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Las ciruelas congeladas de Williams Carlos Williams

Ensayo general

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Escribir una columna semanal es perder el miedo a repetirse. En la frase de Carlos Busqued pienso todos los sábados, todas las semanas, esa sí me tortura: nadie tiene tanto para decir, tenía razón, y por eso me vengo reconciliando con la sensación de estar diciendo siempre lo mismo, siempre hablando de lo mismo, leyendo desde las propias obsesiones y el presente que accidentalmente se habita. Recuerdo otra frase, una de esas anécdotas dudosas de Borges, eso de que él decía que si un libro no te interesara lo dejaras, porque ese libro no habría escrito para vos. Morrissey era más violento: quemen el boliche, cuelguen al DJ, porque la música que pasa y no deja de pasar no me dice nada sobre mi vida. Pienso en la inversa, los libros que sí fueron escritos para vos, el narcisismo insoportable del disfrute: la sensación de que si un libro te gusta o un disco te gusta o una película te gusta es porque fue escrito para vos, porque dice algo sobre tu vida.

Me gusta leer diarios de escritores; no porque me dan curiosidad sus vidas, cero curiosidad me dan sus vidas. Lo que me interesa es ese registro híbrido entre lo privado y lo publicable: los escritores no escriben diarios íntimos, escriben diarios sabiendo que en algún momento esos diarios van a publicarse, pero el hecho de que eso no vaya a suceder ahora les da un pequeño changüí. El Diario argentino de Witold Gombrowicz, que estoy leyendo ahora palo a palo con los Diarios de Katherine Mansfield, habla bastante de esta intuición: “Escribo este diario sin ganas. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? ¿Si tan sólo para mí, por qué se imprime? ¿Y si lo es para el lector, por qué finjo entonces conversar conmigo mismo? ¿Hablar con uno mismo para que lo oigan los demás?”. Hay registros que juegan con la convención de la revelación, la convención del “voy a contarte un secreto”: eso que después se adjetiva con esa palabra horrible y despectiva, lo confesional. Escucho Post mortem, el disco de Dillom, este pibe del que sé muy poco, casi solo que agotó su primer Luna Park en diez minutos y que nació en el Once como yo. Entiendo por qué gusta, entiendo por qué sorprende: como Gombrowicz, Dillom juega con un registro que se presenta como una traducción directa de la vida, como casi documental (el trap como un género en el que no se narra nada que no haya pasado o no pueda pasar dentro de cierto universo bastante restringido de posibilidades), y ofrece en cambio poesía: “mis amigos están muertos / sin querer los maté”, rapea Dillom en el track que le da título al disco, y que viene justo después de un recitado inquietante a cargo de Mario Pergolini sobre un chico que se llama Demian y sigue a sus compañeros de campamento hasta sus carpas. En alguna nota leí que Dillom habla de ficción, de que le gusta que haya ficción en sus temas (“yo no hablo de mi vida esa mierda es muy triste / y ahora que tengo plata son más graciosos mis chistes”, canta también en “Post mortem”), pero yo más que hablar de ficción quiero insistir con lo de la poesía. Lo que Dillom trae que a tantos chicos y adultos lo toma por sorpresa son imágenes, imágenes que tienen la voluntad y el coraje de ser nuevas, que no están tan gastadas como para que no las veamos. Entre los rincones de las metáforas trilladas del trap, a las que recurre como una especie de paisaje irónico, Dillom va escondiendo piedras preciosas, las ciruelas congeladas de William Carlos Williams.

En la creación de quien no tiene miedo de crear, en la ambición de quien propone algo más que lo real, hay una forma de desnudez y de intimidad que no necesariamente hay en quien se presenta como mostrando todo lo que es. Gombrowicz en su diario argentino también habla de eso, de la dificultad de escribir sobre sí mismo y cómo, en cambio, se siente perfectamente sí mismo, perfectamente honesto, cuando escribe ficción. Cuando se habla de lo confesional se piensa en alguien que ofrece su corazón, que cuenta sus penas, sus amores, casi sin artificio. Tanto Dillom como Gombrowicz hablan de lo contrario: de la honestidad auténtica del artificio, la mentira intrínseca en la supuesta falta de forma. Y quizás por eso el otro mecanismo que utilizan para crear intimidad, que también parece paradójico, es hablar de la rosca, esa pasión argentina. No leí esto en los diarios de Katherine Mansfield: ella habla, sí, de sus ganas de hacer plata, de la herida absurda de saber que hoy tenés que salir a la calle a cobrar un cheque y entonces nada tiene sentido, esos ácidos que van corroyendo la felicidad tanto o más que los grandes dramas de la vida. Pero no solo no da nombres —su viudo, al editar sus diarios, respeta la voluntad de ella de mantener solo iniciales— sino que tampoco se mete realmente con el deseo de validación. Decir que una quiere plata en el fondo es algo más limpio: se quiere plata para escribir más, para leer, para tener tiempo, para ser más libre. No hay, en cambio, razones virtuosas para querer el reconocimiento. Quizás no lo tenía, ese deseo: quizás existan esas almas puras, pero me permito una generalización injusta, casi no creo que existan en la Argentina (una amiga dice que en la Argentina todos queremos ser famosos porque solo los millonarios viven bien en el anonimato; yo creo que hay algo más, pero no sé qué), y lo digo con cierto orgullo, con orgullo de la impureza argentina que no se decide por ninguna esencia, porque “aquí surge en el aire algo que nos desarma”. Por eso no hay en los Diarios de la edad del pavo de Fabián Casas ninguna confesión erótica más íntima que los momentos en los que habla de alcanzarle su libro a tal o cual escritor a ver si consigue que hablen de él, ni momentos más privados en el Diario argentino que aquellos en los que Gombrowicz sufre por no sentirse suficientemente reconocido por un ambiente literario que en el fondo desprecia pero cuyo respeto no puede dejar de querer, ni par de versos más sincero en Post mortem que el momento en que Dillom rapea, renunciando a propósito, para subrayar, a la inventiva usual de sus rimas, que “antes nadie venía a mi cumple / ahora todos quieren venir a mi cumple”; porque no hay humillación más banal, no hay verdad más vergonzosa que la de sufrir el desamor de los extraños.

TT

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