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SOY GORDA (ESEGÉ)

Asignaturas pendientes

El andinista Guillermo Vieiro

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El último 20 de junio mi amiga, la psicóloga Mónica Rosemberg, reunió a otras muy cercanas en su casa y, entre tés frutales y ahumados y masitas riquísimas, escuché a su vecina, Azul Vieiro, contar que había escalado el cerro Tupungato pocos meses antes. Su objetivo no fue desafiar las posibilidades de su cuerpo, sino rescatar la mochila con la cual su padre, el andinista Guillermo Vieiro, había encarado varias travesías y que había quedado allí, luego de su muerte en las alturas.

No conocía a Azul, ni su historia ni la de su progenitor, pero el director y dramaturgo Mariano Pensotti, cabeza del Grupo Marea, escribió sobre aquel episodio fundamental de la vida de ella, casi calcada y en versión masculina, y la convirtió en un espectáculo teatral.

Cuando el Día del Amigo se hizo noche, recibí un correo en el que me invitaban a asistir a una función de la obra que parecía calcar la vida de Azul. No tuve dudas: tenía que ir con ella. De inmediato, le pedí a Moni el watssap, la llamé y la invité a ver la pieza juntas. Fue el sábado pasado.

En Una sombra voraz, un hijo intenta llegar a la cima de una montaña buscando conectarse con el padre, al que perdió en ese paisaje inhóspito y muy elevado. La búsqueda se centra en hallar la cámara fotográfica, la cantimplora, una bitácora... algún testimonio material que dé cuenta de que ese hombre que le dio la vida estuvo antes allí y dejó una señal, una huella.

Azul es abogada y escaló en el último enero el cerro Tupungato, con su hermana Guadalupe. Las acompañaron guías de montaña, baqueanos y filmakers que documentaron el periplo. El propósito, logrado, fue recuperar la mochila de Guillermo Vieiro, quien murió hace cuarenta años durante la escalada del macizo mendocino.

Vieiro perdió la vida practicando andinismo, el deporte extremo que lo apasionaba. Ese señor, que desapareció para siempre cuando Azul tenía seis años, había sido tapa de una revista de actualidadmuy popular cuando alcanzó el pico del Everest, la montaña más alta de la Tierra, de 8849 metros. Era la primera vez que alguien llegaba a esa altura sin mochila de oxigeno.

El padre de Azul fue protagonista de expediciones de riesgo, al abrir en los Andes y en el Himalaya rutas desconocidas. Exploró caminos vírgenes, atravesó canaletas de roca y hielo, padeció el frío y la incertidumbre. Lo empujó el deseo. También fue rescatista, descubrió los restos de la escaladora norteamericana Jeannette Johnson, ocurrida en 1973 en el glaciar Los Polacos. Hoy una escuela de escalada patagónica lo homenajea con su nombre.

El domador del Aconcagua, le decían. Murió con su compañero Leonardo Rabal, el 28 de enero de 1985, luego de lograr la primera ascensión del volcán Tupungato, por la pared este. Lo encontró su amigo y compañero de cordadas, Ulises Sila Vitale, que lo bajó del cerro.

La escena teatral muestra a Julián Vidal, hijo de un famoso alpinista que desapareció intentando llegar a la cumbre del Annapurna en 1989, cuando él era pequeño. En 2017, con 40 años y antes de retirarse, intenta completar la escalada en la que murió su padre. Pero al hacerlo algo absolutamente inesperado le sucede. La ficción de una vida se expone como un falso biodrama.

En 2021 se filma la película sobre Vidal y para interpretarlo convocan a Manuel Rojas, un actor cuya carrera está estancada. Realizar el filme cambiará su vida y descubrirá que su biografía tiene más de un punto en común con la historia de Vidal.

Vemos en escena a Julián y Manuel, representando cada uno su versión de la experiencia.

Ambas historias se intercalan, mostrando similitudes y diferencias.

Una sombra voraz es también una versión del vínculo de padres e hijos. Seres desaparecidos cuyos hijos mitifican y seres presentes cuyos hijos desprecian. El cambio climático está derritiendo los hielos del mundo y aparecen cuerpos enterrados en las montañas. La naturaleza devuelve a los muertos y algo nos quiere decir. Mientras tanto, el tiempo parece deshacer los mitos que las familias forjan en torno a los patriarcas.

¿Vos sos...?, le preguntó Pensotti a Azul y se dieron un largo abrazo. Fue al final de la función, en el hall de Dumont 4040. Ficción y realidad se entremezclaron. Es frecuente, pero en este caso, además, hubo una sincronía entre el momento en que ella acometió la aventura de reunirse con el legado paterno y el estreno de la pieza.

Dos días después de gozar del impecable trabajo actoral de Patricio Aramburu y Diego Velázquez en esa trinchera de lo efímero, me encamino a Hasta Trilce para ver Cuestiones con mi padre, una comedia dramática escrita y dirigida por Andrés Bazzalo. Cuenta el reencuentro de un hijo adulto, Pablo (Pablo Mariuzzi) que se ha ido a vivir lejos del país, con su padre (Tony Lestingi), un viejo actor de teatro independiente. Cuando el primero era un niño escuchaba fascinado los capítulos de La isla del tesoro en la voz de su padre, quien le leía en la duermevela.

Ahora el hombre mayor no puede autovalerse y es su hija (Natacha Delgado) quien se ocupa de él. El padre parece no reconocer al hijo, y eso es parte del juego de la pieza. Luego de algunas resistencias recíprocas surge la ternura. Aquel amor primigenio expresado en la animación de la lectura reaparece como un tesoro perdido y recuperado. El afecto viaja de contrabando entre las discusiones que distancian y parece llegar para quedarse.

Son historias de como el reencuentro real o simbólico entre hijos adultos y padres puede reparar, completar e iluminar lo que quedó pendiente.

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