Libros desconocidos

El loco lindo que recuperó las Malvinas en 1936 y el italoargentino que se fue sin defenderlas

Portadas de libros sobre Malvinas

Ariel Magnus


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Los Pichiciegos pasa por ser la primera novela sobre la guerra de las Malvinas. Una preeminencia que nadie podría quitarle nunca, ya que su autor la escribió durante la guerra misma. Sin embargo, la primera novela sobre la guerra de Malvinas se publicó casi medio siglo antes que el insuperado clásico de Rodolfo Fogwill. 

Se trata del único libro de ficción, aparentemente, de Ubaldo López Cristobal, un ingeniero agrónomo (o tal vez arquitecto) oriundo de Miramar. Salió en 1936 por la mítica editorial Tor bajo el título ¡Guerra en las Malvinas! y, sin ser ciencia ficción, se adelanta de manera tan espeluznante como paradójica a lo que ocurriría décadas más tarde.

La historia arranca con un grupo de ladrones que se dedica a asaltar exclusivamente empresas inglesas. “Son los más ricos, los que roban más, y el que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”, justifica sus atracos el Rengo, cerebro de la banda. El pueblo avala estos delitos contra la propiedad pirata. “¿Que robaban a una empresa de ferrocarriles? ¡Bah! ¡Qué importaba, si con ello no hacían mal a nadie! A lo sumo reducían en una mínima parte el despojo que significaba el hecho de que mantuvieran las tarifas más altas del mundo”.

Del Rengo sabemos desde el principio que no tiene ninguna malformación en las piernas. Poco más tarde nos enteramos de que ni siquiera es ladrón, sino un alto empleado de la Jefatura de Policía. Los sofisticados atracos que comete su pequeño ejército de desclasados constituyen “una empresa patriótica, de verdadero y sano nacionalismo”: comprar armamento para “pelear a los ingleses con su propio dinero”. 

La cruzada tiene su trasfondo personal. El padre de la mujer que le gusta al Rengo es el gobernador de las Falklands y odia a los argentinos, esos “medio indios, sobrantes de todas las razas, unidos sólo por una cosa tan insignificante como es la lengua copiosa de nuestros vecinos de Gibraltar”. Herido en su orgullo nacional, el casi yerno se propone demostrarle a este Mister Smith que “bastarían mil criollos, tomados a bulto, para correrlos de allí cuando se nos antoje, a lonjazos”.

Sus amigos intentan disuadirlo. Primero, diciéndole que nadie querrá sumarse a la aventura. “En estos tiempos de miserias, de crisis, de revoluciones y de programas sociales, nadie tiene voluntad para reivindicaciones nacionalistas, donde no haya un presupuesto que ampare apetitos.” Después, restándole importancia a las islas. 

“––Aquello está demasiado lejos para defenderlo y además no lo necesitamos para nada.

—¿Vos necesitas en este momento tu traje de etiqueta?

—No.

—¿Y tolerarías que te lo robaran porque ahora no lo necesitas y está lejos?

—¡Claro que no!

—Bueno. Si Las Malvinas son nuestras, deben seguir siendo nuestras... o de nadie.“

Se acababan de cumplir 100 años de la apropiación por parte de los ingleses y Paul Groussac, encomendado por el gobierno, había sacado un librito reivindicativo para ser utilizado en las escuelas (reeditado en 2015). Pero en aquel entonces nadie parece haberlo leído. Una y otra vez, el malvinero debe explicar primero qué es eso que quiere reconquistar. 

“—¿Y el gobierno no tiene criollos para que gobiernen allí? 

—Tendría. Pero esas islas nos las quitaron los ingleses, sin decirnos ‘agua va’.

—¿Y se quedaron tan frescos?

—¿Ellos? ¡Siempre están frescos!

—No. Los criollos.

—Hasta ahora, sí. Pero, quién sabe... Puede ser que algún loco lindo nos reivindique.“

El loco lindo reúne con facilidad los mil machos que lo acompañen. Aunque no quiere “sangre prestada” ––rechaza a unos chilenos entusiastas por sumarse––, acepta la ayuda del alemán que le vende el armamento ilegal “que tiene a montones dentro de una nación desarmada por el tratado de Versalles”. Sus arengas a la tropa son dignas de haber sido rescatadas en 1982 para servir de inspiración a los que hicieron realidad su fantasía: 

“¡Somos la chispa! Lo que vendrá después, no nos importa, ni lo sabemos. ¡Buscamos la satisfacción de haber cumplido nuestro deber, demostrando que no todos los argentinos aceptan el despojo, cobardemente! Vamos a gritar al mundo, entre el rugir de los cañones, que hay argentinos que harán pagar a sus conquistadores el precio de sangre que nos deben, y les aseguro que correrá mucha sangre de ellos, antes de caer nosotros!”

El ejército este, como corresponde a toda empresa privada en un país donde el estado no funciona, es absolutamente ejemplar. Provee a sus soldados de ropa especial para el frío, comida en abundancia y tabaco para seis meses. “El bienestar es un factor decisivo para mantener el coraje y ésta es la única virtud que debe importarnos”. El imponente arsenal incluye un gas que no mata sino que adormece, para evitar crueldades innecesarias con el enemigo. Así es como estos patriotas toman las islas en un periquete y esperan la segura represalia armando un formidable sistema de defensa. 

El apoyo popular, como bien vaticinaban, no se hace esperar. Los diarios anuncian la adhesión “de prestigiosos militares, de millonarios que cedían sus fortunas, de nuevos contingentes de voluntarios que marchaban pertrechados y con ánimo de mantener la reconquista lograda. El lejano territorio, pocas horas antes desconocido para la inmensa mayoría de los argentinos, en poco tiempo ocupaba la mente de las masas.”

El único que no apoya al reconquistador, paradoja de paradojas, es el gobierno de su propio país. Le mandan una flota de aviones, pero para frenarlo. La novela involuntariamente futurista propone entonces un diálogo involuntariamente satírico: 

“—En virtud de qué autorización ha emprendido usted esta campaña.

—La respuesta surge de los hechos, capitán. Me autoriza mi derecho de argentino, de ciudadano de un país libre, que se propone recuperar lo que robaron a ese país.

—Pero usted no puede tomarse la justicia por sus manos.

—Frente a un usurpador, esto se llama defensa propia. 

—Tendría razón si esto hubiera acontecido el mismo día en que los ingleses tomaron las islas. Ahora es a sangre fría y premeditadamente.

—Haga abstracción del tiempo, que nunca influyó para nada en la justicia o injusticia de los actos, y agregue usted el derecho del damnificado, el pueblo del que formo parte, a tomarse la justicia por su mano, cuando el encargado de hacerla se ha olvidado de su deber. La administración de la justicia ha vuelto a su dueño original.

—Pero el pueblo que usted invoca son apenas los voluntarios que lo siguen y el gobierno que me envía es el representante legítimo de todos los habitantes de la Nación. Una guerra de esta magnitud sería la ruina definitiva de la Nación.

—Lamento que sea un militar quien me diga esto. Cualquier argentino de los que yo conozco prefiere morir antes que asegurarse un futuro cómodo, pero sin honra.“

Convencido por la verba del argentino de ley, el mero representante de un gobierno pasajero cede a su argentinidad profunda y se une a las huestes. Entre todos vencen a los primeros escuadrones que llegan de Inglaterra, de manera tan heroica como humana. “Recogieron a todos; curaron a los heridos y los llevaron. Bien felices y contentos de haber salido con vida que se iban los pobres muchachos. Ellos sabían que su causa era injusta.”

La noticia de que estamos ganando cunde, por lo que crece “a cada minuto la impaciencia de la juventud” por recibir el llamado a filas. En las esferas oficiales, en cambio, lo que cunden son “conversaciones secretas, tramitaciones curialescas, misteriosas comidas y visitas, y aquel afán desesperante de considerar la toma de las Malvinas como un acto policial sin importancia.”

Los ingleses mandan más refuerzos, se libera una gran batalla por aire (toda una novedad para la época) y volvemos a ganar. Pero el enemigo interno no cede y manda más militares a deponer la sublevación de sus compatriotas. El héroe de la reconquista enfrenta otra vez al jefe de la misión con una más de sus tiradas patrióticas, tan convincente que todos los que venían a apresarlo se sublevan y pasan a su bando, menos el comandante esta vez. “No está tratando con negros del África, sumidos en la crueldad de su ignorancia y pobreza, y por eso se ha quedado solo”. Solo cuando el comandante amenaza con volver él solo y combatirlo, cede. “Nosotros peleamos con los enemigos extranjeros y no con los enemigos de nuestra causa que se amparan en la misma bandera. Iremos mañana, con usted, presos.”

Es el fin. El loco lindo le pudo ganar a los ingleses, pero no al legalismo estatal. De cara a la soldadesca, declara:

“––¡Muchachos! ¡Héroes de la reconquista de Las Malvinas! Hemos terminado nuestra misión. Ahora incumbía a la Patria sostener nuestro sacrificio, pero no lo considera necesario.

—¡Viva la Patria! ¡Viva el jefe! ¡Abajo los vendidos!“

Él igual gana: al final se casa con la hija del gobernador y se van a vivir a Chile. 

Sud 1982

La otra novela sobre Malvinas que nadie encontrará en las librerías ni siquiera por esta época es Sud 1982, del argentino Adrián Bravi. Publicada en 2008, relata no solo el antes y el durante de la guerra, sino sobre todo el después, en un tono diametralmente opuesto que la de Ubaldo López Cristobal. Con humor amargo, el tema aquí es el absurdo, el horror y el infinito trauma de ese delirio que arrastró a tantos argentinos a la muerte, ya sea en las islas o más tarde, por mano propia. El entusiasta antihéroe de este libro, un joven de San Miguel al que los milicos tratan de puto por su debilidad física, sencillamente no puede creer que le toque vivir el infierno de esa guerra sin pies ni cabeza. La “malvinización” de su espíritu se da recién a la vuelta, y no se refiere a ningún nacionalismo sino a verse incapacitado de seguir con su vida normal. Tiene la idea de escribir sobre esa guerra “con bigote negro, librada por alcohólicos”, centrándose en el respeto con que los trataron los ingleses cuando se rindieron, pero en el diario donde lo propone le dicen que no tiene sentido. “Precisamente porque lo viviste, nunca vas a poder escribir nada sobre la guerra. Olvidate y leé a Fogwill, mejor.” 

En lugar de exaltar algún nacionalismo, la gesta termina de anular el poco que le quedaba en aspectos culturales como la literatura o la música. Incapaz de seguir viviendo en un país que considera “una colección de mitos y de decepciones insoportables” y en el que se siente “aprisionado por las palabras”, emigra a Italia para nunca más volver.

En eso se parece al autor, que también emigró de joven a Italia y nunca más volvió. Antes, estuvo a punto de tener que marchar a Malvinas. 

“Soy clase 63 y me convocaron a hacer la colimba el 8 de marzo de 1982 ––cuenta por mail––. No se hablaba aún de la guerra. Estaba haciendo el mes de instrucción en el Colegio militar de Palomar cuando comenzó el conflicto. Frente al Colegio militar, en el aeropuerto militar, empezamos, los soldados que estábamos ahí, a advertir un movimiento extraño de aviones. También venía gente a alentarnos desde un alambrado. No entendíamos lo que estaba sucediendo. El día en que la Argentina desembarcó en las islas, o en uno de esos días, nos reunieron a todos los soldados para informarnos que estábamos en guerra. No lo podíamos creer, nos parecía una mentira, una pesadilla. Tuve la suerte de no ir, de quedarme ahí en Palomar. Otros que entraron conmigo fueron al sur. Lo que está en la novela pertenece al plano de la ficción, traté de basarme en las cosas que me contaron los ex-combatientes.” 

Aunque Bravi publicó un primer libro en castellano, el resto de su obra está escrita en italiano, y en aquel país también fue publicada y premiada. Su libro sobre Malvinas, y en esto reside quizá su máxima curiosidad, acaba de ser publicado en inglés por la editorial británica Jetstone, en traducción de Richard Dixon. En castellano todavía sigue esperando editor.

AM

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