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ANÁLISIS

Llevo años estudiando el fascismo y EE.UU. se acerca a él a pasos agigantados

Nueva York
Agentes durante una protesta tras el asesinato de Alex Pretti en Minneapolis, el pasado sábado.

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Estados Unidos está viviendo un terrorismo de Estado a cuentagotas. Lo obvio es que la ejecución pública de ciudadanos indefensos es típica de autocracias y dictaduras y no de democracias constitucionales. Pero es necesario ir más allá y conceptualizar cómo la instrumentalización de los agentes federales por parte de EE.UU. (de la Guardia Nacional al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE) presentan características típicas de regímenes autoritarios que no se corresponden con una democracia constitucional.

Mi conclusión como experto en fascismos, dictaduras y populismo es que el trumpismo se está acercando al fascismo a pasos agigantados. No es imposible pensar que EE.UU. se convierta en el futuro cercano en una dictadura.

Por muy errático que sea, es importante recordar que todos los excesos, divagaciones o distorsiones de Donald Trump se sitúan siempre en el extremo de la derecha. Y a pesar de sus retiradas y cambios bruscos, como en el caso de Groenlandia, Trump sigue gestionando la política interna y externa como si fuera una campaña militar. Se comporta como un aspirante fascista y se siente el creador de un nuevo orden interno y externo. Un legislador y ejecutor de la ley que sitúa a sus fuerzas por encima de esta y decide sobre la paz y la guerra según sus propios deseos de obtener una medalla de la paz o laureles imperiales imaginarios.

En concreto, el trumpismo vive de la distorsión de la ley y las defensas constitucionales, y este es el contexto en el que la actual militarización de la política cobra protagonismo.

Un carnaval de violencia

Este es un aspecto importante, aunque poco debatido: la relación casi simbiótica entre la militarización de la política y la glorificación estética de la violencia. Inicialmente, se trató más de teatralidad, es decir, del aspecto performativo de la violencia, que de su práctica real. Pero esta naturaleza espectacular de la política del trumpismo y de otros extremismos populistas de derecha conducen finalmente a la violencia real y cruda como la que estamos viendo en Minnesota (dos asesinatos mediante ejecuciones visibles a todo el mundo) y un sinnúmero de medidas represivas festejadas con insultos y bailes por los agentes federales que actúan como fuerzas paramilitares por encima de la ley. Este carnaval de violencia no es solo consecuencia de las personalidades extravagantes y vulgares de líderes autoritarios como Trump, sino también de las expectativas de sus seguidores y del público en general.

Al igual que en el fascismo, en la actualidad, el regreso al poder del trumpismo ha incrementado la violencia cruda y directa

La autocratización del mundo incluye la nueva tendencia de que los líderes se comporten como conquistadores napoleónicos y que sus seguidores jueguen a ser soldados de juguete, se disfracen como tales o incluso se unan a las fuerzas del Estado como pasó en los casos del nazismo o el fascismo italiano. Como señaló Hannah Arendt, no sin ironía, respecto a los nazis: “La propaganda militarista fue más popular en la Alemania de posguerra que el entrenamiento militar, y los uniformes no aumentaron el valor militar de las tropas paramilitares, aunque sí fueron útiles como clara indicación de la abolición de las normas y la moral civiles”. En otras palabras, la estetización de la violencia a través de la representación militarista socava la democracia.

La idea de que personas disfrazadas —políticos y funcionarios— jueguen a ser soldados vistiendo uniformes como si fueran adornos, exhibiendo o blandiendo armas, haciendo saludos militares o actuando como verdaderos soldados o generales en la toma de decisiones, no solo es infantil, sino también peligrosa para la democracia. Su raíz es fascista. El caso reciente más emblemático es el del jefe de la Patrulla Fronteriza, que vestía un abrigo militar que muchos en Estados Unidos y Alemania asociaron con la moda nazi, encabezada por el jefe de las SS, Heinrich Himmler. Pero Trump se comporta como el comandante de fuerzas invasoras, ya sea en Minneapolis, Venezuela o Groenlandia.

El jefe de la Patrulla Fronteriza de EEUU, Gregory Bovino (en el centro, con un abrigo verde), junto a agentes del Departamento de Policía de Minneapolis y agentes federales durante una protesta contra el ICE.

En su libro sobre los orígenes del totalitarismo, Arendt argumentó que “de alguna manera, estos uniformes aliviaron considerablemente la conciencia de los asesinos y los hicieron aún más receptivos a la obediencia ciega y a la autoridad incuestionable”. El uniforme, o la metáfora mental de ser un soldado o un conquistador de tierras y pueblos, pone de manifiesto la naturaleza irregular de las fuerzas y los líderes que prometen una violencia totalmente partidista y, por lo tanto, antidemocrática o inconstitucional.

La fuerte conexión entre la ideología y la práctica de la violencia en el fascismo y en el populismo de los aspirantes a fascistas contrasta con una tendencia más general de bajos niveles de violencia en los populismos del siglo pasado. Esta relación entre el paramilitarismo prometido y ejecutado representa un punto de inflexión, una ruptura con el pasado reciente en este sentido.

La paramilitarización del Estado funcionó en el fascismo, y también en las dictaduras del siglo pasado en Argentina, Chile y otros países, como la conexión intrínseca entre la violencia y el culto a los líderes. Al igual que en el fascismo, en la actualidad, el regreso al poder del trumpismo ha incrementado la violencia cruda y directa. Abundan los ejemplos: Estados Unidos, Rusia y también Venezuela, donde las funciones represivas irregulares suelen ser llevadas a cabo por paramilitares y los líderes se comportan como césares modernos.

Mentiras y fantasías

La idea central de la legitimidad de hombres armados y enfadados ya se había puesto de manifiesto anteriormente (especialmente el 6 de enero de 2021, con el intento fallido de golpe de Estado en Washington D.C por parte de trumpistas fanáticos), pero ahora ha alcanzado niveles de régimen con los acontecimientos recientes (incluido los asesinatos de los ciudadanos Renee Good y Alex Pretti por agentes encapuchados y sin identificación del ICE en Minnesota). Según se informa, en el caso de Good, el Departamento de Justicia está investigando a la víctima, no al agresor. Un agente del FBI que estaba investigando al asesino decidió renunciar tras recibir presiones para no llevar a cabo esa investigación.

El régimen de Trump pretende distorsionar lo que es evidente. Como señaló el New York Times: “Agentes federales han disparado contra manifestantes en Minneapolis mientras las cámaras de los teléfonos móviles grababan los hechos, y en ambas ocasiones el presidente Trump y sus colaboradores se apresuraron a transmitir un mensaje al pueblo estadounidense: no crean lo que ven con sus propios ojos”.

La idea repetida por Trump y sus seguidores y funcionarios de que el terrorismo de Estado que están ejecutando sería víctima de “terroristas domésticos” es un ejemplo de como las víctimas reales son convertidas en actores de una conspiración contra el líder

Las mentiras fascistas suelen proyectar las acciones de los fascistas en los demás. De hecho, se suele decir erróneamente que el propagandista fascista más famoso, el líder nazi Joseph Goebbels, dijo que repetir mentiras era central para el nazismo. Nunca dijo eso. Esta cita inexacta derivó en la percepción de que los líderes fascistas son totalmente conscientes de la extensión de sus falsedades deliberadas. No veían una contradicción entre verdad y propaganda.

El trumpismo opera de la misma manera. La idea repetida por Trump y sus seguidores y funcionarios de que el terrorismo de Estado que están ejecutando sería víctima de “terroristas domésticos” es un ejemplo de como las víctimas reales como Good o Pretti son convertidas en actores de una conspiración contra el líder. Estas fantasías de una conspiración secreta representa la excusa para entrar en “acción”. En la política, siempre que oímos palabras como conspiración y terrorismo doméstico, y, sobre todo, cuando se las presenta juntas, el fascismo no está muy lejos. Debería despertar especial preocupación cuando estas palabras clave del fascismo están vinculadas con fantasías raciales sobre “guerras civiles” y la “persecución” de las mayorías nacionales. Los fascistas se apropian del vocabulario de sus víctimas y se permiten fantasear que sufren las mismas formas de opresión que tanto disfrutan de generar e intensificar.

Un riesgo alto

En el pasado, la prevalencia del pensamiento militarista en las relaciones exteriores condujo a las catástrofes del nazismo o a las guerras del Atlántico Sur por las islas Malvinas. En este último caso, los generales argentinos se ilusionaron con una victoria grandiosa que la realidad sobre el terreno desmintió. Trump está siguiendo este mismo patrón de delirio y marcada ideología militarista y el resultado promete ser igualmente catastrófico para todos los implicados, excepto para los enemigos de la democracia.

Una persona protesta contra el asesinato de Renee Good en Minneapolis.

No hay que olvidar que esto también estuvo ligado a la creciente militarización de las relaciones exteriores (Venezuela, Groenlandia) y, por último, pero no menos importante, al hecho de que Trump insinuó la posibilidad de posponer las elecciones de mitad de período a finales de este año. Esta cancelación llevaría a Estados Unidos a la dictadura.

En el fascismo y las dictaduras, tanto cercanas como lejanas, las elecciones son irrelevantes, especialmente cuando una nación se encuentra en guerra interna y externa. La representación es reemplazada por una aclamación ficticia y la delegación total del poder al líder. Con el fascismo, la separación de poderes desaparece. En Italia, España y Alemania, una vez que esto se materializó, surgieron regímenes fascistas. De alguna manera, la idea de formaciones paramilitares luchando en la arena política llevó a los fascistas a creer que sus grupos representaban la voluntad guerrera de la nación. Lo mismo ocurrió con la militarización de sus relaciones exteriores. Los fascistas veían la política como una forma de guerra que implicaba enemigos a los que se debía tratar con violencia, a menudo de forma letal.

La idea de un líder que militariza la política hasta extremos explica por qué Minneapolis y Groenlandia son dos caras de la misma moneda

Esta idea fascista de la política, impulsada por formaciones paramilitares, se concibe primero internamente como guerra civil mediante el castigo físico y la violencia en las calles, y luego externamente como guerra total. ¿Cómo de lejos estamos de esta situación? Como historiador del fascismo pienso que el peligro es extremadamente alto.

En el pasado, las dictaduras totalitarias se concebían como una forma mesiánica de salvación, ya que el líder sustituía la realidad por la ideología y, a su vez, creaba una nueva realidad totalitaria. Hoy observamos operaciones similares, particularmente en la equiparación de los caprichos del líder con la voluntad de la nación y en la militarización del pensamiento y la práctica política. La idea de un líder que militariza la política hasta extremos explica por qué Minneapolis y Groenlandia son dos caras de la misma moneda: un soldado sobre el terreno y un líder que interpreta de forma antidemocrática su mando supremo como la voluntad de la nación.

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