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DIARIO DE UN MES CON EL VIRUS
Narraciones

El cigarrillo me dejó

Mad men

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Yo no dejé al cigarrillo: el cigarrillo me dejó. En general, largar el pucho está asociado a listar sus males: problemas de salud, costo, perjuicio sobre los demás, mejoría del estado físico. Las obviedades siguen. Todo el discurso de dejar de fumar es, entonces y simplificando, molesto: quienes lo ejercen se vuelven inevitablemente talibanes –todos lo hemos sido o lo vamos a ser–. (Y cada discurso sobre “dejar de fumar” es un discurso sobre el cuerpo.) Pero si las despedidas pueden ser esos dolores dulces –inevitable también esta referencia obvia y certera–, la despedida a la vida fumando se parece a un elogio, no a un reclamo. 

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Una amiga me dijo: vamos a un mundo donde comer carne y fumar será un tabú. Llamémoslo una educación sentimental desfasada. Fumar, incluso, puede ya quedar ordinario, fuera de modales y, sobre todo, arrastra algo de clase. Las pertenencias. Una vez Mauro Libertella escribió que somos la última generación analógica, la de quienes, en el borde, aún vivimos una adolescencia con cassettes. Cassettes y puchos. La analogía última la encarna el cigarrillo, ese palito del siglo XX entre los labios. En mayo de 1968 fumar era un gesto de rebeldía, de irreverencia, de independencia, ahora he preguntado en clase y casi ninguno de las y los estudiantes fuma. Me cuestioné si podía fumar por Teams. Creo que alguna vez, nerviosa, lo hice. Con culpa. 

Quizá seamos, además, la última generación que supo fumar. Desde luego que este verano seguro habrá chicos y chicas prendiéndose su cigarro por primera vez. Tal como me señaló Agustina Larrea hasta hay cierto “comeback” de “los locos años veinte” ¿pos? pandémicos, y la pandemia trajo –en su contradicción– más consumo de alcohol y tabaco (2020 fue la primera vez en dos décadas que las ventas de cigarrillos subieron), y también más consultas para dejar de fumar. Aún así, el estado de la imaginación pública es el de una vida preferiblemente sin cigarrillos encima. Tobacco free.

Fumar es abrir una compuerta. Algo del remolino de otro tiempo. Fumar es sucio: los bolsillos, las carteras, las mochilas llenas de las partículas de basura marrón. Fumar ocupa espacio: el traslado de cigarrillos, encendedores, fósforos (bártulos adicionales para quienes arman o fuman a vapor). Fumar cuesta plata: la búsqueda constante del kiosco y la guita que se gasta. Fumar afecta a los demás: el olor, la toxicidad, la enfermedad. Despedirse con un elogio no es una romantización del cigarrillo (romantizar es tan burdo como atacar, un oponente que se sostiene en su contrario) ni tampoco se trata de hacer un culto del contrera, pero, ay, el placer de entrar a un departamento por primera vez, o estar en un cumpleaños, o en una comida y deslizar esa frase tan barroca “¿puedo fumar?”. Las y los fumadores vamos siendo cada vez menos, escuadrones de la última, amuchados en rincones, expulsados en balcones, ventanas, veredas. Zombies agridulces con olor.

Las y los fumadores vamos siendo cada vez menos, escuadrones de la última, amuchados en rincones, expulsados en balcones, ventanas, veredas. Zombies agridulces con olor.

El cigarrillo es mestizo, ícono de la modernidad y de la guerra, oriundo de América y masificado en Europa. “Nicotina” es un homenaje a Jean Nicot, el embajador francés en Portugal que en el siglo XVI lo introdujo en la corte francesa. Cerrás los ojos y ves la URSS, cerrás los ojos y ves el capitalismo. ¿Qué ves? Alguien con un pucho. Me obsesionan las fotos de personas fumando, o que tienen algo dentro de la boca –un chupetín, una birome, lo que sea que traten como un cigarrillo–. La revolución sexual de los sesenta está perfumada por Virginia Slims, y antes deslumbran las fotos de Eva Perón o Victoria Ocampo –la primera fumadora argentina en público–.

Para las mujeres y las disidencias sexuales la emancipación se hace con pitadas, pero a esa serie se le superponen esas historias de fumadores de 13 o 14 años, de varones que se curtieron entre esos bastiones. En la mejor película del cine argentino –Crónica de un niño solo, de Leonardo Favio– el primer diálogo arranca con un “¿tenés un pucho?”, después de la requisada en una cárcel de menores. Ése es el diamante a pulir: el cigarrillo es de los rotos. Dos nenes en camiseta blanca compartiendo un cigarro prendido a fósforo en el fondo de una noche. El cigarrillo hace visible un esfuerzo. Exterioriza el agujero. El plus. El dolor, los nervios, la cruz, el placer.

Una de las personas más sagaces que conozco me hizo llegar un texto sobre los vicios del siglo XX, que es también otra forma de su amor. Luis Buñuel en “Los placeres de aquí abajo” traza esa arquitectura entre el bar (distinto del café), desliza que “un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen” y sobre el cigarrillo arriesga: “El tabaco es un placer de todos los sentidos: de la vista (es bonito ver bajo el papel de plata los cigarrillos blancos, alineados como para la revista), del olfato, del tacto... Si me vendaran los ojos y me pusieran entre los labios un cigarrillo encendido, me negaría a fumar. Me gusta sentir el paquete en el bolsillo, abrirlo, palpar la consistencia del cigarrillo, notar el roce del papel en los labios, gustar el sabor del tabaco en la lengua, ver brotar la llama, arrimarla, llenarme de calor”.

Esas historias familiares de la tía con la jabonera afuera de la cortina del baño, para apoyar el pucho mientras se duchaba. El mito de que Sandro no se bañaba porque quería fumar. Quienes se ponían el despertador para fumar a la noche. La serie Mad Men atravesada por la cuenta de publicidad sobre los cigarrillos, cuando en los cincuenta/sesenta las investigaciones medicas advierten de su efecto en el cáncer de pulmón. La histórica foto de Menem, sacada por Víctor Bugge, el día que se conocieron los indultos: un presidente que se dejó ver fumando. Las y los fumadores imponen ansiedad, pudor, respeto, asco. Emociones a las que no se les puede dar la espalda.

Los 43/70 de mi abuelo, los Marlboro de mi madre. Vivir solo cuesta vida. Cada fumador arma su reglamento, juega su juego. Esos movimientos casi mágicos que hacen las manos para sacar los adminículos, encenderlos, la estela en el aire. La fascinación por cómo lo hacen mis amigas. ¿Fumo? Nunca supe responder ni cuántos ni cómo, siempre me pareció que era algo que estaba de salida. Una relación desprolija, incuantificable. Fumador, ex fumador, no fumador: no sé si es la forma de nombrar. Hay personas a las que el cigarrillo les organiza la vida y otras a las que no. Con cada pareja importante, dejé de fumar. Pero esta vez no dejé de fumar ni creo en los voluntarismos que arrasan las diferencias. Sólo me pasó que caí en un hechizo (desde que tuve Covid y no pude respirar) en el que vivo en un mundo sin cigarrillos. Quizá un día el hechizo se termine. Mientras tanto, le escribo al objeto que más me voló la cabeza. Y a los inicios.

FA

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