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Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link. 

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El timón azul

box en restaurant

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Desde que soy chiquita siempre, para mi cumpleaños, vamos al Timón azul, un restaurant medio viejo, que está en la entrada del pueblo. Si bien tiene algunas manchas negras en la pared y un olor medio raro cuando entrás, es uno de mis lugares favoritos. Quizás porque también es el de mi papá. Mi abuela siempre me cuenta historias de lo travieso que era, y cómo lo buscaban por horas para que haga la tarea, mientras él pasaba mucho tiempo ahí con el chico que hoy es uno de los dueños. A mis amigas les parece un poco aburrido y, prefieren ir a alguna heladería o a mirar las vidrieras del paseo de compras que intenta parecerse a un shopping de los de capital. Para mí es más de lo mismo pero las acompaño. 

No tengo mamá. Se murió al poco tiempo de que nací de una enfermedad rara que nunca me explicaron del todo bien. Algo como de unos bichitos que te van comiendo la sangre, pero no sé. En casa, siempre se ponen nerviosos cuando hablan del tema, así que no pregunto mucho. Lo único que sé de ella es que se llamaba Mariana, como yo. Me dan gracia los chicos que se llaman igual que sus papás, no le encuentro sentido. Con la cantidad de nombres que hay para elegir. Papá dice que es como una especie de homenaje, una forma de tenerla siempre presente. Dicen que me parezco a ella. Vi algunas fotos y puede ser. Me hubiese gustado conocer su voz. A veces me la imagino retándome o dándome algún consejo. 

Vivo con la abuela, que hace lo que puede, pobre, ya está vieja. También con papá y Lucas un perro sin raza que adoptamos de la calle. Una noche, llovía mucho y lo vi desde la ventana de mi cuarto sentado en el medio de la calle. Estaba solo y muy mojado. Le pedí a papá entrarlo para que no pase frío. Por suerte se encariñó y nos lo quedamos. Además esta Eli que me lleva al colegio, a los cumpleaños, me peina, me ayuda a elegir la ropa. Cada tanto me pregunta si tengo novio. Me molesta esa pregunta. A veces es muy metida y no hace bien su trabajo, pero a mis amigas les digo que es mi hermana mayor. Aunque todos saben que es mentira hacen como que me creen. 

El Timón Azul no tiene Instagram. Publican los platos en una pizarra. Para mí mejor porque no tengo celu. No me dejan, por más que la mayoría de mis amigas ya tenga. Capaz en este cumpleaños me regalen uno de sorpresa. En el menú, hay un plato nuevo cada semana. Me pregunto qué habrá esta noche, cuando vayamos a festejar. Papá siempre pide una copa medio rara de camarones. A mí no me gusta el pescado, pero me resulta gracioso ver como los acomodan perfectamente alrededor de la copa encima de unas hojas de lechuga. Siempre jugamos apuestas antes para ver cuántos pondrán en la copa. Papá siempre apuesta por un numero impar y suele ganar. Cada vez que la traen a la mesa, hacemos el mismo ritual: él espera mientras yo los cuento. Pareciera que siempre están ubicados a la misma distancia, como medidos por regla. Yo soy más clásica, siempre como la milanesa napolitana con papas fritas. No la termino, pero pido el paquetito y le llevo a Lucas o a la abuela. 

La abuela está enferma y hace unos días que no está en casa. Papá esta más triste y nervioso que de costumbre. Si bien suele tener esa cara seria, medio mala onda, en este último tiempo tiene la mirada cansada, como si algo le doliera. Cada tanto pienso que la vida es injusta, no me dio hermanos, me sacó a mi mamá y ahora me va a sacar a mi abuela. No soy tonta. Por más que papá se empeñe en decir que soy chica para algunas cosas. 

Todas las noches antes de dormir rezo un Padre Nuestro, una oración que me enseñaron en catequesis y que en teoría sirve para pedir cosas. Como una especie de trueque: Si rezo mucho, Dios me da algo a cambio. La abuela me regaló un rosario y lo uso cada tanto. Ella me explicó que cada perlita de las que están juntitas es un Ave María y después hay una separada que es un Padre Nuestro. Me canso, son muchas bolitas y rezos. Ni siquiera me termina de cerrar lo del trueque. Igualmente cierro los ojos y pido que mi abuelita se cure. 

Esta noche voy a hacer todo lo que pueda para que papá esté contento. No me voy a quejar si estacionamos lejos y tengo que caminar unas cuadras, o si la milanesa tarda mucho. Cuando él llegue voy a estar lista. Hace unos meses que vengo ahorrando plata para este día. Guardo en mi alcancía que escondo debajo de la cama, cada moneda que me sobra de lo que me dan para comprarme algo en el colegio. Hay días que me aguanto el hambre y no compro nada para juntar más plata. También me quedo con algunos vueltos de cuando Eli me manda a comprar al almacén. Cada ruidito que hacen las monedas contra la lata me hace sentir que estoy más cerca del objetivo. Quiero comprar el postre estrella de la carta. El Transatlántico una especie de barco enorme hecho con cucurucho que tiene 3 bochas de helado de vainilla en el centro, mucha salsa de frutilla y chocolate por encima y gomitas de colores alrededor. Suelo verlo en otras mesas, cuando soplan las velitas. Nosotros nunca lo pedimos porque es muy caro. Papá no lo dice pero yo sé que es por eso. Siempre que responde no hace falta es porque algo es caro y no podemos comprarlo. Hace algunos días estoy pensando en mamá. Quiero hacerle algunas preguntas pero todavía no me animo. Todo lo de mi abuela me está haciendo tener algunos sueños raros, que no termino de entender si son pesadillas. Aparece cada tanto una señora, rubia como yo, parecida a la que me presentaron por fotos. No es igual, pero me hace acordar a alguien que conozco. 

No me gusta cuando Eli no me da bola y esta todo el día con el celular chateando y hablando con sus amigas. También me cansa tener que cubrirla con el olor del cigarrillo que se fuma a escondidas en el patio. Sabe que papá se lo tiene prohibido. Pero bueno, las hermanas guardamos secretos. Para hoy, le pedí que me ayude a elegir la ropa. No llego a los estantes de arriba del armario. Quería estar lista para cuando él llegue. Siempre la reserva es a las ocho, y al él gusta ser puntual. Además, es día de semana y no me puedo acostar tarde. Yo también soy puntual. Creo que lo heredé de él. Que tonta, de quien más si no. Escucho que suena el timbre. Miro el reloj y me desespero, no puede ser, es temprano y yo todavía no estoy lista. La escucho a Eli hablar con una vecina y me relajo. Creo que vino a preguntar por la abuela. Sigo con lo mío. Primero me lavo los dientes y después me visto. Eli ya me había separado una jumper de jean con una camisa blanca con volados en el cuello. Por más que no sea mi ropa preferida ni la más cómoda, es mi conjunto para ocasiones especiales. Necesito ayuda de Eli para el peinado, que hace trenzas perfectas. Yo intente toda la semana practicar, pero no me salen. Tengo el pelo muy finito y me quedan pelitos desprolijos. A ella no. Mientras agarro el gel del baño, escucho que Eli llama a alguien por su celular. Estoy un poco lejos, pero entiendo algo de que se va a tener que quedar hasta tarde y quizás buscar ropa para unos días. No le doy importancia, pienso que tiene que trabajar en otras casas o quizás papa le pidió algunas horas extras. 

Falta media hora para las ocho pero papá aun no llega. Me acuesto en la cama, con cuidado de no arrugarme la ropa y mientras espero, cierro los ojos. La tele a todo lo que da del living no deja que me concentre, pero lo intento. Me vuelve esa imagen del último tiempo, yo más chica tomando sol en una playa, con mi mamá, la señora de las fotos, no la de las pesadillas. Pienso que puede ser un recuerdo, pero es imposible. Cuando tenía esa edad ella ya estaba super muerta. Fui solo una vez al cementerio a visitarla. No me gustó. Me la imagino bajo tierra pudriéndose, rodeada de todos los otros muertos. Prefiero recordarla como en las fotos de papá. Ahí está linda, deslumbrante y se parece a mí. Yo no le tengo miedo a la muerte, al contrario, me porto bien, para poder ir al cielo y, como dice la abuela, conocer a mamá en persona. Abro los ojos y miro el reloj: las ocho y media. Me doy cuenta de que es tarde, me empiezan a picar las medias y siento como una colita de las trenzas se está por salir. Voy al living y le pregunto a Eli si papá llegó. Me dice que no tranquila, como si supiera algo más. De repente, suena el teléfono de casa. No estoy autorizada a atender, pero corro hacia él y me quedo a un costado, mirando sin pestañear. Eli atiende y veo como su cara se transforma. Algo pasa. No digo nada, pero ella entiende que le ruego que hable. La veo como traga saliva antes de hablar. No es buena señal que los adultos tengan miedo. Por fin, tira sus palabras una a una como dardos: 

—Mari, papá no va a llegar, pasó algo con la abuela. Vamos que te desarmo las trenzas, me quedo a dormir con vos. 

Mientras me pongo el pijama escucho el ruido de las monedas que caen del bolsillo de la jumper mientras Eli dobla mi ropa. No va a haber ni feliz cumpleaños ni cena en el timón. Mucho menos postre Transatlántico. Cierro los ojos, mientras Lucas me chupa las lágrimas que chorrean, una a una interrumpiendo el silencio de la habitación. 

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