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La muerte del baterista

Watts, el gran observador, desde el fondo del escenario, de la historia de los Stones

El baterista tenía 80 años.

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El grano de la voz, decía Roland Barthes. Tomaba un elemento de la fotografía y lo utilizaba para hablar del canto –y de los cantantes que le gustaban y los que no– pero su hallazgo bien vale, todavía, para hablar de aquello que está más allá de lo tangible. Para hablar, por ejemplo, de los Rolling Stones y de una de sus piezas esenciales, la batería de Charlie Watts.

El secreto de los Stones tal vez siempre hayan sido los propios Stones haciendo de sí mismos. Aprendieron eso casi en seguida, cuando todavía eran un grupo juvenil poniendo en juego su admiración por el rhythm & blues afronorteamericano y por sus secuelas blancas. Es posible que sin las malas interpretaciones y la técnica musical deficiente con que los jóvenes ingleses se pusieron a tocar y cantar lo que les llegaba en los discos que transportaban, de un continente a otro, los marineros de la posguerra, la revolución musical más importante de la segunda mitad del siglo XX jamás hubiera existido. Sin ese blues y ese rock’n roll imitado de manera afortunadamente imperfecta jamás hubiera habido eso que más tarde, para simplificar, acabó llamándose rock a secas.

Murió Charlie Watts, el menos notorio del grupo inicial. Pero si la manera de oscurecer las vocales –de sexualizarlas podría decirse– de Mick Jagger terminó configurando la manera de cantar el rock –y no solo eso: no hay cantante de jingles, en casi ninguna parte del mundo, que no lo evoque de alguna manera– y si la guitarra rítmica de Keith Richards es todavía hoy, más de medio siglo después del lanzamiento de su primer disco, la fuente inevitable del género, la manera de acentuar –y de mantener esa acentuación imperturbable– con la que Watts definió su estilo –tan diferente de la manera de los bateristas del blues y el rhythm & blues estadounidenses– es, ni más ni menos, la forma en que se debe tocar la batería en el rock.

Más allá de la infinidad de préstamos y contrabandos entre distintas tradiciones musicales, a lo largo de los últimos cien años, hay algo que sigue estableciendo una suerte de gran divisoria de aguas entre la herencia académica y la pléyade de diversificaciones de lo popular: el papel de la interpretación. No hay música sin ella, desde ya (salvo la electrónica) pero, aunque no sea del todo cierto a una canción de Schubert o una sinfonía de Prokofiev se la imagina completa. Terminada. Una canción popular, o un blues improvisado o cualquier sesión de jazz, en cambio, directamente no existe antes de que suceda en tiempo real (o en la escucha de su grabación). Y si hay un grupo que lo puso (o cuyos sobrevivientes seguirán intentando poner) en escena han sido los Stones. No había allí virtuosos (salvo Jagger, eventualmente) pero la totalidad era mucho más que la suma de las partes. Y el grado de unidad era notable. La voz de Jagger sólo era la voz de Jagger con la guitarra de Richards y la batería de Watts. Un instrumentista que, independientemente de su amor por el jazz, al que cada tanto volvía, supo encontrar un extracto estilístico, una destilación que le dio el toque exacto –y la fuerza y el empuje y, sobre todo, el espacio) a uno de los dos grupos que sacudió la escena de la música popular entre 1964 y 1969. Una prueba, en todo caso, de la simbiosis entre composición e interpretación es que, aun teniendo algunas canciones notables, a diferencia de las de los Beatles las de los Rolling Stones rara vez eran tocadas por otros.

Watts, de 80 años, había decidido no participar de la última gira del grupo. El dato no podía ser más preocupante. Desde los tempranos comienzos en los clubes ingleses de los ’60 nunca había estado ausente. Su contribución al grupo, por otra parte, no fue únicamente desde la batería. Había hecho valer su formación como diseñador gráfico en los diseños de escenario para las giras Steel Wheels/Urban Jungle (1989-90), Bridges to Babylon (1997-98), Licks (2002-03) y A Bigger Bang (2005-07). Nacido en Londres el 2 de junio de 1941, vivió con su familia en una casa prefabricada de Wembley y su primera batería fue el regalo navideño de 1955. Soñaba con tocar con Miles Davis, se había enloquecido con “Walking Shoes”, de Gerry Mulligan, con Chico Hamilton en batería pero eran los tiempos de Bill Haley y Elvis Presley. Como gran parte de los integrantes de la primera generación del rock inglés pasó por las escuelas de arte que había ideado el laborismo. Su primera obra fue un libro para niños sobre la vida del saxofonista Charlie Parker. En 1960 trabajaba como diseñador en una agencia londinense, Charlie Daniels Studios. En 1962 entró en la banda de Alexis Korner –uno de los grandes semilleros del pop y el jazz británicos de esa década– y allí conoció a Jagger, Richards y Brian Jones, que por ese entonces se hacía llamar Elmo Lewis. En enero de 1963 lo llamaron para formar parte de una nueva banda, junto con Bill Wyman en el bajo. Desde el fondo del escenario, algo alejado de los torbellinos, Watts observó la historia del grupo, desde la revolución inicial hasta el oficio de la calculada repetición y de la gestualidad gastada. Pero se trata, claro, del grano de la voz. De lo que escapa a las teorías.

 

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