Soy Gorda (ESEGE) Narraciones

Alfabetización corporal

Clase de danza.

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En el tema gordo, el sentido común establece una sinonimia entre sobrepeso, pasividad, falta de movimiento, abulia, dejadez. Error; ese pensamiento está paralizado y debe moverse. Es que el sentido común, el más común de los sentidos, suele tener poca relación con la elaboración razonada del pensamiento, es producto del machaqueo, de la repetición de ciertas voces poderosas. Mediado por la opinión, aquello que los griegos llamaban doxa o, ya en la modernidad, por la ideología en el sentido marxiano de inversión de la realidad. 

¿Se acuerdan cuando el ex ministro de hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, llamó “grasa de la militancia” a los empleados estatales, estigmatizando a los asalariados públicos? La metáfora descalificadora del señor funcionario, dicha en un sentido nada poético, dio cuenta de la necesidad de re alfabetizar la visión corporal de los temas. Para algunxs más que para otrxs, claro.  

Si separamos los conceptos, nos vamos liberando de los prejuicios con que fuimos configurados y a los que estamos atados. Yo, por ejemplo, me formé como otrxs de mi generación en una escuela tradicional de danza, donde una profesora nos presionaba con un puntero distintas partes del cuerpo para que aprendiéramos bien las técnicas y abandonáramos lo que ella consideraba nuestros kilos demás. Cuerpos que de inmediato se transformaban en plataforma de la opinión pública de la clase por ese gesto que era puro abuso de poder. Naturalizamos el que nos maltraten, era “normal” esa educación. Lo recordé el lunes pasado, Día Nacional de les bailarines, en homenaje al nacimiento de Jorge Donn.

Cuerpos que de inmediato se transformaban en plataforma de la opinión pública de la clase por ese gesto que era puro abuso de poder. Naturalizamos el que nos maltraten, era “normal” esa educación.

Por eso, cuando hace algún tiempo fui a ver un espectáculo de danza moderna donde una gorda se movía con gran elasticidad y ofrendaba al público toda la potencia de su arte, me conmoví hasta las lágrimas, amplié mi campo de belleza y sentí que empezaba a transformarme. Lxs gordxs podían bailar… bien. ¡Bravo! Fue similar a la alegría que sentí cuando asistí a un show de 40-90, el conjunto fundado por la coreógrafa Elsa Agrás, integrado por bailarinas de las llamadas tercera, cuarta o quinta edad y con diversos formatos corporales. 

A propósito, hablé con Laura Fuksman, médica clínica, poeta y creadora de El cuerpo como brújula, un grupo de movimiento donde se considera que hay hermosura y singularidad en la creación de todxs los participantes. Fuksman realiza una verdadera tarea de alfabetización corporal. Me dice que, desde pequeña, tuvo un cuerpo más grande que el resto, “siempre fui muy alta. Por momentos tuve algunos kilos de más, pero con la sensación permanente de que mi cuerpo era tosco, que me llevaba a encogerme o apetisarme para no sobresalir. Me seleccionaban para cantar y actuar en la escuela y me moría de vergüenza. Recién a los 18 años, cuando conocí el Movimiento Vital Expresivo del Sistema Milderman, mi relación con el cuerpo cambió. Decidí formarme para difundir e irradiar el sistema. El motor fue y sigue siendo acompañar a otrxs en el proceso de aceptación del propio cuerpo. El que tenemos, el que somos y el lugar en el cual, indefectiblemente, vamos a vivir”.

En ese camino, Fuksman aprendió que los estereotipos de belleza y de salud son una construcción socio cultural. “Por fortuna, gracias a tantos años de activismo y a la generación millenial, algo está cambiando. Pero venimos de una larga temporada en donde el mandato, el patrón de cuerpo, fue el famoso 90-60-90. Si no encajabas te criticaban, te juzgaban y maltrataban una y otra vez. Los comentarios aparecían en la calle y en la casa, también la falta de talles reales. Y esto aplica no solo a gordxs, sino a todos los cuerpos diversos que reciben una marca peyorativa, una huella sobre la propia autoimagen y autoestima. Las personas gordas sufren mucho más bulling que las delgadas. En un estudio realizado en México los participantes declaraban preferir una pareja delincuente antes que con obesidad”, me contó.

“Lamentablemente no solo en las instituciones de danza, sino también en las agencias de modelos, hacen de todo para poder encajar en las medidas standard, incluso en contra de la genética: hambre, pastillas, batidos, ayunos y una larga lista de etcéteras. Esto afecta a las mujeres, pero hay muchos varones también con trastornos alimentarios o que consumen anabólicos de un modo indiscriminado para tener más músculos, lo que los lleva a desarreglos hormonales, impotencia, alteraciones en la fertilidad”, continuó.

El tamaño o el peso nada tienen que ver con la posibilidad del disfrute. Hay personas obesas más ágiles y flexibles que otras delgadas; rompieron con años de estereotipos al sentir, moverse, bailar y apropiarse de su esquema corporal con registro y amor. Otras se pasan medio día en un gimnasio haciendo una actividad que no les gusta. Por eso, frente a la alternativa de los aparatos solitarios y aburridos, tuvieron tanto éxito las clases más libres de salsa y zumba.

“La gente en general llega a la actividad con un cuerpo que aborrece, pero desconoce. Ignora sus posibilidades y sus verdaderas limitaciones. No sabe cuál es su tamaño real y moverse sin espejos ni coreografías, centrarse en las sensaciones, la autopercepción y el descubrimiento da lugar al placer”, sumó la doctora Fuksman quien hace poco les pidió a los participantes de su grupo que dieran un testimonio de qué les pasa con el movimiento: Esto fue lo que escribieron: 

“Mi cuerpo es capaz de expresarse, cada parte pueden necesitar moverse diferente, con independencia de las demás y eso me enriquece”.

 “Tomar conciencia de mi cuerpo me ayuda a verlo no sólo como instrumento para hacer, sino como lugar de encuentro, como una maravillosa caja de resonancia”.

“Me di cuenta de que cuento con recursos para no recurrir a la comida como única opción. A veces mi cuerpo necesita otro alimento: un masaje, una caminata o un mimo”.

Para Fuksman, cuyas mamá y tías vivían a dieta, hay que hablar con cuidado de la gordofobia, “para no caer en la gordofilia. No es cuestión de estar a favor de, o en contra de. No acuerdo con opinar sobre el cuerpo ajeno ni con colgarle a nadie una etiqueta con una catarata de características que se dan por añadidura y que quizás no apliquen a esa persona. No defiendo la gordura como bandera porque el cuerpo humano no está diseñado para llevar mucho sobrepeso. Creo que aporto al sumar conciencia sobre el cuerpo que cada unx tiene y el trato que le da. Los seres humanos comemos por hambre, comemos por placer, y también comemos por otro montón de cosas que no se solucionan con comida”. Aprender otros modos de tramitar esas sensaciones a través de recursos expresivos como moverse y danzar lleva a una vida con mayores satisfacciones, una existencia más feliz. La dicha en movimiento. 

 

LH

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