Opinión Panorama económico

Ahora sí que nadie ve más dólares

Alejandro Rebossio Panorama económico rojo

En el mismo año de 1948 en que Juan Domingo Perón pronunció ante unos obreros la inmortalizada frase de “¿quién ha visto un dólar”, mi padre, Adalberto David Rebossio, una eminencia de la odontología, viajaba por primera vez a Estados Unidos y en una bitácora de su periplo de capacitación explicaba que los billetes de dólares eran bien distintos a los nuestros, más chicos y sólo de un color, verde. Con el correr de las décadas ni dentistas ni operarios dejaron de saber cómo era un dólar. Pero ahora el gobierno de Alberto Fernández se pregunta cómo conseguir uno. Mientras caen las reservas del Banco Central, el Presidente y Cristina Fernández de Kirchner dirimen si tensar la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) hasta el límite del vencimiento de la deuda el 22 de marzo para ceder lo menos posible en el programa económico o aflojar ahora para frenar la reciente disparada de los dólares paralelos y su consiguiente impacto en la inflación. En lo que están de acuerdo es en que la Argentina necesita dólares y para ello no claudicarán ante las crecientes movilizaciones ambientalistas.

Presionado por la caída de reservas, el Gobierno define si apura el acuerdo con el FMI

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En el ala política del Frente de Todos consideran que más que el vendaval actual, con reservas por sólo US$ 39.000 millones, el dólar blue a $ 219 y el contado con liquidación (CCL) a $223,86, lo que les preocupa es que el Banco Central siga perdiendo activos de acá a marzo. “Siempre es mejor cerrar antes: el tema es qué cerrar, no cerrar algo que hunda la economía”, advierte un ministro. En el ala económica concuerdan, pero consideran que el acuerdo debería anunciarse cuanto antes por la presión financiera, cambiaria e inflacionaria, esta última semana de enero o a principios de febrero, y evalúan que si el plan consiste en estirar la negociación hasta último momento, tendrían que empezar a adoptar medidas drásticas como bloquear la operatoria del CCL. A este mercado recurren los importadores que no pueden hacerse de dólares en la plaza oficial y por eso que es termina influyendo directamente en la inflación, no sólo en las expectativas, como ocurre con el blue. Además, la sequía y el estancamiento de Brasil agravarán este año la carestía de reservas.

-Esto tuvo una entrada política y necesita de una salida política -le pidió el canciller Santiago Cafiero a su par norteamericano, Anthony Blinken, el pasado martes en Washington, mientras en El Calafate la vicepresidenta cargaba otra vez por Twitter contra el préstamo récord que el FMI, bajo la presión de Donald Trump, le otorgó en 2018 a Mauricio Macri para que este pagara los bonos que él mismo había emitido en sus primeros dos años y medio de gobierno-. Nosotros no venimos a pedir arbitrariamente que nos ayuden. No queremos ni la indiferencia ni la negación. Necesitamos que la política dé una instrucción al Tesoro -completó Cafiero su ruego para que el secretario de Estado, más inquieto por la tensión bélica con Rusia por Ucrania que por la enésima crisis de la Argentina, convenza a Joe Biden de que ordene a su vez a la jefa del Tesoro, Janet Yellen, y a su asesor David Lipton que desistan de la presión para que en esta oportunidad el Fondo se guíe por criterios técnicos.

Es que la propia autocrítica del FMI, que Fernández reclamó, llevó a que potencias que dominan el directorio del organismo -como Estados Unidos, Japón o Alemania- concluyeran que el error de 2018 fue guiarse por razones geopolíticas. Aquella vez, el republicano Trump quería apoyar a Macri como líder regional alineado con Estados Unidos. Ahora, el gobierno demócrata sopesa los coqueteos de Fernández con sus pares de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping, a los que visitará en dos semanas. Eso sí, ni Moscú cuenta con fondos para auxiliar a la Argentina en caso de que esta incumpla su deuda con el FMI ni China aspira a reemplazar al Fondo como prestamista de última instancia sino que busca aumentar su peso en ese organismo internacional, según admiten en el Ejecutivo criollo. Aquí mismo justifican esos viajes a Pekín y Beijing como estrategia de presión a Washington pero también como búsqueda desesperada de inversiones y exportaciones, léase, dólares.

-Apoyamos fuertemente sus negociaciones con el FMI, queremos una resolución positiva -le respondió Blinken a Cafiero.

El canciller le mostró los números de que la economía argentina se había recuperado en 2021 de la fuerte caída de 2020, más rápido de lo esperado. Lo que el Nobel Joseph Stiglitz, padrino de Martín Guzmán, llamó “milagro” y que tanto irritó a Federico Sturzenegger, protagonista de las crisis de 2001 y 2018.

-Estoy asombrado con esos índices de crecimiento, ese es el camino -contestó le Blinken a Cafiero. El secretario de Estado abogó por una “economía argentina vigorosa”, pero también insistió en reclamar un “marco de política económica sólido”. De ambas cuestiones deberán debatir en las próximas semanas el ministro de Economía y el staff del FMI. Nadie en el Gobierno se imagina a Guzmán rompiendo con el Fondo: lo ven con aspiraciones a desplegar a futuro una carrera internacional. En tal caso, si surge un plan B, C o D al FMI, también emergerá otro jefe del Palacio de Hacienda, pronostican funcionarios que lo estiman frente al azote de quienes le reprochan la supuesta inutilidad de las buenas migas que cultivó con el Fondo en estos dos años de gestión.

“Me gusta llevar el juego hasta el final, pero te vas quedando sin reservas y se te dispara la brecha”, razona un secretario de Estado del gobierno argentino. “Es una cagada pactar, pero pactá porque no te va a quedar crédito ni para exportar. Todo el mundo sabe que en diez años no podés devolver los 44.000 millones de dólares que tomó Macri, pero pactá y vamos viendo”, agrega el funcionario. Por un lado, en el Frente de Todos no quieren repetir la receta del ajuste que hundió la economía en 2018 y 2019 y que también sepultó la ambición reeleccionista de Cambiemos. Por otro, las mayorías en la coalición oficialista -salvo los que sueñan con denunciar al FMI y pedir rescate a China y Rusia- admiten que un impago al organismo complicaría desde los créditos multilaterales hasta las importaciones. Sin 2022 no habrá 2023 para nadie del FdT y hasta temen que un Javier Milei pueda colarse en un balotaje y ganar.

En el staff del Fondo entienden que la sociedad argentina se encuentra en una situación delicada, con un 40% de pobreza y una clase media agotada. Pero quieren evitar otro fracaso como el plan que sellaron con Macri en 2018. Tampoco el nuevo director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, el brasileño Ilan Goldfajn, quiere estrenarse con un derrape. Admiten que la política y la sociedad argentina rechazan reformas estructurales como la flexibilización laboral, pero insisten en pedir que la Argentina les presente un programa con supuestos conservadores pero “realistas”, con objetivos medibles cada tres meses. Temen que ni un ajuste duro como el de 2018 ni uno suave, como el que plantea Guzmán, funcionen. En el Tesoro norteamericano ven al país como un defaulteador serial que deberá renegociar el eventual acuerdo con el FMI en el próximo gobierno.

Por lo pronto, la reunión de Blinken sirvió, a los ojos norteamericanos, para que la Argentina apuntara contra Nicaragua en la Organización de Estados Americanos (OEA) por acoger al vicepresidente iraní, Mohsen Rezaí, acusado por el atentado que mató en 1994 a 85 personas en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). A Estados Unidos, como a Alemania, Francia y Suecia, también les preocupa el rol que tendrá la Argentina en la presidencia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU: temen que acepte la postura de China de dar prioridad a los derechos económicos, sociales y culturales, en detrimento de las libertades civiles y políticas. A su vez, hay sectores empresariales que buscan convencer al Departamento de Estado de volver a promover el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) para que Latinoamérica reemplace a China como proveedora de bienes industriales a Estados Unidos, dada las dificultades de producción que produjo el coronavirus en el gigante asiático y a la guerra comercial entre ambas superpotencias. En el gobierno argentino ven una oportunidad en esta relocalización de las fábricas, pero también advierten de que la región también necesita financiamiento a la inversión y que por ahora sólo llega de China y, en menor medida, de la Unión Europea y Rusia, pero no del norte de las Américas.

El ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, celebra que algunos industriales le comenten que ven oportunidades de producir acá lo que antes traían de China, desde plásticos y otros insumos hasta electrónicos, pero está preocupado por discutir la agenda ambiental de los hidrocarburos y la minería porque los considera importantes para la generación de divisas y el desarrollo de proveedores locales. Está coordinando con el sector privado campañas para rebatir los argumentos de organizaciones ecologistas a los que considera falaces. Teme por la judicialización de la exploración de petróleo y gas a 300 kilómetros de la costa de Mar del Plata y sueña con revivir el proyecto minero chubutense Navidad, que depende de un referendum sin fecha. Alega que cuando hubo derrames en minas en San Juan o en oleductos de Río Negro, se remediaron y advierte que los ambientalistas no proponen un proyecto productivo alternativo. Impulsa resucitar los proyectos de energía solar y eólica, que se derrumbaron con la crisis de 2018 pero ahora con financiamiento y equipamiento locales; y el hidrógeno verde, que recién producirá en 2030, mientras que el petróleo, según sus cálculos, aún se podrá vender en el mundo en los próximos 20 o 30 años, antes de que se lo prohíba por su impacto en la crisis climática. También alienta la minería de litio, insumo de las baterías de los autos eléctricos, pero cuya extracción también levanta resistencias menos ruidosas que en Mar del Plata y Chubut en sociedades más empobrecidas como las de los salares de Jujuy. Por último, Kulfas promueve una ley de electromovilidad para que la Argentina fabrique esos coches.

En el establishment ven posibilidades de inversiones en determinados sectores como la industria automotriz, la minería o la economía del conocimiento, aunque menores a las potenciales, dadas las restricciones a los giros de dividendos, a las importaciones o a los aumentos de precios. Abogan por un acuerdo con el FMI para evitar mayores complicaciones, pero no pronostican que vaya a cambiar su desconfianza hacia el FdT. Una de las voces más visibles del empresariado en los últimos tiempos ha sido nada menos que la Cámara de Comercio de Estados Unidos (Amcham, según sus siglas en inglés) en la Argentina, con comunicados de prensa contra el congelamiento de precios, la ley de etiquetado frontal o el proyecto de reciclado de envases, o a favor de la exploración petrolera offshore. Bajo la dirección de Alejandro Díaz, la Amcham está presidida por Roberto Alexander (IBM), secundado por Facundo Gómez Minujin (JP Morgan) y Sergio Kaufman (Accenture), mientras el comité ejecutivo se completa con los máximos ejecutivos locales de Visa, Orazul Energy, Exxon Mobil, AES, Schneider Electric, Procter & Gamble (P&G), Danisco, Manpower, Excelerate Energy, Bristol-Myers Squibb, Hewlett Packard, Mercer, Brons & Salas, American Express, Pfizer, Prudential Seguros y Amazon Web Services. Gigantes que quieren hacerse oír en el sur del “patio delantero”, como llamó Biden a Latinoamérica este miércoles. Mientras, otras roscas empresariales se cocinan en Punta del Este, donde veranea Marcos Galperin, dueño de Mercado Libre y ex fiscal de mesa de Juntos por el Cambio en 2019, y Cumelén, el country de Villa La Angostura, donde vacaciona Macri.

AR

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