Oíd el Ruido Opinión

Cantar mejor que gobernar: Alberto Fernández, Litto Nebbia y una canción resignada en medio de los gritos

Alberto Fernández con Litto Nebbia. Esta semana el Presidente cantó en público uno de los temas del música que idolatra.

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La música de Litto Nebbia, en especial el de los primeros setenta con su punto más alto de creatividad (Muerte en la catedral, Melopea), merece ser pensada y valorada fuera de estas urgencias y no traída a la discusión por un fan que no es cualquier fan. Se trata de alguien que ocupa un lugar saliente dentro del drama argentino: el presidente de la república. Cantar a Nebbia desde el poder y cuando la crisis se expresa a los gritos, supone, entonces, un problema que excede a la misma música. Pero habría que detenerse primero en la acción, en el hecho de cantar.

“Busco un bien fuera de mí/ no sé quién lo tiene”, canta el paje Cherubino en el segundo acto de la ópera Las bodas Figaro. A lo que la condesa reacciona con embeleso: “Bravo, qué bella voz. No sabía que cantabas tan bien”. Susana, la prometida de Fígaro interviene: “Oh, en verdad él hace bien todo lo que hace/ rápido, vamos, bello soldado”. Un chiste de vieja data recupera la escena mozartiana. Hay un soldado ahí, mejor dicho, más de uno, y se encuentran en una trinchera del ejército italiano en medio de la Primera Guerra. Las balas pueblan el espacio y es preciso rodear al enemigo. Un oficial ordena a su tropa avanzar, sin lograr que reaccione. Repite su llamado a la acción. Pero nada. “Soldados, ataquen”, insiste, esta vez con un mayor dramatismo. La orden no se consuma, tiene solo como devolución la misma respuesta de la condesa mozartiana. Su voz había sido tomada como objeto de goce y contemplación estética a pesar de las circunstancias.

¿Y qué reacciones ha suscitado Fernández después que el pasado miércoles, 25 de mayo, se subió al escenario para cantar “Solo se trata de vivir” durante el “locrazo” que organizó el Movimiento Evita en Florencio Varela? Desde ya, los aplausos de los comensales. La cortesía no se le niega a nadie, y menos a un presidente que quiere animar la digestión de estómagos no siempre llenos. “Es un personaje muy especial, gobierna peor de lo que canta”, opinó Carlos Ruckauf e hizo sonar sus blasones de peronista avant la lettre: ex vicepresidente de Carlos Menem, ex canciller de Eduardo Duhalde y ex joven ministro de Trabajo de Isabel Perón. Ruckauf pasó por alto el llamado del cantor antes de vocalizar a Nebbia (“los primeros que tenemos esa obligación de unirnos en la diversidad somos los que decimos ser parte de un movimiento nacional y popular”). ¿Qué significaba entonces para Ruckauf cantar mal? ¿Un desapego a los parámetros del bel canto (la uniformidad de la voz, el legato habilidoso, un registro superior claro, agilidad y flexibilidad del timbre)? ¿Fue negligente con el marco rítmico y melódico? ¿Transgredió el patrón de acentuación? ¿No ha sido Fernández franco al subrayar “creo que nadie puede dar una respuesta/ni decir qué puerta hay que tocar” o fue un exceso de sinceridad, una confesión de impotencia? ¿Será, en definitiva, que la canción le dice algo más sobre el intérprete?

Una voz que se rechaza puede tener el efecto del ruido, una perturbación expulsada por siglos del universo de la música como si fuera demoníaca. Pero Ruckauf, en tanto síntoma de un malestar más profundo dentro del peronismo, le añadió otra capa de sentido. Reaccionó como si padeciera misofonía política. La misofonía es una suerte de hipersensibilidad selectiva a determinados sonidos (la masticación, determinadas frecuencias). Puede provocar desde incomodidad y pánico hasta odio: inquina a eso que llega al oído. Durante el programa radiofónico Siempre es hoy, de Daniel Tognetti, Ruckauf pidió, sin ruborizarse, que se adelante la agenda electoral de 2023 y entre los fundamentos que esgrimió para plantear semejante osadía (“dentro de las instituciones”, aclaró) incluyó, llamativamente, el hecho de que Fernández se pusiera bajo la piel de Nebbia. El también ex gobernador bonaerense, cuyo nombre no ha sido ajeno al desenlace de los sucesos de diciembre de 2001, se quejó ante su entrevistador de que presidente “no escucha los consejos más racionales” y asoció esa carencia (“escuchar”) a la guitarreada. “Se da el lujo de mal cantar en un acto de raíz popular, primero, en todo caso, podía haber cantado el himno, el 25 de mayo, o la marcha, pero la sensación que tienen los compañeros es que estamos yendo muy mal”.

Entonces, Fernández, según Ruckauf, no solo canta mal -lo que plantearía un asunto ético, además de estético- sino que elige peor su repertorio. Y es su voz la que comunica a la vez los dos déficits y pone en entredicho una expectativa. Olvidemos a Nebbia por unas líneas. Pensemos por ejemplo en Schubert, a ver si nos ayuda a descifrar el berrinche del viejo conspirador. ¿De quién es la voz que nos llega cuando escuchamos un poema de Goethe musicalizado por el gran vienés? El barítono Dietrich Fischer-Dieskau deja su marca en la interpretación, que será sutilmente diferente a la de Thomas Quasthoffl. Algo permanece siempre: son voces que comunican un “yo”, el de la narración. Y por encima de esa superficie textual, siempre escuchamos al autor del lied. Como señala Simon Frith, “una canción de Schubert es una canción de Schubert, independientemente de las palabras que haya musicalizado y del cantante que las cante”. Quizá si el inglés Frith habría estado entre los comensales del Evita, si fuera, en definitiva, un cultor de las veinte verdades, acostumbrado a gritar de corazón que el capital se combate cantando, introduciría una nota al pie a su aguda observación. Esta: ¿qué pasa cuando la voz cantante es a su vez la voz del Estado y transmite a los trabajadores de la economía popular eso de que viajando se fortalece el corazón pues andar nuevos caminos te hacen olvidar el anterior? ¿Invierte jerarquías? ¿Borra la autoría de “Solo se trata de vivir”? Ruckauf quizá ha oído algo más. Para un protagonista de las disputas de los años setenta en el peronismo (él estuvo de lado de quienes vociferaban “ni yanquis ni marxistas”), Fernández no solo canta mal sino algo inapropiado. La suya es una canción “infiltrada” en el espacio del ritual o la efeméride. El razonamiento se asemeja al de otros peronistas tradicionales como Guillermo Moreno que califican con desdén al presidente de “socialdemócrata”. En esa presunta ofensa, se traza también una parábola de época (o una parodia): el otro en el peronismo ha dejado de ser un lector de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, sería apenas un simpatizante de la moderadísima Internacional Socialista como Raúl Alfonsín, nombre que, recordemos, ocupa un sitio importante en el pesebre del presidente.

La escena de Florencio Varela devino meme y esa viralización en las redes no deja de ser penosa (el memenismo como etapa superior del peronismo posible). Todavía podemos arrancarle al “Solo se trata de vivir” de Fernández algunas interpretaciones más. De un lado, como ya lo he marcado en otro texto, a propósito de su muy desafortunado “los argentinos descendemos de los barcos” de 2021, la compulsión a la cita roquera, aun en situaciones completamente innecesarias. Donde Fernández cree encontrar un valor, un activo, otros apenas detectan un peligro de inadecuación. Pero el presidente insiste, y lo sucedido el 25 de mayo es una prueba elocuente de que algo se le escapa. De un lado, los sentidos posibles que habilita en el presente la letra de la canción: porque en un país con 40% de pobres aquello de “solo se trata de vivir” ha quedado también bajo cuestión y frente a un dilema que, enunciado por el presidente, es perturbador: “creo que nadie puede dar una respuesta”. Una canción sobre el desamor y la melancolía está lejos de ser una tentativa de templar el espíritu de los oyentes, en ese caso, los más necesitados. Tal vez habría sido más atinado que cantara, si es que nos resignamos a que cante, “Vamos negro” (“llora un poco y quizás un blanco te escuchará”) o la bella “Muerte en la catedral” que dice: “los ojos de mi amor/ buscan la solución/para que nos salvemos”. 

El presidente, repitamos, hace de su educación sentimental un programa político (desconocemos su biblioteca y sus referencias orientadoras más allá de las canciones y los discos), al punto de haber llevado una sostenida lucha por la estatización del rock desde los días en que era jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y sus estrellas tocaban en la Casa Rosada (si se quiere entender la pérdida de negatividad de ese género y la preferencia de las nuevas generaciones por el hip hop y sus variantes no se puede pasar por alto esa escena). Hasta Nebbia ha sentido incomodidad por las muestras constantes de idolatría. En julio de 2020 le dijo a Radio Télam que la devoción presidencial, la de un hombre a quien conoce hace 30 años, pero con el que ha forjado una relación fuera del Palacio y con la música en el centro, le “hace pasar vergüenza porque es muy fanático”. Fernández ha dejado huellas de ese fervor en las redes sociales antes de asumir las principales funciones ejecutivas. Consideró incluso que “Yo no permito” debería ser un “himno”, opinión que enervaría a Ruckauf y los suyos y en la que ya reverbera un deseo de patromonializar el acervo de Litto. “Yo no permito que me impidan seguir/ yo los invito a que me vean seguir”, reza esa canción. Y nosotros lo vemos seguir solo por la senda de la imitación, porque, en Florencio Varela, Fernández no solo cantó “Solo se trata de vivir” sino que intentó realizar un ejercicio mimético con las impostaciones y ademanes de Nebbia, como si participara de un concurso televisivo de talentos.

Mientras Fernández guitarreaba en el conourbano, Cristina Fernández de Kirchner elegía (vaya elegía) recordar la asunción presidencial de su difunto esposo, el 25 de mayo de 2003, con “Argentina”, un tema del rapero Trueno, compartido con Nathy Peluso: “La fuerza de Argentina ta caminando a mi lado/ baby, no estoy solo/ Los golpes de la vida ya me tienen preparado ready para todo”. Trueno, quien hace pocos días cantó con Gorilaz en Quilmes Rock, tiene “Piano bar” de Charly García en los auriculares, pero la globalización precarizante y la errancia (con su faro en Miami, capital de lo genéricamente latino e inequívoco quantum de las legitimidades: hay canciones de Trueno “visitadas” por 340 millones de personas, qué digo, de brothers) lo hacen hablar con otras palabras: “Put your hands up, rapper, put your hands up/ ATR-vido wacho la hago, ni la pienso/ Somos los culpables de que tiemble el universo”. ¿Habrá escuchado CFK “Fuck el pólice”? Dice así: “Fuck the police del país, it's coming/ Viene para acá, quiere weed, quiere money/ A mí no me toque a la clique, a los homie'/ Burnin', baby, I'm burnin' (Plo, plo)”. ¿Bailaría ella con “Dance crip”? “Yo vengo de la puna, traje el pan pa' mis pana', okey/ Shake 'em up, shake 'em up, shake 'em up, shake 'em” (otra chica educada políticamente en el movimiento, la draconiana Patricia Bullrich, danzó esa misma semana al compás de Tini Stoessel en el Hipódromo de Palermo, ay de estas afinidades electivas).

Más allá de Ruckauf, y mucho más acá de la contingencia, la disputa entre los Fernández parece ser programática y, también de gustos y lenguajes de desigual actualidad que pueden resultar, en el mejor de los casos, desconcertantes o una invitación al pesimismo.

AG

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