Opinión

El Brasil de Lula y Cardoso: las relaciones peligrosas y las afinidades electivas

Posando con barbijos blancos que cubren nariz, boca y mentón, miran a la cámara y se saludan con los puños el último presidente socialdemócrata y su sucesor el primer presidente obrero de Brasil, sobre el fondo de obras de arte en los muros. Invitados por el ex ministro de Defensa Nelson Jobim, habían almorzado “con mucha democracia en el menú”, dice el tuit de @LulaOficial, que publicó el viernes la foto de Ricardo Stuckert

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Meditada o espontánea, la perfección útil de cada detalle informado sobre el almuerzo compartido por Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva abona la fertilidad política del encuentro. Noticia perfecta, y comunicación perfecta. No se da a conocer de inmediato, ni mucho menos en ‘tiempo real’. Lula hace un uso histórico-documental del Twitter, publica la foto días después en su cuenta @LulaOficial, sin precisar la fecha ni el lugar, y refiere en tercera persona del plural y en pretérito simple del indicativo, un hecho consumado pero no inesperado, sin énfasis ni destaque, sin alusión a causas ni fines: “Por invitación del ex ministro Nelson Jobim, el ex-presidente Lula y el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso se reunieron en un almuerzo con mucha democracia en el menú”.

Otro tuit despliega con pareja sobriedad ese menú sustantivo y frugal: “Los ex presidentes mantuvieron una larga conversación sobre Brasil, sobre nuestra democracia, y sobre la indiferencia del gobierno Bolsonaro para enfrentar a la pandemia”. Ni acuerdos, ni promesas, ni coaliciones, ni alianzas.

La mediación Jobim, o cómo sin emedebistas no habría petistas ni socialdemócratas

Ni el último presidente socialdemócrata, ni su sucesor el primer presidente obrero de Brasil tomaron la iniciativa de almorzar juntos: accedieron a la invitación de un tercero. Es un desafío abierto encontrar mediador más atiborrado de señales positivas y mensajes extrapartidarios que Jobim. Este abogado coetáneo de Lula (75 años), pariente lejano pero probado del músico bossanovista Tom Jobim, sirvió como ministro tanto en los gabinetes de Fernando Henrique como de Lula y Dilma Rousseff. Fue ministro de Justicia de FHC, quien en 1997 lo propuso como ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), del que en 2004 llegó a ser presidente, votado por el resto de sus integrantes. Jubilado en 2006, en 2007 fue nombrado ministro de Defensa por Lula, y mantuvo la cartera hasta 2011, en la primera presidencia de Dilma. Legado de sus años en la función pública y la magistratura es la fluidez de sus contactos con las cúpulas judiciales y militares. Hoy Jobim es el presidente del Consejo de Administración de BTG Pactual, el mayor banco de inversión de América Latina y el mayor administrador de activos independientes de Brasil -y uno de los más grandes gestores mundiales de activos forestales-: otras voces y otros ámbitos, convidados a la mesa de Lula y Cardoso y presentes en la persona del dueño de casa.

Ni tucano ni petista, Jobim inició su carrera política en 1987 como diputado federal por Rio Grande do Sul.  Era emedebista. Su partido es el Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, hoy recortado en MDB), el mayor partido del país por número de afiliados, que pendularmente apoyó al PSDB y al PT, y de fuerte presencia en el Congreso. En la Cámara de Diputados, el MDB integra el bloque mayoritario (322/513 bancas), al que también se ha adscrito el PSDB. El PT tiene 53 bancas, pero el PSDB sólo 33 propias. Las elecciones del primer domingo de octubre de 2022 son generales, y renovarán las 513 bancas de la Cámara de Diputados. También, 1/3 de las 81 bancas de Senadores, donde el PSDB tiene siete bancas, el PT seis. El MDB 15 (más que ningún partido) e integra el bloque mayoritario. PT y PSDB integran bloques minoritarios. Sumadas tres bancas a las seis del PT, es el Bloque Parlamentario de la Resistencia Democrática. Las tres bancas son del Partido Republicano de Orden Social (PROS), partido pega-tudo (de amplio espectro inclusivo) alineado con el presidente Bolsonaro hasta marzo de 2021.

El PMDB decidió, históricamente, qué se vota y qué no en el Poder Legislativo. A cambio de favores (licencias para las radios evangelistas -tampoco quieren a la Iglesia, en esos estados-, exenciones impositivas, asignaciones de obras públicas en sus territorios...). O a cambio de dinero. Con ese dinero, dieron sus votos, pero también afianzaron más y más su propio poder en sus feudos electorales y territoriales, donde además son dueños de los medios de comunicación, donde ganan los gobiernos municipales, y donde la educación está en mano de escuelas privadas subsidiadas. En el primer bienio de su gobierno (1994-1996), Cardoso se jactó de sus manos limpias, porque no le daba dinero al PMDB (sólo le daba favores 'legales'); esto se acabó cuando tuvo que pactar la reelección, y empezó a pagarles su mensalão a los legisladores del PMDB, que así subsidiados votaron e impulsaron la reforma constitucional. Cuando Lula ganó la presidencia en 2002, tuvo el mismo reclamo de las bancadas del PMDB. Como el PT buscaba la sanción de legislación social que iba a corroer las bases del poder del PMDB en sus feudos (por ejemplo, la instauración de planes federales de nutrición, vacunación, alfabetización, a cargo de agentes federales -es decir, estatales, nacionales- y no estaduales -'provinciales'-), hubo que pagar más, porque se creaban conflictos entre gobernadores en territorio y diputados y senadores en Brasília (de hecho, Brasil había gastado antes millones y millones de dólares en planes de nutrición, vacunación, alfabetización cuya ejecución se había dejado, hasta la llegada del PT, en manos 'provinciales').

El senador Fernando Collor de Mello, antiguo profeta y nuevo aliado del PT

El senador decano de PROS, que representa al nordestino estado de Alagoas, es Fernando Collor de Mello, que fue el presidente más joven de Brasil, el primero en ser elegido por voto popular directo, el candidato del Partido de Renovación Nacional (PRN) que venció a Lula en la segunda vuelta de 1989, el primero en ser apartado de su cargo por un impeachment en 1992 –por un esquema que se aseguraba influencias con fondos estatales-. En 1991, el relator de la acusación contra Collor en el impeachment promovido en la Cámara baja fue el joven diputado Jobim. En 2008, Collor fue absuelto por el STF por las fallas procedimentales insalvables e interesado manejo de las pruebas en los procesos que se le habían seguido; un año antes, en su libro Resgate da História, Collor había dado su versión, de víctima del lawfare.

La historia del novedoso aliado del PT, en sus contornos externos, anticipó las de Lula y Dilma y va al centro de uno de los resortes del encuentro entre Lula y Cardoso. Por las desigualdades estructurales de la Constitución y las Leyes electorales brasileñas, ni el PSDB ni el PT contaron con mayorías en el Congreso. La reforma política es imposible de realizar en las actuales condiciones, sin variación capital desde el fin de la dictadura en 1985: sería necesario que los privilegiados votaran el fin de sus privilegios. Uno de los rasgos básicos de la Constitución brasileña de 1979 es la desigualdad de la representación. Unos dos quintos (2/5) de la población del país, que equivale a los cinco Estados más despoblados, tienen los dos tercios (2/3) de los votos en el Congreso. Y esto no sólo en la Cámara de Senadores, sino en la de Diputados. La población más educada y mejor alfabetizada, la del Sur y Sureste, que corresponde a los cuatro estados más poblados, tiene un cuarto de los votos en el Congreso. 

Para ello, tanto FHC como Lula o Dilma necesitaron pactar y comprar, legal o ilegalmente, los votos que necesitaban para poder gobernar. Esquemas como el de PC Farías (durante Collor) o el del Mensalão y Petrolão (durante FHC, Lula y Dilma) eran respuestas a problemas para los cuales no existe opción legal disponible.

Además, todas las alianzas eran posibles, salvo una, cuya habilitación se abre al futuro con el anuncio del balotaje de Cardoso: la del PT y el PSDB. Porque eran los dos partidos competitivos en las presidenciales. El PMDB es el mayor partido de Brasil por afiliaciones y presencia territorial, pero no presenta candidaturas a presidente. Es el partido vencedor en estados con poca población, poco peso en la economía pero sobre-representación en el Congreso. Pero es un partido que en su historia nunca presentó ni una sola candidatura presidencial. Michel Temer, el vice de Dilma que la sucedió después de romper su alianza con el PT, era el tercer presidente del PMDB en la historia brasileña, vices que asumieron después de impeachments o muertes. José Sarney sucedió a Collor.

Ciro Gomes, el tercero en discordia

Las heridas que infligió al PSDB el curso de los acontecimientos de 2016 que condujeron al impeachment de Dilma y a la proscripción de Lula fueron más crueles que las que sufrió el PT, y más fatales. No cayó al tercero, sino al cuarto lugar en las presidenciales de 2018. Ese partido metropolitano y tecnocrático o meritocrático, laico y civilista, liberal en economía, moderno en su agenda social y de género, cuidadosamente correcto y ecologista, arrogantemente científico, quedó marginalizado en la ola anti-intelectualista, anti-elitista, religiosa, moral, militarista, familiarista, extractivista, la ráfaga de bueyes, biblias y balas. La posibilidad de una convergencia programática en el Congreso podría servir ahora para arrancar al PSDB de esa marginalización o inoperancia. Cuando los bipartidismos históricos desaparecen arrasados por fuerzas exteriores, que se apoyan en la denuncia de la vieja política, la incontaminación de los anteriores polos de una polarización que ya no existe dejó de ser conveniente.

Más todavía, cuando el bipartidismo desapareció a expensas de uno de los partidos, y el otro se convirtió en uno de los polos de una nueva polarización que nada retiene del viejo sistema, porque los líderes no consideran saludable la alternancia, y cada uno ve al otro como la pecaminosidad completa y el fraude personalizado. El PSDB toleraría mejor el cambio radical de horizonte si le tocara a él enfrentar a Bolsonaro, pero los números son del PT.Según la encuesta de Exame / Ideia conocida el viernes sobre intenciones de voto, en primera vuelta después de Lula y de Bolsonaro, que van primeros con dos dígitos, el tercero, con el 4%, es el demócrata laborista Ciro Gomes. El PSDB no va ni siquiera cuarto, como en 2018, sino quinto, detrás de la candidatura personal de Sérgio Moro, que cuenta con un 2 por ciento de intenciones.

Su emblema la rosa aferrada por vigorosa mano obrera, el PDT es un partido histórico celoso de ser único del país afiliado a la Internacional Socialista y el auténtico heredero de Getúlio Vargas –la estirpe de la versión brasileña del peronismo se la disputan estos socialistas al Partido Laborista Brasileño (PTB). En 1990, los demócratas laboristas tenían tres gobernadores (Lionel Brizola, figura de primer orden en la lucha contra la dictadura, en Rio) y 46 diputados y fue encarnizado enemigo de FHC. Poco a poco, el PT de Lula absorbió buena parte de su base electoral. Sexagenario apenas más joven que Bolsonaro, Gomes fue diputado federal por el nordestino Ceará, gobernador del estado, ministro de Integración Nacional de Lula,  codirector de la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN, la Petrobras del acero), tres veces candidato a la presidencia (salvo en 2010, cuando se apartó para favorecer la candidatura del tucano Aécio Neves). Abogado, profesor universitario, cuatro cónyuges (dos, presentadoras y productoras de tevé de alto perfil), el estilo pugilístico de la violencia verbal de Gomes puede competir, ya desde las básicas preferencias léxicas, con el de Bolsonaro. Que le hizo juicio por calumnias e injurias a Gomes (que lo había acusado de lavar dinero por quedarse con fondos del PP), pero después retiró la denuncia. A Eduardo Cunha (MDB) lo llamó el “mayor bandido del país”; el ex presidente de la Cámara de Diputados, el que inició el impeachment a Lula, le abrió un proceso, y después desistió. Está procesado por calumnias por haber llamado “farsante” a Doria (PSDB), gobernador de San Pablo.  Fue condenado a pagar 20 mil reales de indemnización al ex presidente Michel Temer, al que llamó “ladrón fisiológico”. Y condenado a pagarle 400 mil reales a Fernando Collor por definirlo como “playboy”, “adicto al sexo”, y “falopero”.

En las presidenciales de 2018, Gomes salió tercero, después de Bolsonaro y del candidato del PT Fernando Haddad, con el 12, 47% de los votos. El candidato del PSDB, Geraldo Alckmin, venía cuarto, pero ya muy atrás, con el 4,76% de los votos. En el balotaje de esa elección, entre Bolsonaro y Haddad, FHC anuló su voto, para que no favoreciera a ninguno de dos enemigos de los que, decía, nada bueno podía esperar el Brasil. Y mucho menos el PSDB. El mensaje personal de FHC, a través del almuerzo y de la foto, es anunciar que nunca más adoptará ese altivo o resignado neutralismo, y que si en el balotaje del cuarto domingo de octubre de 2022 se ve nuevamente enfrentado entre un candidato del PT y Bolsonaro, votará por el petista, que en este caso es Lula, el rival al que derrotó dos veces, y que lo venció una tercera. Uno de los primeros en congratularse por la reflexión de FHC fue Haddad, que sin mencionar el voto del expresidente en 2018, señaló entrevistado por CNN que era la mejor decisión, y que era la que había adoptado el PT en la ciudad de Río de Janeiro: como no había candidato del PT, votaron en balotaje al del PSDB, para oponerse al oficialismo. Es lo que hace cualquier persona racional, concluía, sin insinuar que el PSDB imitaba al PT, concluía el académico y ex ministro de Educación, cuando el propio partido ni llega a la elección -nosotros a una municipal, ustedes cuartos en la nacional-, conviene votar al más afín ideológicamente, especialmente si gana, y ese apoyo es una tercera vía.

FHC, o el rescate de la relevancia partidaria por la vía del protagonismo personal

Más acá de la determinación de las intenciones, tarea de éxito incierto, y del cálculo de los efectos, prematuro, hay dos buenas razones que recomiendan esa decisión de Fernando Henrique Cardoso. A diferencia de 2018, el pronóstico es que en 2022 el PT va a ganar, y entonces esa decisión en el balotaje, o ayuda a ganar a Lula, o es un voto para el ganador. Un ganador que después ayudaría a la recomposición del PSDB, por alianzas en el Congreso, y aun participación en la función pública. Un PSDB ‘colaboracionista’ con la izquierda, podría hacerle retener y aun drenar votos de la izquierda liberal, en el Congreso, y en los estados. Al levantar el cordón sanitario alrededor de Lula y el PT, FHC puede presentarse, ante ese partido al que ahora no quiere perjudicar, como aval para el retorno del voto de clases medias urbanas metropolitanas disgustadas con Bolsonaro pero que en su retirada no estaban dispuestas a regresar al PT.  

Si el PSDB llegó en el gobierno federal a su marginalización actual, su causa se remonta al fracaso de las estratagemas con que FHC quiso concentrar, en su partido, y más todavía, en su facción dentro de él, el poder y las funciones que quedarían libres descabezados el gobierno de Dilma y el liderazgo partidario del oficialismo. No sin fatalidad, el Maquiavelo ex desarrollista entró en la pendiente irremontable en la encrucijada de no saber cómo manejarse ante un acontecimiento al que PT y PSDB eran ajenos, pero que habría sido imposible sin años de común desaprensión, porque el protagonismo correspondió al PMDB.

A mediados de octubre 2015, el Gobierno suizo informó al Procurador General en Brasilia que Eduardo Cunha tenía cuatro cuentas en Suiza, una de ellas a nombre de su esposa, televangelista como él; la pareja era dueña de una flota de limusinas a nombre dos empresas (una llamada jesus.com). Total del dinero depositado en las cuentas, 16 millones de dólares, 37 veces más que toda su fortuna declarada en Brasil. Cardoso se había estado fotografiando demasiado con Cunha, y el PSDB lo había cortejado demasiado, le había hecho promesas políticas. Cuando llegaron desde Berna estas informaciones ciertas, estas pruebas incontrovertibles de la corrupción -mucho más de todo cuanto había contra Dilma o Lula-, el PSDB y Cardoso, legalistas, declararon que todos somos inocentes antes de que se demuestre lo contrario. Pero las bases partidarias reaccionaron, y pidieron retirar el apoyo a Cunha. Viendo que el PSDB lo abandonaba, Cunha se dio vuelta: fue a hablar con el PT y ofreció bloquear los pedidos de impeachment a Dilma a cambio de que el PT no votara su desafuero cuando llegara. Dicho y hecho. Aquí fueron las bases del PT las que pidieron que el Partido se saliera de esta calesita, y así rompieron el pacto de impunidad recíproca con Cunha. En este momento de vertiginosas alianzas y rupturas, PT y PSDB parecieron aislados y sin iniciativa. Esta iba a pasar al Congreso, y se iba a destacar un diputado, por las dedicatorias cristianas, nacionalistas, militaristas, con las que votaría el impeachment a Dilma que Cunha haría pasar en agosto de 2016 de modo que no dañara más que la presidenta, no favoreciera más que al PMDB, y eclipsara al PSDB. Jair Messias Bolsonaro iba a ser ese candidato, nacido del Congreso, sin partido, hoy presidente. A sus 89 años, Cardoso no quiere ser, como el uruguayo Julio María Sanguinetti, un intelectual saludado como estadista en el exterior, mientras que su propio partido, el Colorado, lo culpabiliza del relegamiento a la irrelevancia, cuando el bipartidismo se reconstruyó en los polos de izquierda y derecha con blancos y frenteamplistas. El presidente del PSDB, Bruno Araújo, señaló que si el gesto de “Cardoso ayuda a derrotar a Bolsonaro, ningún bien le hace a la candidatura presidencial socialdemócrata de 2022”. Las ideas de Cardoso sobre cómo recuperar relevancia para el PSDB, a costa de sin duda recobrarla antes él mismo, acaso no convenzan a todos en su partido, empezando por la cúpula. 

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