Jeffrey Epstein y la impunidad de los poderosos
En 2010, una relaciones públicas que trabajaba para Jeffrey Epstein llamó a la periodista Tina Brown para invitarla a una cena con el príncipe Andrés de Inglaterra que iba a dar el millonario y a la que también asistiría Woody Allen. Brown era entonces directora de The Daily Beast y antes lo había sido de Vanity Fair y The New Yorker. Formaba parte de la élite mediática de Nueva York desde hacía muchos años. Su respuesta fue a gritos: “¿Pero qué carajo es esto, Peggy? ¿El baile de los pedófilos?”.
Brown era una excepción. Existía una red de miembros de las élites políticas, financieras, científicas y hasta culturales que no tenían ningún rubor en aceptar las invitaciones de Epstein, que para entonces ya figuraba en el registro de delincuentes sexuales de Nueva York desde dos años atrás. Le habían impuesto una condena de sólo 18 meses de prisión –sólo tenía que pasar doce horas diarias en la cárcel–, de la que había cumplido doce, gracias a un pacto sorprendentemente generoso que había aceptado un fiscal federal.
Los poderosos se protegen entre ellos. Es una acusación fácil de encontrar en textos y denuncias desde zonas de la sociedad que no suelen ser escuchadas y que es cierto que en ocasiones oculta teorías conspiratorias. Con Epstein, resultó ser un axioma. Ni siquiera una condena por delitos sexuales había convertido a Epstein en un apestado social.
El dinero lo protegía, pero no era sólo el dinero o las fortunas a las que ayudaba con sus consejos e inversiones. Ser invitado a su mansión de Nueva York, o a su residencia en las Islas Vírgenes, era el rótulo muy privado que anhelaban esas personas. Si querés formar parte de la élite de los amos del universo, las cuestiones morales no sólo son prescindibles, sino que resultan una molesta inconveniencia. Algo que sólo obliga a los de abajo.
Todos esos invitados miraban a otro lado, porque estaban acostumbrados a hacerlo. Es el precio para figurar dentro de la élite o aparentar que formás parte de ella. Ahora todos dicen que no lo conocían mucho, que no eran en realidad amigos o que al menos no visitaron su isla. Los emails difundidos por el Departamento de Justicia después de que el Congreso obligara a Trump a hacerlo prueban lo contrario.
En uno de los artículos más lúcidos sobre lo que revelan los emails de Epstein, Anand Giridharadas da ejemplos en The New York Times de las cosas que había que ignorar para obtener el billete de entrada en ese mundo: “Los desastres financieros que algunos en esa red ayudaron a que se desencadenaran, las guerras despreciables que algunos de ellos fomentaban, la crisis de las sobredosis de drogas que algunos propiciaron, los monopolios que defendían, la desigualdad que ellos multiplicaban, la crisis de vivienda de la que se beneficiaban, las tecnologías contra las que nunca protegieron a la gente”. Todos eran cómplices y algunos incluso copartícipes de esas plagas.
Las reglas que condicionan la vida de los mortales no regían para Epstein y sus amigos. Algunos de ellos –no se sabe cuántos– podían disfrutar de la última transgresión, mantener relaciones sexuales con mujeres, adultas o menores, en lo que debería considerarse como una violación o prostitución hecha posible por la trata de personas. Epstein se ocupaba de traerlas desde países de Europa del Este o de países pobres. El mundo entero estaba a su disposición y eso incluía el cuerpo de las mujeres. Esto último es lo más grave, pero no es novedoso. Aparece siempre en todas las historias sobre el colonialismo.
Los comentarios ofensivos sobre las mujeres son numerosos en los emails que ahora aparecieron. Eran la lógica continuación de las conversaciones que mantenían con Epstein. Y no tenían ningún inconveniente en ponerlos por escrito. Sabían que contaban con un interlocutor predispuesto a celebrar esas obscenidades.
Martin Nowak, profesor de biología de Harvard, le escribe y pregunta por “la espía” sin nombrarla y le pregunta: “¿La torturaste?”. Años atrás, había escrito a Ghislaine Maxwell, colaboradora de Epstein a la hora de conseguirle chicas, para pedir disculpas por un incidente. “Siento mucho haber causado tantos problemas y haber estropeado el día. Estoy muy contento de no haber matado a nadie”. Disculpas aceptadas, desde luego.
En 2018, Steve Bannon, exconsejero de Donald Trump, le da consejos sobre cómo mejorar su imagen, es decir, su reputación de delincuente sexual. Le pregunta si alguna de las chicas puede testificar en su favor y Epstein responde que podría obligarlas a hacer una declaración grabada en video (no le iba a resultar ningún problema). Sin aparente intención irónica, Bannon tiene una idea: “¿Por qué no poner en marcha EL mayor centro de investigación sobre trata de seres humanos, prostitución infantil, etc, etc, etc? Un problema global que hay que resolver”. No hay ningún problema que no pueda solucionarse con dinero.
Lawrence Krauss, profesor de Física en la universidad de Arizona, le envía un mensaje a cuenta de una conferencia sobre liderazgo femenino (!!) y aprovecha para hablarle de una mujer que lo acusó de maltrato: “Ambos sabemos que Melanie es una zorra (”c***“) a la que si le das cuerda suficiente puede estrangularse a sí misma si las cosas se hacen bien”.
Puede que sea sólo una broma macabra, pero el estilo se repite en muchos emails. Todas las mujeres son unas zorras, se merecen todo lo que les pase, una amante o novia amenaza con enfrentarlo con sus hijas, todos opinamos lo mismo sobre lo que hay que hacer con ellas. Ese es el estilo de los diálogos que tienen que ver con mujeres.
Es posible que algunos den por hecho que Epstein paga a las chicas con lo que creen que no tienen derecho a quejarse de nada. Son cuerpos de los que disfrutar.
La existencia de una red de hombres poderosos que controlan una red internacional de pedofilia es una obsesión recurrente de las teorías de conspiración en EE.UU. desde hace décadas. Es la base de la conspiración de Qanon entre cuyas ramificaciones estaba antes de 2016 que Trump sería el único capaz de terminar con ella. Dio lugar a la conspiración de Pizzagate, especialmente activa en el foro 4chan, que acusaba a altos funcionarios del Partido Demócrata de haber montado una red de prostitución infantil. Terminó con un hombre entrando armado en un restaurante de Carolina del Norte convencido de que había niños secuestrados en el sótano del edificio.
Todo era un puro delirio con el que vender a Trump como salvador de la nación. La gran paradoja es que las revelaciones sobre Epstein se acercan a esa ficción con la diferencia de que el millonario no estaba a sueldo de los demócratas, sino de sus propios intereses económicos y profesionales y que contaba con el apoyo de personas destacadas que podían ser de cualquier ideología.
Sabiendo lo que había hecho, no tenían problemas en apoyarlo o aconsejarle, fueran el ultraconservador Bannon o el intelectual de izquierdas Noam Chomsky. Este último también asesoró a Epstein sobre las críticas que recibía: “La mejor manera de proceder es ignorarlo”, le dijo. “Esto es especialmente cierto ahora con la histeria que se desató sobre el abuso de mujeres”.
Vijay Prashad, coautor de dos libros con Chomsky, escribió sobre la decepción que sufrió: “¿Por qué relacionarse tan abiertamente con una persona de esa calaña? ¿Por qué brindar consuelo y consejo a un pedófilo por sus crímenes? Por mi parte, estoy horrorizado y consternado”.
Donald Trump era un gran amigo de Epstein y se conocían tanto por vivir en Nueva York como por sus residencias en Florida. El millonario era un invitado frecuente en las fiestas de Mar-a-Lago. “Fui su mejor amigo durante diez años”, dijo Epstein al periodista Michael Wolff, que a su vez era amigo de ambos. Lo único que los unía era el interés por el sexo. Se pelearon años antes de la primera condena del millonario por razones no aclaradas. La Casa Blanca dijo sin dar detalles que Trump descubrió que era un “pervertido”.
Elon Musk escribió estos días que se negó a viajar a la isla de Epstein, pero un email desvela una de sus comunicaciones en relación a una visita que finalmente no se produjo: “¿En qué día/noche será la fiesta más salvaje en tu isla?”.
Como financiero, Epstein recibía información confidencial del británico Peter Mandelson, tanto sobre el fin del Gobierno de Gordon Brown como de los acuerdos de la Comisión Europea sobre la crisis de la deuda. Como gran partidario de Israel, escuchaba al ex primer ministro Ehud Barak explicar cómo el país podía aumentar su población con rusos aunque no fueran judíos para someter a los palestinos. Como persona interesada en la ciencia, escuchaba a los expertos ideas que lo estimulaban, aunque fueran totalmente racistas. “Quizá el cambio climático sea una buena forma de afrontar la superpoblación”, le escribió Joscha Bach, experto en Inteligencia Artificial. Con Peter Thiel, fantaseaba sobre las oportunidades de inversión que supondría el colapso de EE.UU. y el “regreso del tribalismo”.
Epstein se retrató a sí mismo en una comunicación con Bannon: “Como el gato de Schrödinger, soy un hombre deplorable y al mismo tiempo un miembro de la élite hasta que alguien abra la caja”. Alguien la abrió en 2019 –y él terminó suicidándose en la celda tras ser condenado, ahora de verdad–, aunque ya era demasiado tarde para todas las mujeres a las que torturó.
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