Sobre este blog

Un trabajo extraordinario: historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina es una exploración de lo que nos une y de lo que nos separa a los padres y madres que hoy, en un territorio tan vasto y desigual como el nuestro, contribuimos a la tarea titánica de criar a una persona. Un mapa de temas y problemas, un retrato de un estado de situación, un testimonio de las muchas formas en las que las personas atraviesan y se organizan para atender al desarrollo humano de los niños y las niñas.

Invitamos a los lectores y las lectoras a suscribirse a este newsletter y sumarse a esta exploración de los dilemas, las alegrías y las dificultades que convergen en el trabajo extraordinario que supone cuidar y criar hoy en Argentina.

Por Natalí Schejtman

Son madre e hija y hablan de su experiencia en una performance

Eleonor Faur y Ana Minujin

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Una madre y una hija se paran en un escenario. Ponen en escena eso que, de tan frondoso, e intenso, parece imposible de ser empaquetado en cincuenta minutos: una relación de veintipico de años, convertida en un guión, en algo para otros y también para ellas mismas. Van y vienen: hablan de otros vínculos y del suyo propio, entre la tercera persona y la primera, ayudadas ambas por los sesgos profesionales: una, la madre, es socióloga, investigadora, pionera en los estudios del cuidado y de la gestión del tiempo en las mujeres. O sea que investiga cómo han sido históricamente las mujeres las que cargaron con una tarea fundamental para el funcionamiento de cualquier sociedad que es cuidar a personas que dependen de otros para la supervivencia. Otra, la hija, es actriz, por lo que tiene experiencia en poner su cuerpo en escena y también en indagar en vínculos familiares para narrarlos. Pero para las dos La revolución y algo rico para el postre es una experiencia nueva, un cruce entre documental, periodismo y performance propuesto y promovido por el Laboratorio de Periodismo Performático de la revista Anfibia y Casa Sofía y desarrollado con la mentoría de la actriz y dramaturga Lorena Vega y el escritor y periodista Cristian Alarcón.

La llegada de Eleonor Faur y Ana Minujin al escenario comenzó con una insistencia mutua para presentarse en la convocatoria y un impulso fundante: “¿Y si nos presentamos juntas?”

Se entusiasmaron, se presentaron y fueron elegidas. Aunque en un primer momento la idea tenía que ver con documentar a madres e hijas con la premisa de que se enseñaran algo mutuamente, pronto la pregunta irrumpió en el desarrollo. Algo así como un ¿y por casa cómo andamos? literal que fue un nuevo disparador de la performance, y que estructuró las narrativas sobre las vidas ajenas.

El resultado, que tuvo un primer estreno en agosto y que ahora agrega tres nuevas fechas,  es una obra emotiva, inteligente, dulce, con destellos de verdad y de artificio combinados de tal modo que el producto final se vuelve por momentos personalísimo y por momentos generalísimo. Eleonor cuenta su maternidad: la mudanza con Ana de bebé a Colombia, la separación con el padre de su hija y la decisión de vivir con ella en Buenos Aires mientras el padre se mudaba a Nueva York, lo que le deparó una experiencia mayormente solitaria de crianza –aunque con una red consistente– y una enfermedad autoinmune que le propició diversas complicaciones. También, presenta aspectos conceptuales y la casuística y logra momentos de lucidez interior cuando parece descubrir en escena que no conoce del todo a su hija porque sólo la conoce cuando está en presencia de su madre. Ana, cuyo espesor dramático se vislumbra en el escenario aunque esté hablando de su vida como hija, recorre cómo era esa casa familiar que fue también la base de reuniones políticas cuando militaba en el Centro de Estudiantes de su colegio secundario, sus propias dudas y miedos respecto de tener hijos algún día y ambas indagan en otro de los momentos bisagra del vínculo: cuando el novio de Ana, a sus 17 años, murió en un accidente. 

La obra iba a estrenarse en marzo del 2020, pero la pandemia y su resignificación de lo doméstico –si bien ya vivían en distintos países–, los lazos familiares y probablemente la sociedad del riesgo les hizo repensar y hurgar más en algunos elementos para tallar este fresco sentimental y epocal que resuena en cualquiera que las escuche. En definitiva, muchas somos madres y muchas no, pero todos somos hijos: ¿Quién podría quedar afuera?

¿Cómo fue ponerte a hablar de tu maternidad desde un lugar autobiográfico después de décadas de dedicarte a este tema como socióloga?

EF: Fue un proceso larguísimo llegar a eso. De hecho, cuando estábamos por estrenar en marzo de 2020, en esa versión, yo tenía muchísimo menos expuestas mis experiencias. Hizo falta una pandemia, dos años, y repensar bastante estas cosas para animarme a hablar, ya no solamente sobre la teoría o sobre las otras personas y las mil variantes de maternidades. Porque si algo tratamos de negar en toda la obra es que hay una verdad sobre “LA” maternidad. Mi trabajo es todo el tiempo estar contextualizando, pero en la contextualización como socióloga es más fácil hablar de las experiencias ajenas y más difícil exponer la mía: exponer, porque hablar hablo todo el tiempo con mis amigas, con Ana misma, es una conversación que está siempre en la punta de la lengua. Ponerlo en escena fue el paso que me llevó más tiempo dar.

¿Vos Ana fuiste quien trataba de buscar más intimidad? 

AM: No la empujaba a más intimidad pero sí creo que el lenguaje artístico un poco pide esas desnudeces. Entonces simplemente era habilitar que eso exista y después había algunos momentos en los que cuando eso aparecía yo tenía que decir: ni un paso atrás. Cuando algo aparece que se siente verdadero y que funciona a modo de revelación personal o íntima es muy fácil adornarlo lingüísticamente para que se vaya alejando lo más posible de ese momento y ahí sí era muy tajante. Tampoco fueron tan fijos los roles de cada una a lo largo de la creación de la obra. Se puede decir que yo estaba a cargo de los videos, pero en realidad la propuesta de a quienes podíamos filmar muchas veces venía de parte de mi mamá. Todo el tiempo hubo un diálogo muy permeable que es, a la vez, a lo que apostó el proyecto de Periodismo Performático.

¿Pueden darme un ejemplo de alguna vez que hayas tenido que decirle a tu mamá “Ni un paso atrás”?

AM: Una vez, en una caminata con mi mamá en Uruguay, durante una residencia autogestionada que hicimos, conversando sobre la obra ella se dio cuenta de una de esas cosas que son evidentes –pero al mismo tiempo, de tan evidente, uno no las nombra–: dijo que sólo me conoce a mí cuando estoy en presencia de mi madre, y que eso es un conocimiento como mínimo muy limitado. Esa reflexión después siguió con un “No, bueno, en realidad sí te conozco un montón” o preguntas tipo “¿vos sentís que no te conozco?”. Sí, pero la reflexión original era potente y tenía que estar. No podemos esquivar esos lugares una vez que aparecen. Después es ficción también. Por más de que haya sido una realización totalmente verdadera, en el segundo en que uno la tiene es verdad y dos minutos más tarde la volvió relato y ese relato ya tiene un elemento de ficción. Por eso tampoco hay que temerle tanto a la exposición de esos lugares.

EF: Para mí ese momento fue muy claro. Yo escribí las notas en un cuaderno, después lo pasé. Y lo empecé a cambiar. Y como ella conoce mejor estas formas de recuperar los archivos anteriores en el Google Drive, volvió al texto original para que yo lo mantuviera. Yo insistí bastante en aflojarlo y ella insistió mucho en sostenerlo, y a mí me parece buenísimo. Creo que eso abrió la puerta, después no hizo falta tanto. Eso mismo que había buscado Anita cuando filmábamos los videos de madres e hijas, buscar eso genuino, honesto, cuando se trasladó a nuestra propia participación en escena fue más fácil sostenerlo. Lo difícil fue haber abierto esa puerta. Y eso fue Ana. Porque las mamás muchas veces cuando hablamos solo de maternidad estamos hablando de nosotras en relación con. Y cuando estamos pensando en el vínculo estamos abriendo a cómo te transforma lo que viene del otro lado. 

¿Cómo fue para vos como actriz encarar el género del teatro documental con tu mamá en escena? 

AM: Tengo cierto entrenamiento en compartir esa parte mía, pero nunca había trabajado con teatro documental. Para mí fue hermoso, me permitió aunar muchas facetas divergentes o distintas que siento que siempre tuve abiertas y no había encontrado un espacio en el cual ponerlas en diálogo de una forma tan efectiva. Vengo también con una crianza en un ambiente académico –eso te llena la casa de libros y de un constante cuestionamiento del status quo– pero también vengo del mundo del teatro y estoy haciendo cine documental y esta experiencia me permitió juntar todas estas herramientas y fue muy gratificante. 

En la obra cuentan la mudanza a Colombia y luego el regreso a Buenos Aires de ustedes dos sin el padre: ¿cómo fue la crianza con un papá viviendo lejos, más allá o más acá de la red en términos de cuidado, tema en el que además te especializás?

EF: Primero, hace falta decir algo: yo me especialicé en cuidados cuando ya estaba metida en esta experiencia. Mi libro El cuidado infantil en el siglo XXI: mujeres malabaristas en una sociedad desigual fue una experiencia que yo estaba teniendo. Lo que pasa es que como socióloga miré que era mucho más allá de mi propia experiencia: cómo estaban organizadas las instituciones, la cultura y las formas para que todas estuviéramos haciendo malabares y sintiendo que cada una era la que no podía llegar. Ahora está más instalada la idea, pero hace casi veinte años cuando empecé con este tema había que explicar que el cuidado era algo social. Y hay algo que expresamos en la performance que es que había red: teníamos las condiciones materiales que permitían que tuviéramos una empleada en casa que pudiera cumplir las horas que yo no estaba, Anita iba a la escuela doble turno. Hubo maneras de organizarnos: los abuelos fueron importantes en cierto sentido para esa construcción y por supuesto un esfuerzo enorme. No tenemos duda de que es un esfuerzo enorme. Por eso insisto en la importancia del vínculo. Hubo un momento en que yo estaba bastante agotada, empecé a hacer el doctorado además, trabajaba en Unicef, estaba sola a cargo de Ana y en una conversación con el papá, él me dijo “bueno, pero si te resulta muy pesado que venga Anita a vivir a Nueva York” y para mi ese tema no estaba en discusión. Por eso es importante crear un vínculo porque si uno sólo se queda atado a las dificultades del día a día, es muy fácil pensar que la maternidad es un infierno. Es uno de los vínculos que más te desafían y aprendes un montón y construís algo que es visible todos los días, tanto si vas por un lugar agradable como si te estás yendo al pasto.

Ahora está más instalada la idea, pero hace casi veinte años cuando empecé con este tema había que explicar que el cuidado era algo social"

Eleonor Faur

La obra plantea una relación madre e hija no desde un lugar de la pelea. ¿Decidieron dejarlo afuera o ustedes no suelen tener ese tipo de conflicto?

AM: La verdad que no. En general no nos peleamos mucho. A veces necesitaríamos pelearnos más capaz. Siempre tenemos unos modos de manifestar la disconformidad o las cosas en las que no acordamos de maneras muy diplomáticas y que siempre apuntan al crecimiento. 

EF: Tuvimos algunas épocas en las que nos peleamos un poco. Pero la verdad es que no. Y hay como una idea de “nos están mostrando solo la parte linda de la maternidad”, como que en el teatro tiene que haber conflicto. Y lo tuvimos que pensar y trabajar bastante en el laboratorio con la tutoría de Lorena Vega y Cristian Alarcón, que fue vital para construir esto. Es otro de los “trending topics”: decir que los vínculos entre madre e hija son horribles y conflictivos. Y la verdad en nuestro caso los conflictos tuvieron que ver más con los contextos que fuimos atravesando y los desafíos que se van presentando en medio de esta construcción. En nuestro vínculo no fue el conflicto la característica predominante. Aunque yo también traje a la obra mi lugar de hija, y ese lugar de hija no es un lugar muy feliz. Mucha gente de mi generación ha construido sus familias también en oposición o en distancia a su propia familia. No se me escapa la idea, no tengo idealizados los vínculos entre madres e hijas. 

AM: Sí hemos recibido comentarios del tipo “nunca podría haber hecho esta obra con mi propia madre”. Mi fantasía era que fueran madres e hijas a ver la obra y después se fueran a tomar un café y dentro de eso somos conscientes de que no todos los vínculos o no todos esos cafés llevan a buen puerto. También hay personas que han tenido que cortar relación con sus familias para poder vivir una vida más feliz. Y es una forma de trabajar el vínculo que también puede ser válida. A veces cuando hablo con mis amigas una de las motivaciones para tener hijos es crear vínculos que ellos no pudieron tener con sus madres y padres.

El otro gran tema es el duelo de Ana cuando a sus 17 años murió su novio en un accidente: ¿Cómo fue la experiencia y reconvertirla para esta performance?

EF: Yo pensaba que ya había vivido un montón de situaciones muy difíciles en mi maternidad, pero cuando murió su novio fue el momento más difícil de todo este período y yo siempre lo pienso como el día más difícil de mi propia vida. Ella tenía 17 años y en el marco de una forma de crianza donde una de verdad hace todo el trabajo por explicar por qué suceden las cosas, sucedió algo que no tenía ningún sentido, ninguna lógica, donde a una no le alcanzan las herramientas que tiene para poder sostener. 

AM: Yo creo que esto que está diciendo del sentido fue muy importante para cómo inscribirlo dentro de la obra, porque fue una experiencia muy crítica en términos de pérdida de sentido y la idea por el sentido es algo que existe en la historia del arte desde siempre, es una forma de dar sentido o amigarse con la idea del sinsentido. Dentro de la obra fuimos más por el segundo camino: intentar incorporar dentro de la expectativa que uno tiene sobre la vida la idea de que también hay cosas que no tienen sentido y que simplemente están ahí y que las tomamos y las inscribimos dentro de la experiencia vital como podemos. Y dentro de la obra lo mismo. Incorporar este tema para mí fue difícil: no sentía que me perteneciera exclusivamente. A mi me afectó de esta manera, pero fue una muerte que tocó la vida de muchas personas dentro de su círculo íntimo. A la obra vinieron los padres, con quienes yo sigo teniendo vínculo, vinieron los hermanos. No sé, sentía que era de ellos, que les pertenecía a ellos esa historia para contar. Eso me generaba dudas. Pero creo que también es una cuestión de vulnerabilidad, sigue siendo una herida muy abierta. Lo mismo que le pasó a mi mamá con sentirse muy vulnerable con una parte del texto y querer no decirlo me pasó a mi con este tema: el temor a no poder manejarlo en escena.

EF: Ahí sí hubo una conversación entre nosotras. Ella estaba con alguna duda y me tocó a mí decir “Ni un paso atrás”.

AM: Cada una de estas situaciones que contamos se convirtieron en momentos álgidos de la obra, así que está buena esa confianza que nos tenemos entre nosotras.

La revolución y algo rico para el postre se presente el 14, el 19 y el 20 de enero a las 20 hs en Dumont 4040, Santos Dumont 4040.

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