Opinión - Los cuadernos de invierno

American Psycho

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Es curiosa la relación que tiene Estados Unidos con los psicópatas que produce. En principio los apoya -les da viáticos, sueldos, armas- y después los declara enemigos públicos y los elimina a sangre fría, incluso contando con el beneplácito de un premio Nobel de la Paz: Barack Obama. Bin Laden al principio fue funcional a los yanquis -en realidad siempre lo fue- y cuando se pasó de rosca y planeó el ataque 77 a las Torres Gemelas empezó a ser perseguido por cielo y tierra. De haber sucedido hace miles de años, sin la tecnología actual, ese atentado homérico hubiera sido tan inverosímil como la historia del caballo de Troya. 

Con Bobby Fischer pasó lo mismo. Pienso en él porque esta semana mi amigo el Duch Arzeno me pasó una película protagonizada por Tobey Maguire, donde el ex hombre araña se pone en la piel del genio del ajedrez. La película está bien y creo que Gambito de Dama -la serie estrella de Netflix- le sacó algunas cosas. Lo bueno de la actuación de Maguire es que, siendo bajo de estatura, logra volver verosímil a un tipo altísimo (1,80) como Fischer, que solía inclinarse despatarrado frente al tablero de ajedrez mientras pulverizaba rivales. 

La vida de Fischer es la vida bipolar de la política de Estados Unidos: te doy, te saco. Al principio, cuando tuvo que enfrentar a la supremacía rusa encarnada en Boris Spassky como símbolo de la Guerra Fría, fue apoyado por su gobierno. Henry Kissinger le dijo por teléfono: “Andá y aniquilá a los rusos”. Fischer, entonces patriota, fue y lo hizo. Aunque ya mostraba una personalidad inestable, difícil de controlar, que terminaba agotando a su entorno. Ganó el título mundial en Islandia -una isla volcánica con noches blancas- y se recluyó, como Salinger, durante años, perdiendo el título mundial y empezando una vida errática y secreta. Los que lo conocieron de joven cuentan que, durante un torneo de ajedrez en un país tropical, Fischer había hecho entrar a su cuarto a un animal y lo tenía prisionero golpeándole con un zapato: “Si no hubiera tenido el ajedrez, -dice el testigo- se hubiera convertido en un psicópata”. 

La vida de Fischer es la vida bipolar de la política de Estados Unidos: te doy, te saco.

Es común en las biografías de Fischer hacer notar que tenía un coeficiente intelectual superior al de Albert Einstein. Pero no fue un chico estudioso, de hecho, al igual que Borges, no terminó el bachillerato y lo único que le interesaba leer en su juventud eran los libros de apertura de ajedrez. Tenía una vida social casi nula y se la pasaba encerrado con tres tableros y tres camas, durmiendo cada noche en una diferente y con el cuarto donde vivía hecho un caos, como los cuadros de Jackson Pollock. Tuvo una madre intensa y posesiva de la cual se separó radicalmente en su momento. Tenía una hermana más grande a la que soportó un poco más. Su lugar ideal, decía, era una mesa con sus libros, el tablero, un sillón y una ventana. Aunque está claro que la ventana sobraba. 

Pero, ¿cómo jugaba Fischer? Lo hacía de manera especial tanto en el tablero de ajedrez como fuera de éste, imponiendo condiciones extremas para finalmente presentarse a jugar. En un libro muy bueno que se llama Bobby Fischer se fue a la guerra, los autores Edmonds y Eidinow dicen que la presión que ejercía Fischer con sus requerimientos (este tablero no, sin cámaras, el publico más atrás, el aire apagado, las luces neutras, plata, plata, plata) era similar al juego del “gallina” al que jugaba James Dean en Rebelde sin causa. Este juego consistía en que dos conductores se lanzaban el uno contra otro en una distancia de varios cientos de metros, el conductor que se desviaba primero -el gallina- era el que perdía. Si ninguno se desviaba, el choque podía ser monumental. Fischer tensaba todo hasta ese nivel y los organizadores, por lo general, se desviaban para no chocar y le daban lo que quería para verlo jugar. En el tablero, los expertos dicen que Bobby podía jugar de diferentes maneras, de acuerdo al rival. Los soviéticos decían que tenía una influencia demoníaca sobre el contrincante y que lo aniquilaba espiritualmente. Los enfermaba. Fischer era agresivo en el juego y a pesar de estudiar sin parar aperturas y partidas tenía algo que era puramente intuitivo, hacía movidas que el “sentía” que estaban bien aunque el análisis no lo respaldara. Tenía conjeturas.  

Los músicos, los ajedrecistas y los matemáticos se parecen. Goro Shimura, el matemático japonés, dice algo respecto de sus estudios que podría ser también un manifiesto poético: “Las matemáticas deben contener bondad. Así que en el caso de la ecuación elíptica, uno puede decir que la ecuación es buena si puede ser descripta por una formula modular. Yo espero que todas las ecuaciones elípticas sean buenas. Es una filosofía poco elaborada pero constituye un buen comienzo. Yo diría que la conjetura surgió de la filosofía de esa bondad. La mayoría de los matemáticos hacen matemáticas desde un punto de vista estético, y esa filosofía de la bondad proviene de mi punto de vista estético”. 

Cuando alguien está escribiendo un poema de, por ejemplo, amor, tiene que saber todas las posibilidades de los poemas de amor, para tratar de encontrar el movimiento que saque al poema de la repetición. 

En los ochenta Fischer salió de su ostracismo para jugar de nuevo contra Boris Spassky. Lo hicieron en Belgrado, donde Estados Unidos mantenía un embargo como sanción. Le mandaron un comunicado prohibiéndole jugar. Fischer lo escupió en la conferencia de prensa. Bush ordenó su captura. Cuando sucedió el atentado del 11 de septiembre, Fischer se regocijó ya que dijo que “Estados Unidos tenía lo que se merecía”. Como le habían anulado el pasaporte, lo detuvieron en Japón y estuvo preso ocho meses. Para ese entonces parecía un ermitaño con larga barba blanca, desaliñado y los dientes rotos. Estaba paranoico y pensaba que tanto los rusos como los yanquis lo querían asesinar envenenándolo. Tampoco creía en la medicina occidental, a la que acusaba de mantener enfermos a los pacientes para sacarles plata. No se trató de una obstrucción renal y murió en Islandia, donde había conseguido asilo. Dicen que el ajedrez es el más implacable de los deportes, no hay vuelta atrás cuando movés la pieza incorrecta.

FC

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