Opinión

Un caballo de Troya en el Día de la Tradición

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Hoy se celebra el Día de la Tradición en homenaje al natalicio de José Hernández, autor del Martín Fierro. La efeméride tiene una historia conocida: una agrupación tradicionalista  la propuso a fines de los años treinta. Tiempo antes, en 1913, Leopoldo Lugones –ya embarcado en el camino que lo llevaría a posturas autoritarias– había sugerido que la obra de Hernández fuese considerada el gran poema épico de la nación, la mejor expresión de sus verdaderas tradiciones. El gaucho, desde su visión, era el crisol espiritual de la patria. Valeroso, libre y caballeresco, pero también leal y respetuoso de las jerarquías sociales, había sido el núcleo primordial de la nación. Consagrar al gaucho en ese sitial, esperaba el intelectual, serviría como antídoto frente al “cosmopolitismo”, a las ideas de izquierda y a los disturbios que él asociaba a los gringos revoltosos. En su momento la propuesta de Lugones fue recibida sin demasiado entusiasmo, pero las cosas cambiaron en el clima cultural de los años treinta. La idea de celebrar un Día de la Tradición cuadraba bien con los nacionalistas de entonces, que venían ganando fuerza, en especial con Manuel Fresco, el conservador de extrema derecha que había sido electo gobernador de la provincia de Buenos Aires, fraude mediante. Así, en 1939, la legislatura bonaerense le dio a la efeméride sanción legal. Desde entonces comenzó a celebrarse con actividades públicas y escolares y ese mismo año se la acompañó de una Fiesta de la Tradición, que desde entonces llevaría anualmente a las ciudades de la provincia toda una parafernalia gauchesca: desfiles de jinetes, carreras de caballos, corridas de sortija, fogones, asados, música y bailes nativos, exposiciones de artesanías. En 1943, por decisión del Ministro de Justicia e Instrucción pública de la nación, el derechista Gustavo Martínez Zuviría, el Día de la Tradición se hizo extensivo a las escuelas de todo el país y cinco años más tarde un decreto de Perón le daría alcance nacional. El ciclo estaba concluido: con el apoyo del Estado, el gaucho y el Martín Fierro se habían erigido en emblemas oficiales de la Argentina. Los nacionalistas de derecha podían sentirse satisfechos. 

Se trató de una victoria sin embargo dudosa. Mucho antes de que Lugones y la derecha le prestaran atención, el gaucho ya se había convertido en un emblema popular. Desde que apareció en 1872, Martín Fierro, impreso como folleto barato, había circulado profusamente entre personas de clase baja, junto con decenas de historias similares sobre gauchos rebeldes. Inicialmente, el público “culto” no le había dado ningún valor literario. Fue el consumo popular lo que lo salvó de quedar en el olvido, como tantos otros poemas gauchescos. Fueron las clases bajas, tanto criollas como gringas, las que desarrollaron una afición por las historias de gauchos matreros, en las que veían una vindicación de su clase frente a un Estado oligárquico que los excluía y oprimía por igual. Curiosamente, antes de ser un emblema nacionalista, el del gaucho fue un emblema antiestatal. Porque historias como la de Martín Fierro o Juan Moreira hablaban esencialmente de las injusticias de los de arriba, de la parcialidad de la ley del Estado, de la postergación de los criollos, de la pérdida de libertades que significaba el avance del alambrado.

No es casual que fuesen los anarquistas, desde fines del siglo XIX, quienes primero sacaron provecho del gaucho como emblema político. Es que el matrero fugitivo, desertor, perseguido de la ley y los patrones, acorralado por la expansión de la propiedad privada, parecía hecho a medida de su propaganda. No fueron los únicos: ese criollismo popular y antioligárquico fue movilizado también por las vertientes más obreristas y plebeyas de la UCR, por el lencinismo y el cantonismo, incluso por los comunistas. Mucho antes de que el Estado convirtiese al gaucho en artículo de prédica conservadora, el gaucho ya circulaba como emblema subversivo. Fue precisamente por eso, porque el gaucho ya se había ganado ese lugar, que la derecha intentó apropiarse de su voz para quitarle sus tonos rebeldes. Nunca lo consiguió del todo.

Hay que ver las volteretas retóricas que tuvo que hacer la derecha militarista cuando intentó usar para su causa el poema de Hernández. ¿Martín Fierro convertido en pilar de un culto nacionalista? ¿Justamente un desertor, que prefirió mandarse a mudar con los indios, que hablaba pestes de los militares argentinos y que no se cansó de ensartarlos con su cuchillo cada vez que tuvo la oportunidad? Transformar un texto así en piedra angular del sentimiento patriótico requería un importante esfuerzo de la voluntad; más sencillo habría sido convertirlo en ariete contra cualquier nacionalismo.

El gaucho se transformó en emblema oficial y el Martín Fierro en el poema nacional. Pero el contenido de ese culto nunca pudo ser del todo controlado por los sectores tradicionalistas de derecha. A través del tiempo siguió inflamando visiones de la nación disidentes, incluso antagónicas. La figura del gaucho en armas, el montonero, inspiró en buena medida la formulación de algunas de las primeras contrahistorias revisionistas de la Argentina. Algo más tarde la izquierda peronista y la izquierda nacional utilizaron intensamente el emblema gaucho para invitar a la rebeldía. Un revisionismo ahora de tono izquierdista recuperó el Martín Fierro como vector de la denuncia del liberalismo y de las clases altas porteñas. El propio nombre que la organización Montoneros eligió para sí los vinculaba con las historias de rebeldías gauchas y federales del siglo XIX, que habían sido transmitidas por el criollismo popular en folletos baratos y en el circo criollo. Y la voz del personaje de Hernández reapareció en el cine de protesta de Pino Solanas con Los hijos de Fierro (1972), que traía al presente la tragedia del gaucho Fierro para explicar la historia del peronismo y las tareas de la hora.

En fin, el gaucho y su epítome, Martín Fierro, fueron emblema de argentinidad. Pero más que un emblema de unidad, fue el índice de los profundos desacuerdos que hemos tenido como nación. La voz y la figura del gaucho fueron usadas para llamar a la obediencia tanto como a la subversión, al orden patriarcal tanto como a la rebeldía, a la identificación con las clases altas tradicionales tanto como a la lucha contra ellas. A través de las historias de matreros se invitó a despreciar a los indígenas tanto como a asumir su defensa contra el gringo y se postuló una Argentina de origen exclusivamente hispánico tanto como una mestiza y morena. Y finalmente, la figura del gaucho pudo acoplarse bien a las narrativas históricas que propuso el nacionalismo liberal (por caso, cuando se lo exaltó como hueste de San Martín o de Güemes) pero también supo impugnarlas profundamente, cuando animó visiones revisionistas. Más que algún consenso supuesto acerca de qué somos o debiéramos ser los argentinos, el emblema gaucho encapsula nuestros desacuerdos y enfrentamientos políticos, de clase, étnicos y raciales. Que a esta altura ya conforman en sí mismos una verdadera tradición. 

EA/WC

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