Opinión

Apología del político: una despedida a Mario Meoni

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Martín Sivak me mandó un mensaje el viernes 23 de abril a las diez y media de la noche para contarme que mi amigo Mario Meoni había muerto. Acepto que lo leí con la condición de que se acepte esa lectura como una experiencia simultánea de ceguera, cuyo recuerdo todavía me estremece.

En la casa de Meoni, en Junín, lo estaba esperando su familia amada con la mesa lista para cenar y los televisores encendidos con la noticia negra. La tristeza de la escena tiene la violencia dramática de los cuentos de Raymond Carver en los que se reúnen los finales trágicos y los comienzos de la melancolía. Todavía llovía (para mí todavía llueve) en el kilómetro 112 de la Ruta 7 donde ocurrió el accidente que la física del aquaplaning no alcanza a explicar. Lo explica mejor ese tipo de fatalidad tan ordinaria en el que se cruzan dos cadenas causales como en un choque de trenes.

Alguien, hace unos años, mandó a clavar en la tierra de San Andrés de Giles, y en tantos otros puntos de las rutas argentinas, unos extraños guardarrails de unos diez metros con terminaciones filamentosas. Son armas cargadas en estado de reposo, trampas concebidas por una burocracia de la idiotez, esperando el momento de dañar. Ese fue uno de los llamados a la tragedia que, como sabemos, tiene la puntería del francotirador. El otro es el riesgo al que Meoni se exponía todos los viernes y todos los lunes, yendo y viniendo de Buenos Aires a Junín, liberando a sus choferes y encontrando en el viaje solitario un solaz de silencio y calma. Sólo así podía bajar del vértigo de la política que él practicaba como un deporte extremo, trabajando 12 horas por día y atendiendo personalmente el teléfono para hablar, sin la frialdad de la delegación, con gobernadores, funcionarios, concejales de pueblo y amigos de la infancia.

Cuando asumió como Ministro de Transporte lo visité en su despacho con vista al río, desde el que veíamos pasar un hormigueo de barcos, trenes, micros, aviones. Cualquiera de esos bichos que no llegara a su casa, la culpa iba a ser de él. Pero Meoni miraba satisfecho los extensos campos minados de su nueva responsabilidad. Quería su poder para los otros. Esos otros son los sujetos sociales y políticos a los que su pulsión protectora les prestaba más atención: los otros que están abajo, los apremiados, los olvidados, “las víctimas de la espera”. 

La misión política, desde su perspectiva, era una misión de principios compensatorios concebida para emparejar los desniveles de origen, y no contemplaba el descanso ni la renuncia. Cuando el 11 de febrero pasado terminó con una angioplastia en el Sanatorio Güemes después de un peloteo por una concesión, le pregunté por qué no se retiraba. Me contestó: “Ni loco. Estoy mejor que antes”.

Ahora me quedo colgado con la frase “desniveles de origen” porque se expande hacia un concepto político clave en las estructuras de desigualdad ultra cristalizadas, hoy bloqueado por un fetichismo del mérito que la cultura del privilegio agita sin ninguna conciencia de la paradoja que encarna. Pero también, incluso sobre todo, porque se trata de una experiencia que Mario Meoni conoció muy bien cuando a los 16 años lavaba copas en Yellow, un bar recoleto de Junín, mientras cuidaba a su madre de la depresión de la que salió para peor. Yo lo veía desde alguna mesa: ninguna tristeza, ningún resentimiento, ninguna queja. 

“Tuve que salir a trabajar”. A Meoni le gustaba pronunciar esa frase, a la vez candorosa y desafiante, y yo creo que lo que más le gustaba de sus términos era el verbo “salir”, una especie de bandera del self made man. Pero tener que salir a trabajar le impidió permanecer en el estudio, y abandonó la secundaria. Cuando apenas asumió como Ministro de Transporte, un periodista machacó sobre el supuesto déficit, y Meoni le dijo: “Los ministros de transporte vienen de diferentes lugares. Por ejemplo, el de Canadá es un astronauta. No lo veo muy al tanto del transporte terrestre”.

Hay un patrullaje curricular muy instalado en la política, en el que el grado y -ni hablar- el posgrado tienen un valor tan excluyente que no encuentro modo de no llamarlo provinciano. Es un criterio cerrado que concede saber únicamente al que lo obtiene de las instituciones, más prestigiosas cuanto más ortodoxas, costosas y remotas. O sea: las inaccesibles. En su nombre, se interroga con animosidad sobre la formación de políticos autodidactas como Meoni, cuando jamás lo harían con doctores de Harvard financiados por sus padres y capaces de inventar en sus cabecitas, por dar un ejemplo de fantasía que ojalá nunca ocurra, créditos hipotecarios de destrucción masiva con nombre de fruta en racimo.  

Meoni fue lavacopas, concejal, diputado, 12 años intendente, director de banco y Ministro de Transporte autotransportado. Su inteligencia fuera de serie para leer los mapas superpuestos, simultáneos y a menudo mojados de la política en todos sus niveles de profundidad, no impide considerarla (no hay por qué) un epifenómeno del afecto, es decir de las relaciones, para las que tenía un don y una voluntad muy llana de reciprocidad. De cada encuentro, una relación. Su bestia negra era que alguien sintiera su poder. Si el poder servía para hacérselo sentir a los demás, era mejor no tenerlo.       

El título de tapa del diario La Verdad del domingo 25 de abril decía: “Junín llora a Meoni”. ¿Llorar a un político como a un ídolo popular? La última vez, quizás la única, que Junín lloró a alguien en las calles fue a Eusebio Marcilla, un as del Turismo Carretera conocido como El Caballero del Camino por rescatar en Perú a Juan Manuel Fangio y a su copiloto tras un accidente en la vuelta Buenos Aires- Caracas de 1948. Marcilla murió en marzo de 1953, durante la Vuelta de Santa Fe. Iba primero, salió de la ruta y chocó su puerta contra un poste de luz. No se puede negar que el hecho obedece a la misma matriz de fatalidad del accidente de Meoni, a la misma precisión y al mismo sacrificio.

A diferencia de Marcilla, que nació con un volante en la mano, Mario Meoni tuvo su primer auto a los 30 años. Lo compró sin saber manejar. Nada, o muy poco, es más representativo de su vida que poner el carro adelante del caballo, condición imprescindible para el político de acción que encuentra su poética y su épica en hacer todo lo que haya que hacer, esté o no esté a su alcance (el político nunca sabe cuál va a ser el próximo problema que tiene que resolver: por eso decide ser político). En esas circunstancias, llega a Junín de visita el gobernador radical de Rio Negro, Horacio Massaccesi, al que luego hubo que llevar a Chacabuco. “Lo llevo yo”, dijo Meoni, y lo llevó.      

Recién ahora puedo ver en YouTube el cortejo funebre, seguido de una caravana interminable de autos oficiales, camionetas de campo, bicicletas, motos de baja cilindrada, caminantes. El paisaje social en el que se encuadró la despedida tuvo evidencias de unanimidad. Con una salvedad estadística: la proporción dominante de los que lo lloraron fue la de los más humildes. No todo es Sociedad Rural en la vida de los pueblos prósperos.

Hubo entre los pobladores humildes de Junín y Meoni una conexión de hermandad de la que nunca se desentendió. Su infancia fue su memoria política, traducida enciclopédicamente por él como simpatía socialdemócrata, siempre que se entienda “socialdemócrata” al pie de la letra, o sea lucha por un Estado de Bienestar (como ya no se entiende). Pero por los hechos también puede verse en su recorrido a un radical popular, un alfonsinista modelo ’83 y un anti antiperonista al que le gustaba pronunciar la palabra “gorila”.

Todo esto que intento decir enturbiado por el dolor de su pérdida y la conciencia de que ya no tendré su afecto de tantos años ni él el mío, ojalá sea entendido como una apología del político. El político no es el sujeto satánico que describen las usinas del entretenimiento moral, tanto más sucias e inútiles que la política. Para no hablar de los políticos antipolíticas. ¿O vamos a creer que los “políticos” antipolíticos son objetivamente mejores para el mundo que políticos como Meoni? 

Digo “como Meoni” porque vi muy de cerca su entrega kamikaze de servidor público. Pero hay muchos. ¿Cuántos políticos se matan en la ruta, se infartan, se deprimen, queman su tiempo personal en la hoguera de la gestión, entregan su salud y su reputación a una idea de cómo se podría vivir mejor? ¿Es sólo por narcisismo? ¿Por tan poca cosa es? Tiene que ser más justo imaginar que hay un fuego que mueve la pasión del político: el fuego que lo empuja a hacer lo que falta, lo que alguien que nadie sabe cómo se llama está esperando como al aire. Como dice el Rodríguez de Francia de Yo, el Supremo, esa belleza compacta de Augusto Roa Bastos: “Supe que poder hacer es hacer poder”. Para qué se hace poder es lo que hay que mirar. 

Lamento en el alma haber escrito esta nota.  

JJB