Un partido cargado de historias
Argentina juega su segundo partido del Mundial en una fecha y en un lugar cargado de simbolismos. El equipo de Scaloni enfrenta a Austria en Dallas, célebre no solo por ser la ciudad en la que asesinaron a JFK sino por ser el lugar en donde el 30 de junio de 1994 el planeta se enteró que a Diego Maradona le habían cortado las piernas. Pero tanto el omnisciente nombre del 10 como las significaciones temporales no terminan allí, porque hoy se cumplen, además, 40 años de su gol “inmoral” y de su gol inmortal, los dos que les marcó a los ingleses.
Hace unos días, la noticia falsa sobre la salud de Jorge Messi volvió a agitar el fantasma de la angustia y el melodrama alrededor de un equipo argentino durante un Mundial. Para agregar más morbo, el rumor circuló a horas de que el campeón viajara hacia Dallas, la calurosa urbe estadounidense que será sede del segundo partido de hoy y que fue testigo, aquella vez, del llanto desconsolado del genio de Fiorito.
El gol a los ingleses, por un lado, y el doping contra Nigeria por el otro son los extremos posibles de un recorrido que va desde la cúspide del mundo hasta el bajo fondo anímico de un país y de su jugador fetiche, un derrotero zigzagueante que finalizó con la escalofriante noticia del dóping, el fin abrupto del sueño.
De la gloria del Azteca al estupor y la tristeza de Dallas median ocho años que cambiaron para siempre la historia del fútbol vernáculo, años en los que Maradona miró a todos desde el Everest del fútbol, largas temporadas en los que el equipo nacional se movió y se adecuó a su pulso.
Pocos partidos están cargados de más mitología que el duelo jugado con Inglaterra por los cuartos de final en México. Cuarenta años después, el brillo de su narrativa, lejos de mitigarse, tiene la vigencia de las grandes obras de arte de museo. Tanto es así que hace unos pocos días se estrenó en las salas argentinas un documental que aborda exclusivamente ese match, basado en un notable libro escrito por el periodista Andrés Burgo. Es un duelo cuya épica ha trascendido el lugar convencional de cualquier enfrentamiento, incluso de uno histórico, para convertirse en un fresco contemporáneo de la argentinidad: lo genial y lo prohibido condensado en una tarde y ante un enemigo que cuatro años antes nos había ganado una guerra. Esa tarde Maradona ingresó en los pasillos de la inmortalidad. “Aquel Argentina-Inglaterra que él desencadenó -escribió Jorge Valdano, testigo mudo de esa jugada, en el diario El País-, ya mito excluyente de la historia del fútbol, crece un poco cada año. Como sabemos, para la base de aquella gesta hizo falta astucia y virtuosismo en proporciones superlativas”.
Ocho años pasaron entre ese slalom celestial y el partido con Nigeria en Boston, aquel en el que el 10 se retiró de la mano de una enfermera. En ocho años de la vida de Maradona entran todas las fuerzas de la naturaleza. En el medio hubo títulos, dopings, estallidos, el inexorable reconocimiento de su adicción y la certeza de que la vida sentimental de nuestra sociedad palpitaba con la cadencia enloquecida de sus vaivenes.
El camino hasta ese partido fatal también estuvo signado por la épica. Maradona ya era un personaje que vivía en los medios y su preparación tuvo los condimentos de un reality. El sacrificio del héroe fue televisado y su regreso fue literatura pura. Era la gran revancha del 10, el desquite después de años de sufrimiento. No pudo ser.
La mañana posterior a la noticia el silencio en la ciudad era aplastante. Buenos Aires, y el país, se hundieron en una amargura espesa. Eramos una gigantesca industria de dolor. ¿Qué sería del 10? ¿Cómo gestionaría una herida como esa, esta vez posiblemente definitiva? ¿Qué sería de nosotros sin su genio? Un largo invierno parecía avecinarse, tanto que pasarían varios años hasta que Argentina se sentase de nuevo en la gran conversación, gracias a la irrupción de Lionel Messi. Como sabemos, Qatar 2022 pagó con creces los mundiales de espera.
En vez de correr para abrazarlo, entré en el arco para sacar la pelota que Diego había metido. Por una sola razón. Aquella jugada fue una obra tan individual, tan suya, que, medio enojado, me dije: «Gritalo solo». Ese fue, para mí, el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota
¿Homenajeará Messi hoy al Maradona del Azteca a 40 años de pintada esa capilla sixtina del fútbol que fue su segundo gol? A esta altura, cualquier cosa es posible con el rosarino pero, al mismo tiempo, exigirle algo, por mínimo que sea, parece un despropósito. Messi, al igual que Diego, haga lo que haga ya tiene asegurado un lugar en el salón más destacado del Olimpo. Su cara es tatuaje en decenas de miles de hombros, espaldas y piernas, tantos como los que llevan a Maradona en su piel. Ese cariño ya es incombustible.
En cualquier caso, de Messi nos queda disfrutar del brillo crepuscular de su aura y de Diego recordar el ardor de sus mejores años, la memoria de aquella tarde. Como lo cuenta el mismo Valdano: “En vez de correr para abrazarlo, entré en el arco para sacar la pelota que Diego había metido. Por una sola razón. Aquella jugada fue una obra tan individual, tan suya, que, medio enojado, me dije: «Gritalo solo». Ese fue, para mí, el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota”.
PP/MG
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