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Juan Carlos Indart (1943-2024)

Un analista detrás de su deseo

Juan Carlos Indart murió el 1° de marzo.

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Quisiera abstenerme de esa tendencia al elogio al que suele deslizarnos la partida de una persona que deja tantas marcas –doctrinarias e institucionales– para la historia del psicoanálisis en Argentina y más allá, como es el caso de Juan Carlos Indart. Sólo puedo decir acerca de las que Juanqui dejó en mí.

Hacia fines de la cursada de la carrera de psicología sabía que la condición implícita para ejercer mi práctica era continuar una formación permanente. Una amiga me acercó a los cursos que por entonces impartía sobre la obra de Jaques Lacan. Una obra que hasta entonces –comparada con la lectura ágil de los textos de Freud– no me había resultado fácil ni simpática.  

El encuentro con su estilo inigualable, pronto hizo caer mis prejuicios. Su interpretación sobre aquel Estadio del Espejo, poblado de moscas indiscretas posándose sobre él para romper las certezas de la imagen, de canchas de fútbol, o de los dichos de jergas de barrios suburbanos, desafiando el estilo almidonado del típico intelectual porteño, fue la música que mis oídos provincianos necesitaban para poder entrar en esa obra monumental, escrita con extrañas puntuaciones gramaticales que dificultaban la inmediatez del sentido.  

No hacía tanto que él mismo había comenzado su práctica como analista, y aceptaba conversar sobre algún caso, con un interés despojado de infatuación. Así me encontré diciéndole sobre uno: “Quiero saber los por qué. Por qué algo se traba y, también, por qué va bien cuando va bien”. Lejos de impacientarse por un modo que podría sonar a demandas un tanto infantiles, me invitó a sumarme a un grupo de discusión clínica. Desde entonces, y hasta su reciente partida, tres viernes de cada mes me nutrí de sus argumentos, cada vez más inventivos, siempre atento a los cambios que cada época iba imprimiendo a los síntomas. Y soportó los míos, cosa que siempre me fue indispensable para poder pensar. 

Un maestro, un enseñante, puede ser uno de los rostros del Gran Otro garante del saber, posición casi inevitable en ciertas formas de transferencia. Hasta donde pudo –no dependía sólo de él–, Juanqui trataba de descolocarnos para evitar la repetición dogmática y posibilitar otro modo de elaboración de saber. 

En el grupo que por entonces conformábamos, alentó una transferencia de trabajo orientada, de la que resultó la publicación de varios libros. Prologó el primero diciendo que era fruto del “milagro de haber podido resolver una redacción conjunta”. Es que fueron elaborados en un clima de camaradería, de la que Juanqui no quería excluirse. Clima que impedía cualquier egoísmo o rivalidad en la que alguien pudiera sentirse propietario de tal área de saber. Por eso el resultado no fue una compilación de trabajos de autores, sino el saldo de esas extensas reuniones hasta entrada la noche, tratando de encontrar con el aporte de cada uno, un bien decir.

Si pienso en su insistencia de los últimos tiempos sobre el tema del amor real, un goce que toca los cuerpos en su vitalidad, viene a mi recuerdo ese talante que reinaba en cada uno de nosotros.

Podría decir también sobre la presencia amistosa que tuvo con mi familia, el nexo vascuence, el salteño, las memorables veladas musicales en las que ofrecía su voz y su guitarra –con el tiempo menos virtuosas, pero siempre disfrutables. 

En estos días he leído algunas notas de reconocimiento sobre la participación indispensable que tuvo en la fundación de la Escuela de la Orientación Lacaniana, y también elogiosas sobre su posición de enseñante de la obra de Lacan. Y es cierto que muchos analistas que emigraron esparcieron las marcas de su formación en muchos lugares de Latinoamérica y Europa. Se alude menos a su deseo como analista, un deseo que condujo al surgimiento de un deseo así en otros, pero que evitó restringir exclusivamente a los practicantes del psicoanálisis. Aceptaba nuestras invitaciones a charlas y jornadas en el hospital, en los espacios de interdisciplina, en las redes de asistencia, asumiendo la posición de un atento escucha que lograba extraer –sorprendido y sorprendedor– la pieza novedosa de saber que el presentador no sabía que sabía, y agradecía aprender algo nuevo cada vez. 

Con ese tenor vital, iba llegando a su momento de concluir, sin retroceder en abrir nuevos interrogantes. El segundo viernes de marzo, luego de las vacaciones, iba a ser el turno de plantear los míos una vez más. La respuesta faltante será su invitación a inventar sobre el vacío que deja en la trama de tantas existencias. 

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