Ensayo general Opinión

Encontradas en la traducción

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Cuando estoy escribiendo un libro mío me siento sola en un descampado, esperando a que lleguen los invitados a una fiesta que quizás me olvidé de anunciar: la sensación es la de algo que podría no terminar pasando, una primera cita interminable, un colectivo de tres cifras que debería llevarme a casa pero no llega. Cuando estoy traduciendo un libro, en cambio, también estoy sola, pero como perdida en un paisaje espeso. Las cosas no faltan, sino que sobran, y hay que ir abriéndose camino a machetazos.

En estos días me puse a releer Se vive y se traduce de la poeta y traductora Laura Wittner, porque me gusta y porque estoy traduciendo un libro y las reflexiones de Laura me sirven para desenredar los pies cuando los siento trabados y mirar las cosas con otra naturalidad, con la naturalidad de la persona que se va a acercar a ese libro como un objeto terminado y no como la maraña de problemas e incertidumbres que me parece a mí hoy. En el libro de Laura aparecen reflexiones propias y ajenas sobre el oficio y el arte: quiero sumar las mías, como si ese libro perfecto que ella escribió no estuviera terminado, como si fuera un confesionario de traductores al que yo también puedo ir a hacer mis confesiones, que son tan inciertas que tienen forma de pregunta y la fragilidad de las decisiones no tomadas, son endebles porque llevan sin ocultar la auténtica neurosis del traductor, la sensación de las infinitas soluciones que tiene un problema y la arbitrariedad de la que se elige, la neurosis de la inmensidad de la libertad. 

El libro que yo estoy traduciendo es un libro de teoría, que es lo que más he traducido. Laura habla más del oficio de traducir poesía, que es lo que ella hace en general, pero no es tan distinto, o más bien: es muy distinto, pero tiene algo en común, que es que los lectores de poesía y los lectores de filosofía (a diferencia, creo, de los lectores de novela) son personas que piensan muchísimo en la traducción, que cuestionan una traducción mientras la leen. Primera confesión, entonces: me alivió leer las críticas que aparecen en el libro de Laura sobre las malas traducciones y las conversaciones sobre traducciones. Tuve esas conversaciones toda la vida y ahora lo hago mucho menos, porque ahora creo que las traducciones son un poco como las parejas ajenas, algunas cosas son claramente inadmisibles pero de ahí para abajo hay demasiadas cosas que una no sabe o más bien no llegó a pensar. Pienso en la cuestión de la música: cuando critico una traducción casi siempre pienso en su precisión, y en cambio cuando hago una traducción pienso que la precisión y la música son cosas que tienen que estarse negociando continuamente. Dos ejemplos sobre esto: el primero, cuando empecé a traducir teoría y mantenía obsesivamente los términos del inglés en castellano, para que nadie pensara que había dos conceptos donde había dos palabras (equivalencia absurda que solo hacemos los estudiantes de filosofía), y dos editoras distintas de dos editoriales distintas me sugirieron amorosamente que usara sinónimos, porque nada en contra de los estudiantes de filosofía pero el castellano no es el inglés. El castellano es un idioma pesado y de raíces gruesas como un árbol centenario y las repeticiones duelen en la espalda. 

El segundo ejemplo es del único libro de poesía que traduje hasta ahora, Ancianos relucientes, de Kae Tempest. Varios poetas que traducen poesía me criticaron sobre todo el título (Brand New Ancients, es el original): ¿por qué no “Los nuevos antiguos”? Por varias razones, la verdad. “Nuevos” me parecía menos que brand new“ y ese matiz evidentemente me importaba más que a otra gente. ”Relucientes“, sobre todo, me sonaba precioso, y eso también me importaba más que a otra gente. No había artículo en el título original, y eso también lo quería sostener por algún capricho insondable, y con ”Nuevos antiguos“ hubiera sido más raro. Y lo de lo ancianos, que es la parte más polémica, es una cuestión de herencia, de traducciones leídas: todo el tiempo que pasé con ese libro pensé en los consejos de ancianos bíblicos sobre los que había leído de chica en el colegio, antes que en los héroes clásicos, y no me pude sacar de la cabeza ese uso poco común de ”ancianos“. Segunda confesión, entonces: las traducciones que podemos hacer están limitadas por los mundos que podemos descubrir. Hay nuevos mundos, pero los viejos mundos se imprimieron en nuestras cabezas y solo lo vemos cuando alguien nos lo pregunta. No se puede traducir cualquier cosa, como no se puede escribir cualquier cosa. Una escribe lo que puede, y traduce lo que puede.

Y todo esto parece un capricho técnico que no tendría por qué importarle a nadie más que a Laura y a mí y a las personas que comparten nuestras obsesiones chiquititas, pero en realidad no, yo creo que no, porque la tercera confesión que la saco un poco del libro de Laura también pero la aplico a cosas que ella no necesariamente pensó ni tiene por qué aceptar es que traducir es interpretar, como ser actor o tocar un instrumento, o como entender lo que alguien quiso decir en una discusión, y esa angustia del malentendido que sentimos cuando no encontramos una palabra o una expresión es como el acto de ponerle una lupa a esos desencuentros lingüísticos que tenemos todo el día, todos los días. Una mala versión de una canción también puede ser una mala traducción: yo cantaba zambas del Cuchi Leguizamón con una profesora de canto y le decía “versionar” a cambiar las notas que eran difíciles de clavar por otras que achataban completamente los temas; por suerte ella me explicó que las canciones, antes de versionarlas, hay que aprender a cantarlas como son. Me acuerdo de ella siempre que recuerdo el consejo de otra colega traductora: no explicar lo que el autor del original no explicó, no aclarar, resistir la tentación de mejorar. Lo que suena dudoso en el original debe seguir sonando raro en tu traducción. Un actor también traduce, cuando dice un texto que le dieron para decir y lo hace suyo, y puede destrozarlo, como un chico que quiere “contar las cosas con sus palabras” en lugar de usar las palabras que hay que usar, o puede llevarlo mal también si no se anima a cambiarle ni una coma, como un traje que no pasa por el sastre y queda chingado por todos lados. Una pelea de pareja a veces también se trata de una palabra que el otro eligió sin pensar y una, que encima es traductora, sobreinterpreta al infinito.

Una pregunta atraviesa el libro de Laura, la de si la traducción es posible: “traduzco porque nadie me entiende del todo”, dice al final del libro, y yo la entiendo y creo que tiene razón, pero que es algo que puede decirse de todos nosotros. Traducimos todo el tiempo porque entenderse es imposible, porque la traducción es, como el encuentro, una empresa que nace limitada, frustrada, si hasta nos enamoramos para olvidarnos de que no nos entendemos.

TT

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