tenía dos aureolas en mi pecho, empapando la túnica. Sentí el olor ácido de la leche y me envolvieron las náuseas. 

La madre superiora me indicó el camino a su oficina. A la luz más intensa de la salita, volví a verla anciana, agotada. Me miró con calidez y tomó mi mano unos segundos. No había ternura en ella, eran los gestos de una madre que tenía la responsabilidad de conocer lo que pasaba y de cuidar todo lo que vivía en los terrenos del convento. Transcurrieron varios minutos antes de que rompiera el silencio que era custodiado como un tesoro en ese lugar. Y entonces me hizo tres preguntas: dónde vivía antes de estar ahí, hace cuánto tiempo tenía dolores y qué flores me habían gustado más para poner en el altar. Me dio tiempo después de cada pregunta, dándome espacio con la mirada, sin repreguntar. Respondí sinceramente, sin dar más información que la necesaria. Me dijo que pediría por el médico de la zona. Entonces me mandó a mi celda, donde me encontré un cuenco con agua y algunas toallas. Las humedecí y envolví con ellas mi cabeza, me puse unas en las axilas y sobre el pubis. Pude dormir. 

A la mañana, permanecí en la cama hasta que alguien vino a buscarme para que me viera el médico. Lo reconocí inmediatamente pero él, en cambio, no dio ninguna señal. Ningún profesional había asistido mi parto pero una vez lo habían mandado a llamar a la finca para revisar a la bebé, que estaba un poco amarilla, unos días después. La sacaron de mis brazos y la llevaron al salón, donde la revisó. Lo vi a lo lejos, mientras vigilaba que no le hicieran nada ni se la llevaran. Nos habíamos cruzado otras veces, cuando él atendió a mi tío en sus últimos tiempos. Me preguntó mi nombre y mi edad, miré a la madre superiora para que me diera permiso para responder. Había incorporado muy rápido ese tipo de reglas, que me resultaban más una protección que prohibiciones. Ella asintió con seriedad. 

El médico tenía una mirada amable y parecía elegir sus palabras con cuidado. De mediana edad, suave y con una apariencia intelectual, me resultó, en medio de la enfermedad, curiosamente atractivo. Preguntó, sin introducciones, sobre la fecha del parto, la de la última hemorragia, los días de fiebre. Luego empezó a enumerar partes del cuerpo para saber si sentía dolor en ellas. Finalmente, anunció que necesitaba revisarme. Puso una manta en el escritorio y me pidió que me acostara ahí. Me saqué la ropa y temblé de frío. Frotó sus manos entre sí para calentarlas un poco. Tocó con cuidado, con dos dedos, mi vientre y presionó con firmeza. Gemí de dolor pero también sentí subir desde allí la excitación ante ese mínimo roce. Después hizo lo mismo en el pecho y con el dolor afilado que me atravesó noté también la dureza antinatural que había bajo sus dedos. 

Habló de una infección por acumulación de leche, algo que suele pasar pocas semanas después de dejar de amamantar, pero que podía aparecer, excepcionalmente, un tiempo después. Indicó un tratamiento en gotas, descanso y baños fríos para bajar la fiebre. Después miró a un rincón de la sala mientras me vestía. Al despedirse mencionó, como algo casual: 

- Sigo el día en la finca del sur, la señora está delicada hace varios días. 

Las semanas posteriores pasaron entre fiebre inconstante y pesadillas muy intensas, acompañada por el cuidado de las hermanas, que se turnaban para cambiar mis sábanas y toallas, para acercarme algo de comida. Una de ellas rezaba conmigo todas las noches, cada una con su rosario, en silencio. Me sentía débil y supongo que me veía pálida. El ritmo nocturno del convento no conseguía animarme, en cambio los murmullos se metían en mis sueños y sonaban intensos, como gritos del infierno. En los peores momentos buscaba el dolor como un castigo por lo que había hecho. Cuando me sentía mejor pensaba en mi tía, en las mujeres de la finca, en los ojos de mi hija. 

Un día pude volver a las oraciones, otro día comencé a sumarme a las comidas comunitarias, aunque todavía no a los trabajos. Volví frágil pero también liviana, como si hubiera pasado realmente por una expiación. El sufrimiento físico me había ayudado a dedicarme al dolor del corazón. Empecé a leer, a bordar. No volví a pensar en regresar a la finca, la sola idea me paralizaba. 

Una mañana, sonó un grito en el comedor. Susana, la hermana que asistía en sus tareas a la madre superiora, había ido a buscarla a su habitación porque no se había presentado en el desayuno, y la había encontrado simplemente muerta. Caída al borde de su propia cama, vestida para iniciar un nuevo día, sin un gesto de dolor. Corrió al comedor y lo anunció a los gritos, el esquema del silencio fue reemplazado por el caos. Todos los diálogos desordenados, los lamentos y la incertidumbre. Susana conocía, por supuesto, los protocolos, debía escribir a la Vicaría, tenía que ser un mensajero especial que había que buscar en el pueblo. Pero los demoramos. Acomodamos a la madre superiora en su cama y rodeándola en su celda, la despedimos solo nosotras. Rezamos en silencio el misterio del día y luego dijimos algunas palabras, que surgían sin planificación ni censura. Le pedimos a Dios que la recibiera entre sus santas, porque era la santidad que conocíamos. Después, nos fuimos retirando. Besé su mano y di gracias por su vida. 

Las cartas correspondientes fueron enviadas y al otro día había una nueva autoridad. Nos reunió y dio indicaciones para que organizáramos el entierro, que sería en una bóveda de la capilla. Vinieron especialistas para preparar el cuerpo, nosotras juntamos las flores, limpiamos todo con dedicación, lustramos los elementos de la liturgia. 

El día de la misa vino el obispo y algunas autoridades del pueblo, algunos ricos de la zona que reconocían la importancia del convento o simplemente querían participar de una actividad distinta ese día. Nosotras, excepcionalmente, compartimos la ceremonia, pero detrás de la cadena que simbolizaba nuestro encierro, ese día más delgado que de costumbre. 

Las semanas siguientes fueron las peores desde que estaba ahí. Nadie osó salir por la noches ni estar en lugares inapropiados fuera del horario, pero incluso las estructuras oficiales parecieron demasiado laxas a la flamante madre superiora. Consideró que la comida era demasiado variada y abundante, que debía comprarse menos carne y vender al pueblo casi todo lo que producía la huerta. No hacía falta tanto tiempo compartido para repartir los más escasos alimentos, así que el almuerzo y la cena duraban escasos minutos. De la misma manera se acortan los tiempos de lectura, bordado o instrumentos, y los momentos libres en general fueron reemplazados por más estudio, trabajo y se sumó la oración al mediodía, después de comer, reemplazando la posible siesta que casi todas aprovechábamos en verano. La hora libre de la noche desapareció: después de las Completas, se apagarían todas las luces y quedaría prohibido moverse fuera de las celdas o hacer ruidos. Para implementar el nuevo régimen, habían llegado otras hermanas de la Orden, a quienes llamó celadoras y que, en ocasiones excepcionales, también podían hablar aunque no dar permiso a la palabra.  

La madre superiora comenzó a citarnos para entrevistas individuales. Cuando tocó mi turno yo estaba en la lavandería, con Sandra. Era un día hermoso y ya me sentía casi completamente recuperada. La nueva madre superiora era una mujer pequeña y arrugada, con su nariz afilada y un rostro inteligente, como un águila. Me miró solo una vez cuando me senté frente a su escritorio, luego bajó la vista a unos papeles que, supongo, contendrían información sobre mí. Preguntó mi nombre falso dos veces, como si algo no cuadrara. Indagó sobre el tiempo en el convento, las razones, las confesiones. Miraba con recelo la documentación, escribía en un cuaderno y se detenía súbitamente. Finalmente, me despidió con frialdad.

Cuando volví, mi celda estaba vacía. Pensé que por fin me habían descubierto y que me devolverían a mi vida pasada, que era mi vida real. Todas mis pertenencias estaban depositadas en el suelo del patio. Estaban ordenadas con cuidado, como si alguien hubiera revisado cada objeto y lo hubiera tratado de clasificar: la ropa doblada, los objetos de higiene. Faltaban mi cuaderno y algunos de los libros. Una celadora pasó y ante mi mirada de interrogación me entregó un papel que indicaba que todo era parte de una revisión general, que se estaba pidiendo el mayor rigor en los votos de pobreza.

Dejé todo como estaba y me dejé caer en el colchón en el que la mancha se había convertido en aureola. El sol caía de lleno en el patio y avanzaba despacio sobre las baldosas y sobre mis cosas, marcando los contornos, calentando la piedra. Miré ese pequeño inventario expuesto al que se reducía mi vida y pensé en la sala sin ventanas detrás de la cocina, llena de ese aire espeso que no se movía. 

Dejándome envolver por el sol, sentí que mi cuerpo no dolía ni se defendía del dolor. Me concentré en el ritmo de mi respiración. Sonaron las campanas y el silencio volvió a acomodarse en el convento. 

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