Las armas y las letras

Horacio González, uno de los referentes intelectuales más significativos de la Argentina.

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“Bueno, hagamos así. Anotá la dirección de mi casa y llevame el trabajo ahí, si no lo terminaste para hoy”. Uno anotaba una dirección de San Telmo, en alguna orilla del Parque Lezama, y acordaba, un poco incrédulo, un poco honrado, llevarle los garabatos que no había podido terminar a tiempo a la casa de Horacio González.

Quizá en cualquier otro ámbito de la vida ese pequeño acto no signifique mucho. Pero en aquel entonces (hablo del principio del nuevo milenio), en la osamenta marmolada del mundo universitario, con un régimen político y con estamentos incuestionables y cuasi sagrados, con protocolos, prestigios y liturgias tan defendidos por sus beneficiarios, que Horacio González, una de las voces más ricas que cortaban el aire circulante entre las alicaídas paredes de Marcelo T de Alvear 2230, acortara distancias e invitara a un joven estudiante impuntual, o a dos, o a treinta, a que acerque su trabajo al palier de su edificio santelmino, era ciertamente un hecho político.

Horacio González, que ayer se marchó en un bienio tan propenso a las despedidas, fue uno de los grandes intelectuales de las últimas décadas. Sus clases y sus charlas podían abarcar un sinfín de asuntos. Ahí están, como confirmación, los videos del ciclo de Las Armas y las Letras, donde González habla de la Comuna de París, de la Revolución Rusa, del Mayo Francés y de los 70 en Argentina. Para él, los grandes sucesos revolucionarios no eran harapos de los que había que deshacerse, sino tradiciones (esa palabra tan presente en sus textos y charlas) en las que mirarse, en los que husmear. Ciertamente había lecturas distintas sobre la vigencia de esos procesos, sobre la actualidad acuciante de la irrupción del cielo por asalto para terminar con las angustias y miserias evitables del capitalismo. Sí. Pero para González esos acontecimientos eran heridas que no solo conmovieron al almanaque en las páginas ya arrancadas, sino que también, como un halo benjaminiano, le seguían hablando al calendario en el presente, irrumpiendo en la actualidad, anunciando quiebres futuros.

Las clases de Horacio González en Sociología eran viajes, itinerarios al que los pibes más jóvenes (alguna vez lo fuimos) nos subíamos sin pensarlo: de los 70 a Borges, de Trotsky a Martínez Estrada, de Cooke a la Comuna de París. De Clausewitz, claro, a Perón. Y no solo hablaba, también invitaba a pensar, a escribir. A no hacer trabajos prácticos rutinarios y burocráticos, sino a ponerse a prueba mientras él incentivaba. Lo recuerdo en una clase diciendo que la biografía en tres tomos de Trotsky escrita por Isaac Deutscher fue de los grandes libros que había leído. Yo ya era trotskista y esa frase fue un guiño animado, lejos del uso aplastante y desmotivador del prestigio propio frente a los alumnos. Al otro día lo compré y confirmé lo que nos había dicho: era un libro demoledor. Su erudición fue proporcional a su generosidad frente a las nuevas generaciones, pensaran o no como él.

En cada libro (pienso en Restos Pampeanos) y en cada charla, González mostró un conocimiento enorme (único, creo) de lo que podríamos llamar, con el perdón de la licencia, “el pensamiento nacional”. Desde ahí hacía lecturas inteligentes de Sarmiento (no apto para acepciones “agrietadas”), Scalabrini Ortiz o Cooke. Como parte de ello, consideró al trotskismo, fundamentalmente en la figura de Milcíades Peña (y también de Nahuel Moreno) entre las vertientes del pensamiento criollo, primero como corrientes que habían ampliado el universo discursivo del peronismo y después, como corrientes con voz propia, en los años recientes.

Por ello mismo, tal vez, González nunca declinó (excepto cuando mediaron problemas de salud) de los muchos convites a hablar en charlas organizadas por Ediciones IPS (Instituto del Pensamiento Socialista) o en presentaciones del CEIP León Trotsky.

Quizá su incorporación del trotskismo entre las tradiciones nacionales se encontraba tamizada por la recuperación pretérita de su parte de la llamada “izquierda nacional” de Abelardo Ramos, con su consabido recorrido, que no viene al caso.

En los últimos años, ya con él animando Carta Abierta, su interpelación a la izquierda partía de una expectativa de que fuera parte, de una u otra forma, de un bloque político-social con el sector que él expresaba y defendía, frente a lo que consideraba las corporaciones más reaccionarias. A saber, Clarín, el campo, etc. En tantas ocasiones debatimos que no son solamente las llamadas derechas, sino también los llamados populismos o progresismos, los que respetan a rajatabla esos intereses sociales, lo que llevaba a no poco ardorosos debates.

Y Horacio discutía y volvía, otro día, otro año, a discutir, sin que se le caiga anillo alguno. No tenía miedo a la discrepancia y llamaba “compañero de ruta” a su polemista. Total, estaban esas tradiciones de revoluciones, letras y armas, para coincidir, mirando, aunque sea, todo lo que habían hecho “los sin nada” en su larga pero recién iniciada historia.

Horacio González volvía otro día a pensar y debatir, con la misma humildad con la que atendía, sin su “uniforme” de campera de gamuza y pañuelo al cuello, pero con la melena arremolinada, a un estudiante impuntual en su casa de San Telmo.

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