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El largo adiós a Raúl Castro

Raúl Castro

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Sesenta y dos años en el ejercicio del poder convierten a una semblanza de Raúl Castro Ruz en un ejercicio fútil. Habría que hablar en rigor de muchos “Raules”, tantos, acaso como las versiones de Fidel quien, en 1959, al triunfar la revolución dijo que sería tan “verde como las palmeras” y, 15 años más tarde se había convertido en una versión excéntrica del comunismo posible. Recuerdo una calcomanía pegada en algunas casas de La Habana como rémora de aquel mimetismo con Moscú: “Bienvenido Brezhnev, esta es tu casa”, rezaba y se lo veía a Fidel y al secretario general del Partido Comunista Soviético juntos y triunfales. La imagen, en rigor, no hacía justicia con la historia: había sido Raúl el primer y encendido prosoviético. Raúl, el menor de los siete hijos del matrimonio formado por Ángel Castro Argiz), un emigrado gallego devenido terrateniente en Birán, y por la cubana Lina Ruz González, tuvo su iniciación política en la rama juvenil del Partido Socialista Popular que, a diferencia del Partido Ortodoxo, donde se insertó el hermano mayor, tuvo algo más que “relaciones carnales” con Fulgencio Batista en los años cuarenta. Nikolái Leónov, quien estaba en la embajada de la URSS en México, solía frecuentarlo cuando se llevaban a cabo los preparativos de la guerrilla en la Sierra Maestra. En “Raúl Castro, un hombre en Revolución”, un libro publicado en 2016, recuerda el grado empatía del joven insurgente con el modelo que se levantaba en los Urales. 

El “Chino”, a quien también llamaron “el Prusiano”, participó en todas las fases de la revolución que derribó a Batista: el ataque contra el Cuartel Moncada, en 1953, la cárcel, el exilio, la guerrilla que lo ungió comandante y, por último, la toma del poder. Fue Raúl, acompañado por Ernesto Che Guevara, quien postuló frente a Fidel la necesidad de acelerar los tiempos del proceso iniciado en 1959 y darle un carácter socialista en medio del enfrentamiento con Estados Unidos. En cierta medida, se sentía más afín con los viejos comunistas que con los rebeldes de la Sierra o la clandestinidad en las ciudades. Por eso se convirtió en el entusiasta defensor de una alianza con Moscú que tempranamente provocó rupturas, desgarramientos y tempranos descontentos. 

Cuando el Che abandonó la isla se erigió en la segunda figura política de Cuba. Si Fidel tuvo el monopolio de la palabra y las imágenes, Raúl fue un organizador del aparato militar, con sus extensiones en el Estado. También fue un guardián de la ortodoxia y por eso fulminó al grupo que se había formado alrededor de la revista Pensamiento Crítico que intentó, entre fines de los sesenta, cuando concluyen los sueños de autonomía, y principios de los setenta, crear un espacio para el marxismo heterodoxo. El llamado “Quinquenio gris” de principios de los setenta, marcado por la intolerancia y las persecuciones de intelectuales y artistas, entre ellos Virgilio Piñera, José Lezama Lima y Reynaldo Arenas, contó con el silencioso aval del “raulismo”. 

Su sobreactuada sobriedad pública contrastaba con las versiones de un hombre más proclive a la chanza y el ron entre camaradas. Uno de ellos, el general Arnaldo Ochoa, “Héroe de la Revolución” y de la guerra en África que derivó en la derrota del régimen racista de Pretoria, fue fusilado en el verano de 1989 luego de un juicio por presunto tráfico de drogas que todavía lleva la marca de la sospecha. Durante las largas audiencias televisadas, Raúl aprobó el fusilamiento invocando a Josef Stalin, a quien llamó “mi amigo el georgiano”. Los conocedores sostienen que, al advertir que la Unión Soviética se iba a pique, promovió la entrada de las Fuerzas Armadas en la actividad empresarial que, en la actualidad, es nodal. 

Le tocó reemplazar a su hermano de manera inesperada. Bajo su mando, Cuba inició una apertura económica que debe todavía profundizarse. Se ha reformado también la Constitución. Con su acostumbrada seriedad formuló dos anuncios históricos: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, en 2014 y, en 2016, la muerte de Fidel. Recibió ese mismo año a Barack Obama en La Habana y luego soportó la embestida de Donald Trump. Su dedo señaló a Miguel Díaz Canel, de 60 años, como el sucesor y responsable de mantener a flote al castrismo sin ya el peso tutelar de sus fundadores. 

El 3 de junio cumplirá 90 años y decidió festejarlos como un “militante revolucionario más”. Agradeció de antemano la “comprensión de los compatriotas” frente a su deseo de abandonar el liderazgo. Su largo discurso de adiós, al abrir el VIII Congreso del Partido Comunista incluyó una advertencia: la frontera de las reformas económicas y políticas se terminan donde se levanta el muro de la propiedad estatal y el partido único. Se despide en medio de una enorme crisis económica y en medio del lento florecimiento de un nuevo tipo de disidencia, no asociada al anticastrismo cerril y más conectada con los nuevos movimientos globales y los activismos culturales. 

En sus horas de sosiego, alejado del día a día de la gestión, seguramente se preguntará por lo que sucederá el día después de su partida del mundo. Una frase de su hermano mayor recobra absoluta vigencia en estos tiempos de revisión. El 30 de junio de 1961, Fidel cerró una tensa reunión con los intelectuales cubanos en la que se definieron los límites de la libertad cultural bajo la consigna “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución, nada”. La consigna fue fatídica porque el límite del ejercicio de la tarea artística siempre lo definieron los burócratas, como lo recuerda aquella canción genial de Silvio Rodríguez: “unos dicen que sí, otros dicen que allá”. Pero no quería concluir con “Debo partirme en dos” sino con aquello que parte, a secas, y por eso aquella sentencia de Fidel que bien vale para estas circunstancias: “no nos apresuremos en juzgar la obra nuestra, que ya tendremos jueces de sobra”, dijo a los escritores que fruncían el ceño de la desconfianza. Y añadió: “teman a otros jueces mucho más temibles: ¡Teman a los jueces de la posteridad, teman a las generaciones futuras que serán, al fin y al cabo, las encargadas de decir la última palabra!”.

AG

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