ENTREVISTA Economista

Thomas Piketty: “La verdadera fuente de prosperidad económica es este movimiento hacia la obtención de más igualdad”

El economista Thomas Piketty, en su reciente visita a Madrid.

Rodrigo Ponce de León


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“El fin de la historia es una invención de los conservadores”. Vuelve Thomas Piketty (Francia, 1971) con todo su arsenal ideológico en su nuevo libro Breve historia de la igualdad (Editorial Deusto). El economista francés rechaza las tesis inmovilistas de la derecha y plantea que desde el siglo XVIII, tras la revolución francesa, “la verdadera fuente de prosperidad económica es este movimiento hacia la consecución de más igualdad, tanto política, como social y económica”. Un movimiento que sigue en la calle, con protestas contra el cambio climático, contra la discriminación racial o por la igualdad de género, que Piketty defiende aunque puntualiza que “lo que es complicado es construir instituciones mejores”.

¡Viva el socialismo!

¡Viva el socialismo!

El autor de El Capital en el siglo XXI aboga por que “el poder debe ser distribuido de una manera mucho más igualitaria”, de esta manera plantea que “un solo accionista no debería tener más del 10% de los derechos de voto en una gran empresa” y que “los representantes de los trabajadores deberían tener el 50% de los derechos de voto en el consejo de administración y el 50% de los derechos de voto de los accionistas”. El economista pide soluciones imaginativas como las que se pusieron en marcha en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial (cancelación de la deuda e impuesto sobre la riqueza) para conseguir una sociedad más justa. De hecho, pide que, además de un impuesto sobre los más ricos, “la deuda pública que está ahora en las arcas de los bancos centrales debería ser pospuesta hasta que se hayan resuelto los problemas del calentamiento global”. Eso sí, Piketty advierte sobre la peligrosidad que supone la creación de dinero sin límite y los tipos de interés cero, propios de la política monetaria de los últimos años, ya que no benefician especialmente a las clases pobres y medias y provocan una subida de precios: “El problema es que la inflación es como un impuesto para los pobres: la gente que solo tiene dinero en efectivo o pequeñas cuentas de ahorro paga el precio de la inflación, que es como un impuesto regresivo sobre la riqueza”.

Se ha calificado como “revolución” la intervención gubernamental para combatir esta crisis, pero también se apunta que se han utilizado medidas económicas reivindicadas por la izquierda, aunque el objetivo real ha sido salvar a los mercados. Parece que la pandemia ha sido la confirmación de la tesis de Fukuyama del fin de la historia: ya no hay ideologías, sólo hay mercados. Usted al comienzo de su libro lanza un mensaje claro: “El final de la historia no está a la vista”. 

Creo que las personas que hablan del fin de la historia están completamente equivocadas. No se dan cuenta de que vivimos en un mundo en el que las instituciones y las normas se han transformado permanentemente durante los últimos siglos. Y, en particular, que ha habido un movimiento a largo plazo hacia una mayor igualdad desde finales del siglo XVIII, desde la Revolución Francesa. Este movimiento igualitario viene de una posición política muy profunda con una fuerte demanda social que ha traído más prosperidad. Así que, históricamente, la verdadera fuente de prosperidad económica es este movimiento hacia la consecución de más igualdad, tanto política, como social y económica. Este movimiento va a continuar, así que cuando hablamos del fin de la historia o de que el capitalismo nunca cambiará es que se está completamente perdido.

Es una posición política conservadora para que nada cambie.

Es una posición ideológica que es contradictoria con la historia. Esta idea del fin de la historia es una invención de los conservadores. El sistema capitalista de 2022 no tiene nada que ver con el capitalismo de 1910. Entonces se basaba en el colonialismo y el patriarcado. Empiezo mi libro con la Revolución Francesa, con el fin de los privilegios fiscales para la aristocracia, y con la revuelta de los esclavos en Santo Domingo, que es el principio del fin de las sociedades esclavistas y coloniales. Son dos ejemplos de movimientos a favor de la igualdad que todavía están en marcha. Hay muchos privilegios que combatir hoy en día, solo hay que ver la organización de nuestro sistema democrático y el poder del dinero para pagar las campañas políticas o para comprar a los medios de comunicación o la discriminación racial y la desigualdad entre el norte y el sur... Todavía estamos muy lejos del tipo de modelo democrático que nos gustaría tener.

En su libro tira por tierra los tradicionales indicadores económicos, ¿llevamos decenas de años apoyándonos en datos económicos que han sostenido una ideología liberal? ¿Qué indicadores económicos deberíamos empezar a utilizar?

En primer lugar tenemos que sustituir el PIB por la renta nacional. La principal diferencia es que a la renta nacional hay que deducir la depreciación del capital. Por ejemplo, si encuentras en el suelo el equivalente a 100.000 millones de euros en reservas de petróleo se puede decir que has aumentado tu PIB en esos 100.000 millones, aunque la realidad es que ese capital ya estaba allí con anterioridad, mientras que con la renta nacional es cero, no sube esos 100.000 millones. Además tienes que tener en cuenta que cuando quemas las reservas de petróleo creas una externalidad negativa a través del calentamiento global. Si pones un precio razonable a cada tonelada de emisión de carbono vas a tener una renta nacional negativa en lugar de un PIB positivo. Es un ejemplo claro de que la definición de un indicador puede transformar por completo la forma de evaluar una política a nivel de una empresa, un país o a nivel mundial.

Por otro lado, tenemos que tener en cuenta la distribución, que es lo que estudiamos en el Laboratorio Mundial de la Desigualdad, con una gran base de datos para estimar el reparto de la renta nacional de los diferentes grupos de población. ¿Cuánto recibe el 50% inferior o el 10% superior de ciudadanos? En la economía hay que introducir nuevos indicadores medioambientales, educativos, sanitarios... No podemos resumir todo con una métrica de dinero.

En la economía hay que introducir nuevos indicadores medioambientales, educativos, sanitarios... No podemos resumir todo con una métrica de dinero

Se está construyendo una narrativa en la que los bancos centrales parecen haber sido los héroes de la anterior crisis financiera y de esta crisis de la pandemia, pero en su libro usted plantea serias dudas de que sean instituciones democráticas. 

Los bancos centrales han tenido un papel muy importante con la creación de dinero. Es bastante irónico que la opinión dominante sobre los bancos centrales haya cambiado tan rápido. En realidad, es una buena noticia y muestra que las ideologías económicas dominantes pueden cambiar muy rápido. Antes de 2008 nadie quería oír hablar de la creación de dinero, pero después de la crisis financiera y otra vez en 2020, no solo se quiere a los bancos centrales para que presten dinero a los gobiernos, sino también para hacer política medioambiental mirando el balance de las empresas y que decidan si la actividad y las inversiones son correctas. La cuestión es que debería ser una institución que se ciñera más a la supervisión democrática porque ahora mismo son un pequeño grupo de personas que decide cómo asignar grandes cantidades de dinero.

Incluso pone en duda que las políticas monetarias de tipos de interés cero sean las adecuadas para los más pobres.

Con los tipos de interés cero se resuelve la restricción presupuestaria para los gobiernos, pero creas otro problema ya que se fomenta una gran burbuja de precios de los activos, que van desde un aumento en los precios de la vivienda a la subida del mercado de valores, es decir, hay más inflación. Para los ricos con conocimientos financieros es un oportunidad para incrementar su riqueza pero para los más pobres o la clase media se traduce en tener el dinero en la cuenta de ahorro al 0% de interés mientras que la inflación se incrementa al 3% o el 4%.

Realmente necesitamos poner la creación de dinero y los bancos centrales en su lugar, que tienen un papel que desempeñar, pero es limitado. No pueden resolver todo el problema. Hay mucha hipocresía, a mucha gente le gusta la nueva política de los bancos centrales porque con la creación de dinero no se aborda la necesidad del impuesto sobre la riqueza. En algún momento necesitaremos más impuestos sobre los ricos, más impuestos progresivos con el fin de pagar esta deuda sin la creación de dinero y la inflación que provoca.

Necesitaremos más impuestos sobre los ricos, más impuestos progresivos con el fin de pagar esta deuda sin la creación de dinero y la inflación que provoca

¿Cree que la inflación actual puede ser un problema como ocurrió en los años 30 del pasado siglo?

Debemos tener mucho cuidado con la inflación. Los episodios de alta inflación después de la Primera y la Segunda Guerra Mundial se debieron en gran medida a que no se sabía cómo pagar la inmensa deuda pública, así que la creación de dinero y la inflación fue la manera de deshacerse de la deuda. El problema es que la inflación es como un impuesto para los pobres: la gente que solo tiene dinero en efectivo o pequeñas cuentas de ahorro paga el precio de la inflación, que es como un impuesto regresivo sobre la riqueza.

Usted pone como ejemplo el impuesto sobre la riqueza que pusieron en marcha en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, es muy interesante la manera en la que en Alemania, donde la inflación provocó muchos de los males que azotaron a este país y tuvieron consecuencias en el resto de Europa, optaron en los años 50 por un impuesto sobre la riqueza muy ambicioso y progresivo sobre el grupo más rico. Con esta medida impositiva pudieron reducir su deuda pública sin inflación, aunque además se beneficiaron de la cancelación de la deuda.

Usted aboga por cancelar la deuda o retrasar su pago lo máximo posible.

No es algo novedoso porque en 1953 se canceló la deuda que tenía Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. En realidad, esta deuda fue pospuesta hasta 1991, cuando se dio la unificación alemana, pero finalmente fue cancelada. Ahora tendremos que utilizar medidas similares: la deuda pública que está en las arcas de los bancos centrales debería ser pospuesta hasta que se hayan resuelto los problemas del calentamiento global. Tenemos retos nuevos y sería necesario tomar decisiones innovadoras con la deuda pública como ya hizo Europa en el siglo pasado. Esta cancelación de la deuda permitió a Europa construir su nuevo modelo de desarrollo y reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial.

Si no me equivoco, no tiene mucha confianza en el acuerdo mundial para un impuesto mínimo del 15% sobre las empresas.

No es que tenga más o menos confianza, es que una tasa del 15% es muy baja. Se mantiene una desigualdad que ya existe porque los trabajadores o una pyme van a seguir pagando mucho más teniendo en cuenta el conjunto de impuestos, que en la mayoría de los países europeos está por encima del 25%. Me temo que los niveles de recaudación serán muy bajos y no se acaba con el problema de los paraísos fiscales, de manera que las grandes multinacionales podrán seguir ocultando los ingresos que quieran en estos países opacos.

En el capítulo La metamorfosis de los privilegios: la democracia del dinero apunta una receta para que el dinero no pueda capturar a los medios de comunicación mediante un cambio jurídico para conseguir una ley de democratización de los medios. ¿Es consciente de que le van a acusar de atacar la libertad de prensa por tratar de regular la propiedad de los medios de comunicación?

La libertad de prensa significa libertad para los periodistas y libertad para los ciudadanos. No es la libertad de un solo accionista para controlarlo todo. El poder debe ser distribuido de una manera mucho más igualitaria, no solo en las empresas de medios de comunicación, sino en cualquier empresa de cualquier otro sector. Los representantes de los trabajadores deberían tener el 50% de los derechos de voto en el consejo de administración y el 50% de los derechos de voto de los accionistas. Un solo accionista no debería tener más del 10% de los derechos de voto en una gran empresa. ¿Por qué? Porque las decisiones que hay que tomar en una gran empresa son tan complicadas que no es posible que un solo individuo controle todo el poder de decisión y lo concentre para siempre. El hecho de que te hayas hecho rico a los 30 o 40 o 50 años porque tuviste suerte o buenas ideas no significa que debas concentrar todo el poder de decisión hasta los 80 o 90 años en una compañía. Ahora, en el sector de los medios de comunicación es aún más problemático porque su influencia en el proceso democrático es enorme, así que es aún más necesario tener esta división de poder más democrática.

También en el terreno político.

Una serie de jueces muy conservadores del Tribunal Supremo de Estados Unidos creen que la libertad de expresión implica que no debe poner límite a cuántos miles de millones de dólares se pueden gastar un multimillonario en una campaña política. En teoría, es parte de su libertad de expresión como multimillonario gastar millones de dólares en determinado candidato. Esta no es la opinión de los europeos, ni la de mucha gente en Estados Unidos, pero es un punto de vista de gente muy conservadora que les gustaría volver al sistema del siglo XIX o de principios del siglo XX donde sólo los ricos podían votar. Con el dinero invertido en las campañas políticas intentan reinventar otra manera de conseguir lo mismo. Si queremos una democracia real necesitamos fuertes limitaciones sobre cuánto dinero privado se puede donar a las campañas políticas.

Los representantes de los trabajadores deberían tener el 50% de los derechos de voto en el consejo de administración y el 50% de los derechos de voto de los accionistas en una empresa

Usted plantea un tema polémico: que hay que evitar las cuotas sociales o raciales para evitar el endurecimiento de las identidades étnico-raciales y propone una discriminación positiva basada en criterios universales como la renta, el patrimonio o el territorio.

Creo que las cuotas, cuando la desigualdad está muy arraigada en el caso del género, han jugado un papel útil en algunos países. No estoy en contra de todas las formas de cuotas, solo digo que debemos tener mucho cuidado de que el sistema basado en cuotas y en la acción afirmativa planifique su propia transformación por adelantado. De lo contrario, se corre el riesgo de avivar las desigualdades entre grupos, especialmente en temas étnicos o raciales. De esta manera prefiero utilizar un criterio universal como los ingresos de un barrio desfavorecido. Así, si una persona recibió una ayuda pública y, con el cambio de generación, ahora sus hijos o sus nietos tienen más ingresos ya no tienen que beneficiarse de esa cuota.

Y lo más importante, creo que con las políticas sociales universalistas como la educación y la sanidad públicas necesitamos mucha más transparencia sobre cuáles son los recursos públicos exactos que reciben las personas con diferentes orígenes sociales, porque en algunos casos la acción afirmativa o la discriminación positiva pueden ser una forma muy hipócrita de fingir que estamos haciendo algo por el grupo más desfavorecido, cuando en realidad, no se consigue la igualdad.

Usted defiende en su libro la necesidad de entablar un debate sobre las reparaciones de la época colonial por el expolio que sufrieron los países colonizados. España, como nación que fue colonialista, ¿debería compensar a los países latinoamericanos que fueron sus colonias?

Las cuestiones relativas a las reparaciones son muy complicadas. Para mí, la principal solución a las injusticias del pasado no pasa tanto por la reparación sino por la construcción de un nuevo sistema económico que sea equitativo y universal. Por ejemplo, con un nuevo sistema fiscal internacional en el que compartamos entre todos los países los recursos fiscales procedentes de la tributación de las multinacionales y de los multimillonarios. Por eso propongo un sistema de herencia equitativo, una especie de herencia mínima para todos, tanto si tus antepasados fueron esclavos como si fueron propietarios de esclavos. Creo que este tipo de perspectiva universalista es la mejor manera de corregir las injusticias del pasado. Dicho esto, también hay algunos casos en los que cabría la posibilidad de una reparación explícita, pero en el caso de España y América Latina creo que va a ser muy complicado y no veo una forma posible de construir un consenso ni una fórmula para hacerlo.

¿Quizás con una condonación de la deuda?

Tal vez sea mejor si una condonación de la deuda tiene lugar dentro de un marco más amplio a nivel internacional. Hay algunos casos específicos como Haití, donde la cuestión de la reparación tiene sentido, o las personas a las que arrebataron propiedades durante la Segunda Guerra Mundial o con el Holocausto. Pero salvo algunos casos, es muy difícil trazar una línea. Ahora bien, creo que al menos deberíamos aceptar la idea de una discusión democrática. La condición clave es aceptar la posibilidad de esta deliberación democrática y ser conscientes de que la solución para el futuro no vendrá de esta operación específica, sino con una perspectiva más universalista de transformación del sistema fiscal internacional.

“El cambio histórico se nutre de relaciones de fuerza”, escribe usted en su libro. ¿Hasta qué punto no están detrás de algunas de esas fuerzas elementos conservadores peligrosos para la democracia? No está claro quién está detrás de los chalecos amarillos, en España la ultraderecha está tratando de movilizar a los trabajadores o ya hemos visto qué estaba detrás de las personas que intentaron asaltar el Capitolio de EEUU.

Siempre ha sido así. La Revolución Bolchevique fue una gran lucha en la calle para deshacerse de un régimen terrorista, pero el tipo de régimen que se construyó después no fue nada emancipador. El conflicto en las calles también trajo al gobierno nazi. Por eso en mi libro destaco el equilibrio de poder como una condición necesaria para la transformación, pero no es suficiente. No estoy de acuerdo con la gente que cree que todo lo que necesitamos es deshacernos de la élite. Lo que es complicado es construir instituciones mejores. Para lograrlo tenemos que mirar las lecciones de la historia sobre cómo construimos un sistema electoral y un sistema de financiación de las campañas políticas, cómo creamos un sistema para la imposición progresiva de la renta y la riqueza, cómo montamos una asamblea transnacional para tener una fiscalidad común entre diferentes países, cómo ponemos en marcha un sistema antidiscriminatorio sin que desafíe las fronteras entre identidades y orígenes étnicos diferentes. Todas estas cuestiones son complicadas y no podemos resolverlas simplemente protestando en la calle. Necesitamos movilizaciones colectivas y plataformas políticas. También necesitamos que las ciencias sociales aporten conocimientos históricos a este debate. Es a lo que estoy tratando de contribuir con este libro.

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