CINE

“Hangar rojo”: el día del golpe a Salvador Allende desde la tensa perspectiva de un militar sujeto a la obediencia debida

Entre las dictaduras que asolaron el Cono Sur en la segunda mitad del siglo XX, la que encabezó largamente (1973-1990) el general Augusto Pinochet con sus más de 3 mil muertos y desaparecidos –víctimas de secuestro, tortura y asesinato–, una vez más se planteó el dilema de la obediencia debida. Que, como se sabe, es exigida por la organización jerárquica de las Fuerzas Armadas. Un rasgo típico de muchas instituciones masculinas, incluso de algunas religiones como la Iglesia Católica oficial o ciertos partidos políticos que se dicen democráticos.

Lugares todos en donde a las mujeres se las ha excluido durante vastísimo tiempo. Y a regañadientes, desde mediados del XX, se les ha ido cediendo un espacio que no termina de romper muchos techos de cristal. Sin ir más lejos, en estos días, no hay más que mirar la foto de un viaje presidencial o de una reunión política para encontrar apenas alguna que otra mujer (incluso con traje de inspiración militar y lejos de toda sospecha de feminismo). Lo propio puede decirse de las imágenes de ceremonias o celebraciones católicas en las que, desde el Papa hasta el más modesto curita, todos son varones: ellas excluidas del clero desde que la Iglesia se estableció y adoptó una misoginia por completo extraña a las enseñanzas igualitarias de Jesucristo. Y solo a partir de los ’90 –siempre y cuando el correspondiente obispo lo apruebe– las mujeres, que son la gran mayoría de la grey, desde la niñez pueden ser monaguillas.

Subordinación o coraje

Uno de los grandes logros de Hangar rojo, el film chileno dirigido por Juan Pablo Sallato sobre un guion de Luis Emilio Guzmán –argentino aquerenciado en Chile–, es mostrar desde adentro, con una economía esencial, el funcionamiento de esta masculinidad que a través de tantos siglos y en las más diversas latitudes, se consagró como modelo de virilidad, coraje, honor, lealtad y otras virtudes vinculadas -en los papeles- al militarismo. En Hangar rojo, el realizador se vale mayormente de una locación –hallada en la provincia de Mendoza– que representa la Escuela de Aviación que estuvo a cargo en los ’70 del personaje principal, el capitán Jorge Silva. A quien se suman contados papeles masculinos de diverso grado que dan cuenta del trato verticalista, rígidamente jerarquizado entre uniformados. Tangencialmente, brevemente -aunque con peso afectivo en el relato- aparece Rosa, profesora de Historia, la amada esposa de Jorge Silva, cuya altruista conducta como compañera y sostén de su marido se mantuvo hasta el final de sus días, durante el exilio en Londres.

Porque Jorge Silva debió decidir entre la subordinación a órdenes superiores y el dictado de su conciencia moral. No es espoileo decirlo ya que su historia es muy conocida en su país, donde además se publicó el libro Disparen a la bandada, de Fernando Villagrán, uno de los partidarios de Allende detenido el día mismo del artero golpe. Y a quien el capitán de aviación, eximio paracaidista, le salvó la vida arriesgando la suya propia.

Por otra parte, la casi insoportable tensión que se genera en la cinta no depende tanto de la resolución que tome Silva, como de la violencia solapada, creciente entre el hombre que desbarató anteriormente un atentado contra el presidente democráticamente elegido, y el infame coronel que lo estaba gestionando. Asimismo, aportan al suspenso de thriller los fugaces encuentros de Silva con su mujer; el trato con toques de gentileza que dedica al cadete Hernández que lo admira; el interrogatorio comprensivo que desarrolla con uno de los detenidos la misma noche del golpe, trémulo de miedo.

Sin embargo, es la propia figura del capitán que centraliza el relato. Filmado de espaldas, de frente, de perfil, la cámara cercana, las luces esculpiendo sus huesos y esa expresión impasible, la mirada como vaciada, sugiriendo que la tremenda procesión va por dentro. No hay modo de no respirar con él, de no percibir la angustia que lo atenaza. La actuación de Nicolás Zárate es sencillamente despampanante: despliega un campo magnético en torno de él que, sustentado por las luces, la neta exactitud de la dirección para apelar a recursos cinematográficos exaltados por el deslumbrante blanco y negro, hacen que la presencia de este actor resulte físicamente palpable, mentalmente legible. Una verdadera creación artística lo suyo.

La gloria militar que entra por canciones patrias

No, no hay marchas militares patrióticas ni ninguno de esos himnos belicistas que tanto detestaba, entre otros músicos de renombre, el descollante compositor y director de orquesta Pierre Boulez (1926-2016). Siempre provocador, observaba la pobreza musical y un estilo populista que relacionaba con el fascismo en esto de tender a inflamar los corazones y alentar a la guerra.

Tocando este tema, que no parece traído de los pelos si pensamos que las canciones que se cantan desde el colegio colaboran a formar mentalidad, merece remarcar que nuestro himno apela a Marte, dios de la guerra, y en su letra completa alaba los “fuertes pechos” (varoniles, obvio) con los que que sabrán oponerse a los tigres sedientos de sangre, los valientes argentinos irán “Las armas, ardiendo de brío y valor”. Y ¿quién de nosotros/as no ha cantado más de una vez con enardecido fervor “Oh, juremos con gloria morir” (bis)?

En 2028, en Alemania, la entonces secretaria de la Condición Femenina propuso cambiar en el himno local la expresión vaterland (padre patria) por heimatland (país natal, en el hogar). Iniciativa que indignó a la extrema derecha de Alternativa por Alemania, que puso el grito en el cielo, queriendo “salvaguardar nuestra patria mediante canciones que forman parte de nuestra cultura”.

Sin abundar en otros himnos parejamente beligerantes, vayamos a un clásico de clásicos, la Marsellesa francesa que arenga “A las armas, ciudadanos” y aboga por la pureza de la sangre. En las canciones patrias de Latinoamérica, Dios es una presencia casi constante, así como e parecida la manera de verbalizar la consigna “Patria o muerte”. Y en el propio himno de Chile, en una parte que no se acostumbra cantar, se menciona a los valientes soldados que “nuestros padres llevan grabados, nuestros hijos también”, sean ellos el grito de muerte, listos para lidiar y hacer temblar al tirano... Al menos, en esta canción patria, se rescata a un pueblo originario, “el altivo araucano” que con su sangre dejó un legado de valor.

Rompiendo un pacto de silencio

Coincidentemente con el estreno en salas esta semana de Hangar rojo, se están ofreciendo funciones especiales, en espacios del INCAA, del documental argentino Desobediente, de Federico Coringrato y Martín Vergara. Film que sigue la historia de Analía Kalinec quien, de joven adulta, descubrió que su padre había perpetrado crímenes de lesa humanidad. Ella, valerosamente, decidió enfrentar esa terrible verdad dando la cara públicamente, brindando testimonio en entrevistas, escribiendo un libro autobiográfico (Llevaré su nombre, Marea, 2021), fundando y formando parte del colectivo Historias desobedientes. Y desde luego, tratando vanamente de lograr que su padre hablara, proporcionara datos, se arrepintiera de sus acciones.

Eduardo Emilio Kalinec, excomisario de la Policía Federal, condenado en 2010, había sido un papá cariñoso con sus cuatro hijas, particularmente con Analía. Y simultáneamente, había torturado en tres centros clandestinos durante la última dictadura. Este documental, además de la presencia narrativa y expositiva de Analía Kalinec, presenta a otras personas descendientes de culpables de haber colaborado con acciones de desaparición, represión y muerte: Hijos e Hijas de Genocidas Por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Entre las exposiciones, se destacan la del juez Rafecas y la de Taty Almeida, muy conocida Madre de Plaza de Mayo; este documental se sale de las fronteras argentinas para entrevistar a la nieta de un policía franquista y a la hija de un jerarca nazi, que se acoplan al discurso de Historias Desobedientes. Además de las fotos de infancia de Analía Kalinec junto a su padre (una de las cuales figura en la tapa de Llevaré su nombre), el film de Coringrato y Vergara ofrece escenas de marchas de rechazo a la dictadura, donde los/as “desobedientes” se manifiestan con pancartas donde asumen su genealogía, renegando de toda violación a los Derechos Humanos.

Salas donde se exhibe Hangar rojo: Cinépolis Recoleta, Cinépolis Houssay, Atlas Patio Bullrich, Lorca, Gaumont, Multiplex Belgrano, Showcase Norcenter, Showcase Belgrano.