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Historia de la Alameda

La Alameda de Parque Avellaneda.

Gustavo Vera

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Hace ya 23 años estalló en la Argentina un caos social sin precedentes, provocado por la implosión del modelo económico configurado por la convertibilidad. Con él llegó el tristemente célebre “corralito”, que confiscó los ahorros de las clases medias, paralizó la economía y sumió en la desesperación a millones. La respuesta fue inmediata: cacerolazos, saqueos y una oleada de bronca popular que el gobierno intentó sofocar declarando el estado de sitio. La represión estatal solo agravó la situación, provocando enfrentamientos callejeros, asesinatos a plena luz del día y la súbita renuncia —y huida en helicóptero— del presidente Fernando De la Rúa.

En apenas una semana, el país vio pasar cinco presidentes, hasta que emergió el gobierno transitorio de Eduardo Duhalde. Pero lo verdaderamente profundo se gestaba en las calles: una ciudadanía movilizada, autoconvocada, que ya no esperaba salvadores. Al calor de esa crisis surgieron cientos de asambleas vecinales, movimientos piqueteros y fábricas recuperadas. Eran formas nuevas —y a la vez muy antiguas— de la organización popular, que brotaban con fuerza en cada rincón del país. El grito era uno solo: “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!” y “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Mientras en el norte de la ciudad de Buenos Aires las asambleas reclamaban por sus ahorros, en el sur el hambre y la desocupación dictaban las prioridades. Pero todas compartían una certeza: el enemigo era una clase política y judicial completamente desprestigiada, alejada del pueblo y de la realidad.

El libro sobre la historia de La Alameda.

Durante meses, ese impulso se articuló en espacios de coordinación como la Interbarrial de Parque Centenario, donde convergían representantes de distintas asambleas de la Ciudad y del conurbano bonaerense. Fue en ese contexto que, en la intersección de Lacarra y Directorio, en el sudoeste de la ciudad, bajo la sombra de un ombú centenario, un centenar de vecinos y vecinas conformó la Asamblea Popular “20 de Diciembre” de Parque Avellaneda, una más entre las más de cuatrocientas que florecieron en aquellos días.

Justo enfrente, un viejo bar abandonado llamado “La Alameda” —cerrado tras disputas entre socios y luego malvendido mediante una operación fraudulenta— se convirtió en símbolo de lo que se pierde cuando el abandono y la corrupción se imponen. Medio año después del estallido, la asamblea decidió conformar allí un centro comunitario. No como un gesto simbólico, sino como una respuesta concreta a la crisis: lo transformaron en una comunidad solidaria, abierta al barrio, al trabajo digno y a la organización.

Ese espacio no fue fácil de sostener: debió ganarse el derecho a existir mediante dos expropiaciones votadas en la Legislatura porteña. En el segundo semestre de 2002 se gestó el primer comedor popular del barrio, que aún hoy alimenta a más de doscientas personas, y allí mismo nació la cooperativa de trabajo “20 de Diciembre”, integrada por costureros que escapaban de talleres clandestinos. Se creó también la Fundación Alameda, que desde entonces se volvió referencia nacional e internacional en la lucha contra el trabajo esclavo y la trata de personas.

En ese mismo lugar se documentaron más de 4.500 migrantes a través del programa “Patria Grande”, en coordinación con la Dirección Nacional de Migraciones, y se inició una larga cadena de denuncias que alcanzó a más de 120 marcas de ropa, 4.000 talleres textiles clandestinos, 1.500 prostíbulos y decenas de fincas con trabajo infantil.

Pero a la vez que se denunció, también se propusieron proyectos de políticas públicas para la reparación de las víctimas y la reinserción social, hasta ser una de las organizaciones más reconocidas en defensa de las personas explotadas víctimas de trata y reducción a la servidumbre.

Fue una de las principales impulsoras del Polo Textil de Barracas, de la red internacional “No Chains”, de la Multisectorial 21F —una red de más de 2.000 organizaciones sindicales, sociales y políticas— y semillero de quienes lideraron, entre 2020 y 2024, el Comité Ejecutivo de Lucha contra la Trata, desde donde la Argentina obtuvo el más alto reconocimiento internacional en esa materia.

Uno de los gestos más profundamente humanos que marcaron la historia de este espacio fue el vínculo estrecho que se construyó con el entonces arzobispo Jorge Bergoglio —quien luego sería el Papa Francisco—. En La Alameda, Bergoglio bautizó hijos de costureros sobrevivientes de la esclavitud textil. No era una visita protocolar, sino el reconocimiento espiritual de que allí, sin templos, había una iglesia viva, encarnada en el dolor y la esperanza de los últimos.

A lo largo de los años, La Alameda fue protagonista e impulsó leyes pioneras: la de Comunas en la Ciudad, la reforma de la Ley Nacional contra la Trata (Ley 26842), la clausura de whiskerías y cabarets en CABA donde funcionaban prostíbulos encubiertos, el Día del Recolector de Residuos y políticas públicas como el programa Reparar, viviendas para víctimas, empleo digno y campañas de prevención.

También llevó adelante denuncias que destaparon redes ocultas en las más altas esferas del poder: el taller clandestino que vestía a la princesa Máxima Zorreguieta; los prostíbulos que funcionaban en propiedades del juez de la Corte Suprema Zaffaroni; la red internacional del ex-SIDE Raúl Martins —con vínculos con el jefe de Gobierno de CABA, Mauricio Macri—; los talleres de Juliana y Daniel Awada; los prostíbulos de “Las Casitas” en Río Gallegos; narcoprostíbulos en Recoleta y Mar del Plata; fincas con trabajo infantil en Mendoza. La Alameda fue el ojo que no parpadeó frente al crimen organizado y al poder político.

Ese coraje tuvo un precio: decenas de atentados contra su sede, intentos de desalojo, amenazas, tentativas de linchamientos frustrados y campañas de difamación. Pero también generó algo más poderoso: la confianza de un pueblo que se organiza. Porque la verdad, aunque demore, siempre termina por imponerse.

Hoy, La Alameda está presente en más de veinte provincias. Es reconocida en el país y en el exterior por su compromiso inclaudicable contra la esclavitud sexual y laboral, y por haber mantenido siempre un horizonte claro: una patria sin esclavos ni excluidos.

Esta es la historia de una humilde asamblea barrial, nacida al calor de la crisis, con una olla popular como bandera, bajo un ombú como testigo. Una historia de coraje, coherencia y militancia, que logró transformar leyes, políticas públicas y conciencias. Una historia que sigue latiendo.

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