Opinión

Los poemas de una abuela ucraniana y peronista

Julia Prilutzky Farny

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“Toda la vida dentro de la piel […] / Ésta es la vida, la maravillosa / rodeada de muertes […] / en la madera con olor a duendes / del arcón familiar, y en el derrumbe / que se adivina bajo la creciente.” Estos versos de Julia Prilutzky Farny van al hueso de las cosas: qué es una vida. Y, justamente, contar su vida es abrir esta pregunta. Como si se tratara de una línea o una escuadra por la que pasan varias diagonales. Como si agarrar la historia de Prilutzky Farny fuera tomar una molécula en la que se cruzan la guerra en Ucrania, el Día Internacional de la Mujer, la pregunta por la unión del peronismo, el aniversario de la telenovela más exitosa “Rolando Rivas, taxista”. Una vida es una vida es una vida. (Como a su modo enuncia el precioso texto del filósofo francés Gilles Deleuze, “La inmanencia: una vida”, compilado por Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez en Excesos de vida.

¿Cómo se narra una vida? Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se cumplen veinte años de la muerte de Julia Prilutzky Farny. Ella nace en Kiev, Ucrania, en 1912. Su lengua está hecha de los retazos del ruso, del judaísmo que le inculcan sus padres, de los varios idiomas que aprende después. Su infancia transcurre en España y luego la familia llega a la Argentina. Padre ingeniero, madre médica (y fundadora del Centro socialista femenino en Buenos Aires); es ahijada del referente socialista Alfredo Palacios y frecuentada por Miguel de Unamuno. En los años treinta –cuando la Argentina está tan atravesada por la difusión de ideas anarquistas y socialistas, como por el giro conservador del fraude– Prilutzky Farny da sus primeros pasos como poeta. Antes tiene una importante formación tocando el piano y cursa materias de Derecho. 

Lo primero que publica es una serie de notas para el diario La Nación sobre “lo” ruso; y así también arranca su poesía, en 1936, con la publicación de Títeres imperiales. Colabora en El Hogar, El Mundo, Para Ti. Llega a entrevistar a Roosevelt y al papa Paulo VI, es fundadora del grupo Veinte Poemas Jóvenes y escribe la obra de teatro La leyenda de Pierrot. En 1937 funda y dirige Vértice, a la que nombra como “la primera revista literaria argentina con forma de libro”. Es, a su modo, una intensa gestora cultural: dos años después, a partir de las publicaciones en Vértice, compila la Antología de cuentistas rioplatenses. En 1941 recibe el Premio Municipal de Poesía por Intervalo. Se casa con Antonio Zinny y tienen dos hijas. Ante el ascenso del GOU, durante parte de los años cuarenta vive y trabaja como periodista en Perú. En 1948 regresa a la Argentina (como muchos y muchas de los adherentes intelectuales al peronismo sobre los que escribe Fermín Chávez) y trabaja como asesora literaria en la Dirección de Cultura Sanitaria del Ministerio de Salud y da clases en la Escuela Normal de Quilmes. 

En 1949, apenas años después de la sanción del voto femenino y de que Borges publica el cuento “Emma Zunz” sobre la vida de una trabajadora, Prilutzky Farny escribe La patria. Habla de la “tierra sagrada” y escribe: “Se nace en cualquier parte. Es el misterio, / –es el primer misterio inapelable– / pero se ama una tierra como propia / y se quiere volver a sus entrañas. / […] Donde se quiere arar. Y dar un hijo. / Y se quiere morir, está la patria”. Prilutzky Farny es una mujer de café y parte clave de la Peña del Tortoni (el café más antiguo de Buenos Aires), después de “La orden del tornillo” (“lo que le falta a quien, a pesar de haber llegado al arte, la política o las letras es capaz de seguir soñando” –como dice, monísima y magnética, en el minuto 43 de este archivo). Y comenzados los cincuenta es de las mujeres –junto a la histórica María Granata– que participa de la peña “Eva Perón” que se realiza los viernes por la noche en El hogar de la empleada, en Avenida de Mayo, cuando peronismo y bonhomía se sientan uno al lado del otro animados por el cafetín y las copas, y entre los que circulan José María Castiñeira de Dios, Fermín Chávez, Claudio Martinez Paiva. (Los Poemas de la Peña de Eva Perón han sido editados por Cristina Álvarez Rodríguez y publicados por el Instituto de Investigaciones Históricas Eva Perón).

El famoso poema de Prilutzky Farny “Canción para las madres de mi tierra” (“del ardiente tañir que no abandona, / del rescoldo escondido en la ceniza, / del acento que marca y que perdona: / voz que más hiere mientras cicatriza”) es publicado en el aniversario del fallecimiento de Eva Perón en el diario La prensa y el poema “Oración” es leído en un acto multitudinario en 1954. A Prilutzky Farny tras el golpe la sacan de juego, incluso por su activa militancia en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), y llega a recibir versos satíricos (“Hubo una vez una doña / con mayúscula y con roña: / hacía versos y panfletos / al gobierno peronista”). En la mayoría de las recopilaciones de las décadas posteriores no aparece mencionada.

Julia Prilutzky Farny tiene el siglo XX en la piel. Es amiga de Alfonsina Storni, de Eva Perón, de Benito Quinquela Martin (de quien escribe una biografía: Quinquela Martín, el hombre que inventó un puerto). Como si entre los tres se trazara un mapa de la niñez, el arrojo y la aventura. La de ella que cruza el Atlántico, la de Storni que cruza la ciudad, la de Perón que cruza la política cuando ninguna primera dama lo había hecho así, la de Quinquela Martin que pinta un puerto cuando se estaba volviendo un mundo. Entre los libros de Prilutzky Farny se encuentran Viaje sin partida (1939), Intervalo (1940), No es el amor (1967), Hombre oscuro (1968), Como decir de pronto (1997). Pero su libro más conocido es Antología del amor (1972), que recopila sus poemarios entre 1939 y 1967. Ahí, en ese umbral entre una época de tradición y modernidad (al fundir entre canciones y balas las cosas), Prilutzky Farny se vuelve un best-seller cuando sus versos aparecen en la boca de Pablo, uno de los protagonistas de la exitosa novela de Alberto Migré “Pablo en nuestra piel” (hace pocos días se cumplió un aniversario de su novela más famosa, “Rolando Rivas”). Llega a vender casi 200 mil ejemplares, cifra que la acerca al Martín Fierro. Varios de los poemas son hechos canciones como “Un día te querré”, zamba musicalizada por César Isella.

Prilutzky Farny, con todas las efemérides encima, fallece el Día Internacional de la Mujer. Alguna vez dijo Lenin que el pasado no deja de cambiar. Digamos: no porque el pasado sea “relativo” o porque siempre esté “cerrado” sino, más bien, porque cada vez que se funda una conversación, que se marca la cancha de los términos de una conversación, el pasado cambia. (Como, con cada historia de amor, quién es tu madre y tu padre son distintos). Quizás el siglo XX sea el último momento de fundar una conversación, porque sea la última vez que esa conversación se haga sin subtítulos. Aunque toda generación se levanta y piensa “ya pasó”, “me la perdí”, Julia Prilutzky Farny es una mujer fuera de serie, una época y un espacio, trabajadora, quien toma la palabra pública y se la da a los periódicos, a la poesía, al peronismo, a una novela de Migré, al amor. Es también una abuela ucraniana. Muere veinte años antes de que esa tierra en la que nació, y a la que le escribió en esa ausencia, retorne como un fantasma de una Europa que ella trajo en sangre y que ahora es eso espeso que vemos cuando decimos: guerra. 

FA

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