El estigma que acompañó a Reutemann: "Verán que no salgo campeón"

Lole Reutemann, en su Williams FW07

En la decimoséptima vuelta de la última carrera de 1981, Carlos Reutemann decidió que no sería campeón de la Fórmula 1. Había llegado al circuito de Las Vegas en el primer puesto de las posiciones, un lugar de privilegio que había mantenido durante todo el año, pero ya con muy poca diferencia respecto del segundo, el brasileño Nelson Piquet. Apenas un punto los separaba: el que primero llegara de los dos, ganaría la temporada. Por una falla que desataría sospechas de sabotaje interno, el Williams FW07 de Reutemann salió a la pista con la caja de velocidades rota pero aun así largó por delante del Brabham del carioca. Con el paso de las vueltas, sin embargo, estaba claro que Piquet lo pasaría: el santafesino no podía hacer los cambios para la tercera y cuarta velocidad.

A Reutemann le quedaba la posibilidad de inducir a un choque, con un poco de malicia pero también de manejo fino, como Alain Prost y Ayrton Senna maquillarían en las últimas carreras de 1989 y 1990. Un toque los sacaría a los dos de la competencia y Lole sería el primer campeón argentino desde Juan Manuel Fangio, pero decidió que no lo haría de esa manera y dejó pasar limpiamente a Piquet, quien se quedó con el título por un punto de diferencia, 50 a 49. “Yo siempre corrí por deporte, me habría avergonzado ganar un título así”, diría años después.

En una Fórmula 1 salvaje, con autos desestabilizados, sin las protecciones actuales y repleta de accidentes trágicos, a Reutemann le quedó el estigma de segundón, de loser, un escarnio más propio de las redes sociales. Justo ese año, además, al comienzo de la temporada el santafesino había producido una de las grandes historias de rebeldía del deporte profesional. Su acto de insubordinación está detallado en el libro “Reutemann, rey sin corona de la F1”, de los periodistas Alejandro Di Giácomo y Bruno Passarelli (ediciones Al Arco, 2009): Frank Williams, el dueño del equipo que llevaba su nombre, priorizaba por contrato al otro piloto de la escudería, el australiano Alan Jones, campeón del mundo en 1980. Según una cláusula que entonces no se había hecho pública, pero que en los hechos parecía evidente, Reutemann no podía sobrepasarlo en caso de lucha entre ambos y debía dejarse pasar si su compañero de equipo estaba detrás suyo a menos de doce segundos.

El argentino había sido obediente en la segunda carrera de 1981, en Long Beach, California, cuando podía haber superado a Jones pero respetó el cartel de “mantener puestos” que le mostró su escudería. También había respetado las jerarquías en 1977, cuando estaba en Ferrari, al dejarse pasar por su compañero Niki Lauda, pero en la tercera prueba de 1981, en Jacarepaguá, Brasil, se sublevó. Ya con 39 años y la sensación de estar frente a su última posibilidad de ser campeón, Reutemann desobedeció el cartel “Jones-Reut”, la forma analógica que tenía su equipo de pedir posiciones cuando no había intercomunicadores. El argentino no se dejó pasar por el australiano y, además de ganar la carrera, también se ganó el odio de Frank Williams. El santafesino, en plan de guerra interna, se defendería con una argucia legal: su equipo no le había informado a cuántos segundos por detrás venía Jones, por lo que, al no saber si estaba a más de doce, no tenía forma de determinar si debía cumplir el contrato. Pero la sospecha de una posterior vendetta del inglés, aunque fuera en contra de su propio equipo (en definitiva la escudería campeona fue Brabham), quedaría servida en la mesa de las conspiraciones. El estilo parco de Reutemann, siempre para adentro como una tortuga, tampoco lo ayudaba a recomponer relaciones.

Formado en casi todas las categorías de automovilismo nacional, y convertido en un fenómeno deportivo en una época en que la dictadura (y sus medios afines, como "El Gráfico") aprovechaba cada triunfo argentino en el exterior, hubo un momento en que Reutemann parecía disparado al título. Hasta los superclásicos (y eso que jugaban Diego Maradona para Boca y Mario Kempes para River) cambiaban de hora o de día para que el país pudiera seguir las carreras. Llegó a sacar 17 puntos de ventaja en una Fórmula 1 en la que el ganador de cada carrera sumaba nueve. Sin embargo, ya insinuando más que diciendo (como su famosa posterior frase en la política, la de “vi algo que no me gustó”), en la intimidad repetía: “Verán que no salgo campeón”.

Un extraño cambio de Williams respecto a los proveedores de neumáticos, de las francesas Michelin a las estadounidenses Goodyear en mitad de temporada, marcó un antes y después. Como cuentan Di Giácomo y Passarelli, Reutemann pasó de ganar 37 puntos en las primeras siete carreras a sólo 12 en las siguientes ocho. La ventaja contra Piquet se fue achicando carrera a carrera y quedó reducida a un punto antes de Las Vegas. Reutemann, recuerdan los especialistas, también cometió errores no forzados: en Montecarlo rompió la caja de cambios y en Países Bajos chocó contra el Ligier de Jaques Laffite, el auto azul auspiciado por los cigarrillos Gitanes.

Aquella derrota para Reutemann en el Gran Premio Caesars Palace, un circuito sólo utilizado en 1981 y 1982 -plena fiebre del boxeo-, fue su golpe de nocaut. Empezó la temporada 1982 pero sólo aguantó dos carreras y anunció su despedida de la Fórmula 1 justo tres días antes de la recuperación en las islas Malvinas, a fines de marzo. Un argentino en una escudería inglesa habría sido inviable pero otros equipos intentaron contratarlo: Reutemann no quiso saber más. En nuestro país, después de la guerra, volvería la democracia. Y el santafesino empezaría su segunda carrera.

AB/WC

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