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Se acerca el instante decisivo para el acuerdo nuclear con Irán: si Washington y Teherán lo ratifican en Viena, el petróleo iraní podría aliviar una crisis energética

Desde Teherán, el clérigo shiita Alí Jamenei, máxima autoridad religiosa de Irán, sucesor del ayatolá Jomeini, se dirigió el martes por televisión a la República para hablar sobre la guerra en Ucrania. Todos los homres de Dios, dijo, quieren la paz, siempre, en todas partes, en Afganistán, en Irak, en Ucrania, en los programas atómicos; en cuanto al origen de la guerra, según su humana experiencia, sieimpre, en todas partes, es EEUU.

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Las conversaciones diplomáticas de Viena sobre el acuerdo nuclear con Irán parecen estar llegando a su clímax. El esfuerzo cumplirá su cometido si EEUU e Irán vuelven a obligarse según el Tratado de 2015 gestionado y firmado por el demócrata Barack Obama y del que se  retiró Donald Trump en 2018. En esa oportunidad, el presidente republicano arguyó que el acuerdo no era lo suficientemente duro en las normas con las que preveía castigos a eventuales infracciones. La administración Trump impuso a Teherán radicales sanciones económicas. Irán respondió regresando, a muy buen paso, con meditadas deliberación y métodología, al desarrollo de su programa nuclear.

Reunidos en la capital austríaca de Viena, sede de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA), tanto el personal diplomático de EEUU y de Irán, como el de los restantes países gestores y firmantes del Tratado de 2015 (las cinco potencias atómicas miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU + Alemania), reconocen sin excepción que sobre ellos convergen presiones de diversos origen pero convergentes por buscar una sola finalidad, la de concluir pronta y positivamente mente las conversaciones.

Una urgencia del momento que podía preverse desde hace meses se sumaron, las elecciones de medito término que en EEUU deber enfrentar el hoy impopular Biden, ex vicepresidente de Obama, esta semana se vuelto menos audible ante las alarmas y sirenas que vibran en Occidente desde que Rusia -que es uno de los antiguos firmantes del Tratado de 2015 y uno de los animadores de las actuales conversaciones vienesas- inició en suelo de Ucrania y en dirección a la capital Kiev sus operaciones militares de alto perfil, de gran despliegue armamentista, y de férrea determinación irredentista cuyo protagonismo político obtura la escena internacional.

En el contexto de la guerra de Ucrania y las sanciones a Rusia, entre los efectos secundarios de un acuerdo con Irán no faltaría el de elevar los cupos de producción y exportación petroleras de la República Islámica.

Las sanciones a Rusia por la guerra en Ucrania añaden, indirectamente, un aliciente para el consenso con Irán. Rusia tiene las mayores reservas hidrocarburíferas del mundo, y es el principal exportador global de gas y petróleo. Un acuerdo con la República islámica implicaría una dulcificación progresiva de las sanciones, según la observancia de las partes de los términos pactados, y esto permitiría elevar los cupos de producción y exportación petroleras iraníes. El viernes, el presidente Biden se disponía a atender un reclamo bipartisano del Congreso de EEUU: el de vedar toda importación de hidrocarburos rusos.

Un motivo diverso pero no menor que recomienda llegar lo antes posible a un acuerdo positivo se encuentra en los informes de los expertos que aseguran que Irán está peligrosamente cerca de tener uranio apto para armas nucleares. Esto es uranio enriquecido al 90% de pureza e Irán ya alcanzó un enriquecimiento del 60 por ciento, y el salto al 90% estaría muy cerca.  Eso no significa necesariamente que el siguiente paso prefijado fuera la fabricación de una bomba para dotarse de un arsenal nuclear. El gobierno iraní asegura -son sus palabras- que no está entre sus planes el de proveerse de una bomba sino que la República Islámica diseñó un programa totalmente pacifico  abocado a generar electricidad. La credulidad no es universal. Como el porcentaje de pureza del uranio obtenido es un paso importante para la eventual fabricación de una bomba de características nucleares, según funcionarios estadounidenses un acuerdo que restaurara el “tiempo de ruptura” atómica les permitiría enriquecer suficiente uranio para fabricar una bomba entre 6 y 9 meses. 

El retraso en llegar a la ratificación del acuerdo se debe a las exigentes garantías que trata de imponer Irán. Principalmente, asegurarse de que EEUU no se aleje del acuerdo nuevamente. El presidente Biden lo prometió. Pero también reconoció que no puede hablar por los futuros presidentes. Y las consecuencias de un fracaso en este punto cardinal podrían ser bastante graves.

El ministro de Relaciones Exteriores de IránHossein Amir-Abdollahian,  hizo saber al jefe de la diplomacia de la Unión Europea (UE),  Joseph Borrell, que  llegó a   Viena “para finalizar un acuerdo bueno e inmediato, pero la prisa de la parte occidental no puede significar faltarle el respeto, o desatender, a las líneas rojas de Irán”, incluso aquellas trazadas y rubricadas en política económica.  Borrell afirmó  su confianza en que las principales demandas de Irán fueran  tenidas en cuenta y enfatizó que un acuerdo estaba cerca.

“Ha habido un progreso significativo y estamos cerca de un posible acuerdo, pero una serie de problemas difíciles siguen sin resolverse”, informó la portavoz adjunta del Departamento de Estado de EEUU, Jalina Porter, en una conferencia telefónica con periodistas el jueves. La jefa negociadora británica, Stephanie Al-Qaqdijo en un tuit en idioma farsi que el acuerdo estaba “muy cerca” pero que aún quedaban “pasos finales”.

Al-Qaq agregó el viernes, que un acuerdo “no estaba garantizado” y que las partes “ahora deben caminar los últimos metros”. 

El negociador francés Philippe Errera publicó una foto del equipo negociador europeo y les agradeció su trabajo durante los últimos 11 meses, en una posible señal de que las conversaciones están concluyendo.

 Uniéndose con voz menos melodiosa al coro de los himnos al optimismo, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Saeed Khatibzadehtuiteó que, independientemente del zumbido de los rumores positivos, “nadie puede decir que el trato está cerrado hasta que se resuelvan todos los asuntos pendientes”.

Mientras se sostienen las negociaciones en Viena, este fin de semana el director general de la IAEA, el argentino Rafael Grossi,  viaja a Teherán para resolver una de las disputas pendientes y encontrar una fórmula en la que todas las partes puedan convivir. Por un lado, lograr explicación de los rastros de material radiactivo encontrados en tres instalaciones, y por otro, atender la  insistencia de Irán en que se abandone la investigación sobre su actividad nuclear no declarada. El éxito o el fracaso de la visita de Grossi podría determinar el destino del acuerdo. Que, por fuera de círculo negociador, tiene adversarios poderosos entre los republicanos trumpistas del Congreso norteamericano, y en Israel, que lo considera un peligro mayor para su propia seguridad nacional.

AGB con información de diarios, agencias y fuentes

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