Opinión - Pura espuma

Fiestonga de garchar: de Lamborghini a Tolosa Paz

Juan José Becerra Pura espuma rojo

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La primera vez que se leyó la palabra “garchar” en la literatura argentina fue en 1969, en El fiord. La escribió Osvaldo Lamborghini en 1967, dejándola caer a una de sus tantas frases de oro: “Y así, cuando advirtió que la fiestonga se iniciaba, la fiestonga de garchar, se entiende, empezó a arrastrarse con la jeta contraída hacia el camastro donde Alcira y yo nos refocilábamos”.

Nadie como Osvaldo Lamborghini llevó tan lejos la fantasía de perfección del arte literario. Cada frase, incluso cada palabra, son presencias irremplazables esculpidas en el mármol blanco de las páginas, para no hablar de las profundidades a las que se entierran las raíces de su puntuación. 

Es el gran escritor de todas las lenguas argentinas, pronunciadas sin reconocimiento de sus jerarquías, ni de sus niveles ni de la calamidad del prestigio. En su molienda vale tanto el preciosismo como la pornografía snuff, el salvajismo gauchesco como los personajes refinados de Thomas Mann, la limpieza de un amanecer en la pampa como un charco de sangre oscura. 

Dos lecturas memorables y enfrentadas de esas composiciones, se pronuncian sin faltar a la verdad. Una es la de Germán García, que en el prólogo a la primera edición de El Fiord dice: “¿Cómo se puede escribir tan mal?”. La otra, es la de César Aira, que en el suyo a la edición de Novelas y cuentos de Ediciones del Serbal, de 1988, le contesta: “¿Cómo se puede escribir tan bien?”.     

Pero no hemos entrado aquí a venerar al ídolo, sino a husmear en la palabra “garchar”, seguramente extraída de una jerga en la que se intuyen resonancias políticas y poder juvenil. En 1969, Lamborghini tenía menos de 30 años, y el hecho de que no haya hablado de “fiestonga de matar” (o de hacerse matar), aun cuando El Fiord es lo más parecido a una carnicería que pueda encontrarse en la literatura, recuerda un comentario de Ricardo Piglia sobre los grupos armados que empezaron a formarse a fines de los años ’60 del siglo pasado. 

Piglia dijo que Germán García (el mundo es un pañuelo) había imaginado las noticias del futuro unos años antes del 24 de marzo de 1976: “Los van a matar a todos. Lo que hay que hacer acá es coger”. Una premonición en la línea de las preferencias de Lamborghini, que da por sabido que la fiestonga es de garchar y no de otra cosa (“se entiende”).

Garchar para no morir fue la consigna oculta de buena parte de la juventud argentina de los años ’70. Sexo y muerte juntos, solo en el Marqués de Sade, Gilles de Rais o la condesa Báthory. Por afuera de esa plenitud, siempre hubo que optar, y los jóvenes argentinos lo hicieron dejando sus estelas en distintos mares.      

La implantación de la palabra-bomba “garchar” por Victoria Tolosa Paz en la campaña electoral fue, como vimos, un deslizamiento. No hay nada que produzca más accidentes que hablar. De pronto, se le dio la importancia que se le adeudaba a uno de los verbos más utilizados del idioma de los argentinos, y a uno de los actos más realizados por la población (aunque bastante menos que trabajar), y se recordó su existencia antigua y su origen salvaje en medio de una discusión de ideas.

Una vez exhumado el término, la candidata del Frente de Todos lo asoció inmediatamente a la antimateria del martirio militante. Lo instaló en el campo del derecho popular, la inmediatez y el universalismo, variantes del carpe diem que mantiene viva la llama peronista. Un territorio que es también el de El Fiord, el cuento argentino en el que garchan (y se matan) todos.

Pronunciar una palabra, una sola, que derive en un escándalo sería un chiste victoriano si no fuese por la importancia argentina de quienes lo protagonizan en el siglo XXI mientras postulan sociedades infalibles. Y allí está, allí va la palabra “garchar”, adictiva, transversal y polimorfa, cruzando los campos del cielo y cayendo a la esfera pública donde se da comienzo a la cacería del zorro semántico. 

Facundo Manes, pastor TED importado de la Generación del ’80 del siglo XIX y sostén de la Ilustración en la era de la Coscu Army, dijo que el comentario acerca de garchar “atrasa”. Con el respeto que merece su investidura neuronal, digámosle que garchar no parece ser un acto que atrase o adelante. No es un reloj a pilas. Tampoco es un hecho clásico, ni moderno ni propiedad de las vanguardias del futuro. Simplemente es una fuerza bestial que lo sostiene todo (empezando por la civilización), que está allí desde hace millones de años y allí seguirá, manifestándose como lo que es: una actualidad continua en la que se teje, garchando, la supervivencia de las hormigas, los peces espada, los talibanes y los científicos adelantados. 

Con la misma seriedad (no menos que la de Sergio Berni, otro al que el verbo le hizo un daño moral irreparable), María Eugenia Vidal contrarrestó la palabra “garchar” con su pesadilla: “trabajo”. La acompañó una indignación generalizada y llamativamente errática, que dejó flotando en el aire una pregunta ofensiva: ¿esta gente no garcha? Tan extendida es la actividad del verbo garchar, tan ordinaria y agotadora su mención en las calles, las casas, los bares y los trenes que el recelo que produce nos hace pensar en la renuncia de sus detractores al contacto con la palabra maldita y sus aplicaciones (lo que seguramente no ocurre puertas adentro de sus monasterios).        

La frase completa de Tolosa Paz, de la que se centrifugó la palabra “garchar” para molerla a palos, retoma cierto léxico de Perón y de Eva Duarte asociado a la escala humana, la inmediatez, el melodrama político y una mística de la emoción. Pero no me interesa citarla sino a través de los componentes que las sostienen por dentro: “posible” “felicidad”, “pueblo”, “patria” “garchar”, “vida”, “baile”, “disfrute”, “goce”, “humanos”, “divertirnos”.

La ducha fría de seriedad que se desató sobre ese cóctel de términos sensibles, un poco borders, con un punto de apoyo en la política (epítome del mediano plazo) y otro, más firme, en la vida (la actualidad pura), no puede no verse como un gesto de intercepción policial de “lo peronista”, esa fuerza incontrolable que desea desesperadamente conectar con el hoy.

Si hay una presencia dinámica en las disputas que monopolizan el escenario de las riñas culturales, es la de los cazadores de felicidad. Son mareas que actúan en representación de sus deseos de conquistas modestas pero masivas, siempre cercadas por las fuerzas de la censura, más amargas que alcohol en gel. Por un lado, el sí; por el otro, el no. Por un lado, garchar; por el otro, el celibato indirecto del trabajo. Por un lado, el hoy; por el otro, el vení mañana.

La orgía de política y poesía que corre por El Fiord, texto interminable del as de la violencia y la belleza, parece concluir por cansancio. Pero se trata de una falsa alarma. Al borde del desmayo, cuando no de la muerte, los personajes de Lamborghini llegan vivos como pueden a la última línea del cuento y, con el último aliento, como si el final fuese un principio, salen “en manifestación”.    

JJB

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