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Ropa usada, productos abiertos y alimentos al menudeo: una feria que muestra el deterioro social y crece en los márgenes de Retiro

Feria de productos usados en Retiro

Un hombre camina rápido con una valija en cada mano. Dos rectángulos rígidos, sin ruedas; equipaje de otra época. Podría ser la caminata urgida previa a un viaje, porque ésta es la vereda de la terminal de ómnibus de Retiro, pero no. El hombre se detiene. “Las dos valijas por $150”, le ofrece a Nancy, que está arrodillada sobre uno de los vértices de su manta, acomodando la mercadería en la planicie de baldosas cuadriculadas. Nancy dice que no y el hombre sigue su camino y ella con su tarea. Saca muñequitos, monedas, cubiertos, relojes, bijouterie; objetos que podrían ser considerados “antigüedades” y que distribuye en el piso, en un orden memorizado por la repetición. 

Nancy y el hombre de las valijas son dos de las personas que esta tarde de viernes componen el cuadro de la feria improvisada frente a la terminal de Retiro, sobre la avenida Ramos Mejía. “Esta es la feria más nueva”, explica Elizabeth, que tiene su manta con ropa usada un poco más allá, justo frente a una de las entradas de la terminal. “La feria de la calle del Coto debe tener 10 años y la más vieja, en la que está ahora el Gobierno de la Ciudad, debe tener 20 por lo menos”, detalla la mujer, los ojos con un delineado grueso debajo de la visera. Esta es la más nueva, insiste: “Explotó con la pandemia”. 

Lo que podría llamarse “la feria de Retiro” es, en realidad, el continuo de cuatro segmentos de feria que van desde la avenida Libertador hasta adentro de la Villa 31 (o, como aparece en los mapas, el Barrio Mugica) y que se pueden sectorizar a ojo por su estructura, su mercadería e incluso por su nivel de apertura a la comunidad. Hay, por ejemplo, un primer tramo que va desde Libertador hasta el inicio de la terminal de ómnibus por el que circulan diariamente habitantes de toda la ciudad y reluce de mercadería china a estrenar y otros tramos más acotados a la gente del barrio donde los puestos ofrecen para la venta —o el trueque— hasta tubos de dentífrico a medio usar. 

—¿Qué es lo que más se vende acá?—le pregunta elDiarioAR a Elizabeth.

—Ropa usada; esta es una feria de todo usado. Puede haber algo nuevo pero lo venden como si fuera viejo, porque acá buscan justamente eso: precios baratos. 

Además, dice, que acá todo se “malogra” con la tierra y el viento: “Si es algo nuevo, se vuelve viejo”.  

Elizabeth, que vive en la Villa 31 como la mayoría de los puesteros de la zona, cuenta que la ropa se la compra a la iglesia del Ejército de Salvación: $150 por el bolsón cerrado. “Solo te dicen la temporada, si es de invierno o verano. Pero es así, a ciegas. Te toca buena, te toca mala; tenés que arriesgar”.

Por esta vereda pasa personal de Gendarmería, que tiene su edificio central —el Centinela— a pocos metros y también los empleados y empleadas de los tribunales de Retiro. A veces algún hombre de traje se para a mirar algún zapato “que está más lindo”, pero no mucho. Otras veces, como ayer, las pocas ventas de fin de mes se combinan con la mala suerte y la policía los obliga a despejar la vereda.

Más atrás, en el tramo de la feria que está sobre la avenida Carlos H.Perette, entre la terminal de ómnibus y un gran supermercado Coto, Alexa almuerza un pancho en su puesto, ocupado en la mitad izquierda por productos nuevos (medias, un par de mochilas de niño, paquetes de flores secas) y la mitad por ropa usada y algunos objetos sueltos como una silla de auto para bebés. Ella dice que en esta feria, donde las cosas no están en el piso sino en mesas improvisadas con tablones, hay “usado, nuevo y seminuevo”. 

—Si viene alguien y me dice “te cambio por esto por esta otra cosa”, me fijo si me sirve y lo cambio. Algunos cambian ropa por mercadería, mercadería por ropa. Depende el vendedor. 

Alexa asegura que hace tres meses esta feria, que suele tener su pico los sábados y domingos, estaba tan concurrida que no se podía caminar por los pasillos. Ahora hay menos movimiento y el domingo pasado no vendió nada, “ni un peso”.

—¿Será porque la gente empezó a recuperar algunos trabajos, a tener más plata y comprar en otros lugares?

Alexa ahoga una carcajada. 

—No creo. 

Si bien algunos son íntegramente de ropa, la mayoría de los puestos no siguen una lógica clara. Hay teléfonos de línea, controles remotos, juguetes averiados, anteojos de sol. Hay herramientas usadas, un set de cuchillos nuevos, marañas de cargadores de celular y al menos dos puestos que ofrecen todo lo que se puede sacar de un baño público: rollos industriales de papel higiénico en distintas etapas de uso, tablas de los inodoros, secadores eléctricos de manos. Hay algunas tablets apagadas, una computadora portátil, luminarias de exteriores de decenas de modelos y tamaño. Hay productos de limpieza abiertos, shampoos por la mitad, pomos abollados de dentífrico Odol.

Desde acá, entre las media sombras que ofician de techo en algunos sectores, se alcanza a ver el vidrio espejado de las torres de Retiro que miran al río. Incluso, si se busca el ángulo preciso, el edificio Kavanagh, el hotel Sheraton: lugares donde todo lo que en esta feria tiene un valor no puede ser más que descarte, cosas que podrían terminar en la basura. O salir de ella. 

Algunos puestos tienen también alimentos básicos, siempre en poca cantidad y de las mismas marcas —leche en polvo Purísima a $150 el kilo, yerba mate Yerutí o Chamigo, tres paquetes de fideos mezclados por $100— lo que da cuerpo a algo que un estudio reciente de Cepal e Idaes-Unsam pone por escrito: durante la pandemia “en sectores de bajos ingresos creció el trueque y la venta de bolsones de mercadería como estrategias de obtención de ingresos para evitar las deudas”. 

El último tramo de la feria está dentro de la villa: es la “Feria Latina” que fue regularizada por el Gobierno de la Ciudad en 2017, donde vuelve a reinar la mercadería alegre de las imitaciones, la oferta de comida. Los puestos son un esqueleto de caños cubierto de lonas de colores, incluso hay banderines decorativos y círculos amarillos dibujados en el piso para que los clientes mantengan la distancia.  

 Los registros de la zona disponibles en Google Street View, que llegan hasta mayo de 2019, permiten comparar. Donde hoy está la feria Latina con sus puestos definitivos de caño había antes mesas improvisadas con tablones; donde hoy está la feria del Coto con mesas improvisadas con tablones, había algunas personas dispersas con mantas sobre el piso; donde hoy está la feria de mantas en el piso, justo frente a la terminal de ómnibus, no había feriantes: solo gente que pasaba caminando. 

El archivo permite reconstruir una línea de tiempo en la que se ve a la economía informal tomar volumen, en la que lo que se inicia como una salida laboral tal vez desesperada, un rebusque frente a una situación crítica, termina por tomar la forma de lo permanente. Como señala el ensayista y editor Alejandro Katz en una nota que compara el escenario actual con la crisis traumática del 2001, lo que hay ahora es un “acostumbramiento” —se podría agregar: no solo de la gente, sino incluso de la geografía urbana— a  un proceso continuo de deterioro. 

DT

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