Opinión

La conspiración de la conspiración: ¿quién disparó contra Sabag Montiel?

El detenido Fernando André Sabag Montiel.

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 Mi tío… era lo más simpático, lo más lindo… Una vuelta me dice, “¿’vos te parece que es cierto que van a llegar a la luna?”

“Y por supuesto, tío, le dije, ¿cómo no van a llegar a la luna?” 

“Y escúchame, vos te subís a un techito con la escoba, ¿la tocás la luna?” 

“No…” 

“Y… es propaganda norteamericana. Qué van a llegar.”

El Polaco Goyeneche desgranaba la historia frente a Antonio Carrizo. ¿El tío? Improbable, como el hombre en la luna. Los porteños de ley desconfiamos de todo, pero sobre todo de aquello que aparezca evidente y verdadero. 

¿Quién disparó contra Cristina Kirchner? Fernando Sabag. ¿En serio? Las teorías conspirativas que siempre existieron volvieron a la vida. ¿Quién fue? Bueno, la oposición. Los mercados, claramente. La-de-re-cha. Un invento del propio gobierno, o una exageración a la que es propensa la vice presidenta, un chiste shakespereano de Máximo que se le fue de las manos. No hubo atentado. El arma no era de verdad. Sabag no era de verdad. Recoleta no es de verdad. Cuando la mentira es la verdad, ¿quién disparó contra Fernando Sabag Montiel?

El tío de Goyeneche tenía razones para desconfiar: su sobrino decía que Horacio Ferrer la había visto rodando por Callao, no era algo que fuera a arruinarse con trajes de astronautas y banderas norteamericanas. El Polaco se confesaba con Carrizo en 1984. Ese mismo año, Ricardo Piglia decía que el complot “es un relato bien ‘argentino’”. Y agregaba: “La concepción conspirativa de la historia tiene la estructura de un melodrama: una fuerza perversa, una maquinación oculta explica los acontecimientos. La política ocupa el lugar del destino… la figura de la amenaza que se planifica desde un centro oculto y se le impone a la realidad.”

Piglia decía que la paranoia conspirativa tenía su sentido, que era el efecto inmediato de haber vivido bajo la dictadura que acababa de terminar, en la que la suerte de las vidas mismas se decidía en espacios ajenos, inaccesibles. Ahí, la paranoia aparecía como una forma retorcida de la resistencia, una desconfianza del poder, de cualquier poder, y de sus narraciones. En 1975, a las puertas del infierno, Piglia había escrito “La loca y el relato del crimen”, el relato enloquecido como el antídoto contra la mentira, “la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada.”

O casi nada. La perspectiva cambia si, por un segundo, suspendemos la verdad, y en lugar de preguntarnos porqué tanta gente consume teorías conspirativas sobre el intento de asesinato a Cristina Kirchner, nos preguntamos en cambio por qué no desconfiarían de la versión oficial, de cualquier versión oficial sobre cualquier atentado, por qué habría enormes mayorías confiando en un orden que les ha dado privaciones, temor y desverdades. ¿Por qué no confiar en la loca, o al menos usar su delirio para mantener a raya la mano pesada de los otros?

La expansión de las teorías conspirativas es revulsiva, la radicalización de la derecha se alimenta de (y nutre a) una cueva de ratas que erosionan la seguridad de cualquiera, que trabajan sobre la vulnerabilidad para disfrazarla de certeza. Pero lo cierto es que la certeza de que el poder miente es algo que aceptamos de forma natural. La enorme mayoría de los que escandalizan con las teorías conspirativas aceptan como naturales las mentiras cotidianas que siembran el terreno para la desconfianza. Que los planes sociales son temporarios, que la exportación de hidrocarburos va a salvar al país, que la policía combate al narcotráfico, que la política se puede financiar de forma transparente, que el dinero se puede acumular ilimitadamente de forma legítima. Los taxistas, los funcionarios intermedios, los comerciantes, los académicos, todos tienen después una puerta trasera que los conecta con el amigo, el funcionario o el pasajero que les revela la verdad de la verdad, aquello que nadie sabe o puede decir pero que ellos tienen de fuentes seguras. El periodismo ha hecho de ese mecanismo una profesión.

Por un instante, tragando saliva, también veamos en esa desconfianza corrosiva una forma de resistencia. Una forma horrible, autodestructiva quizás, ciertamente contraproducente, una reacción al poder manipulada por el poder, pero quizás para muchos la única posible. Hace unas décadas, el director del CELS, Emilio Mignone, me contaba cómo entendió qué había pasado con los desaparecidos: “Los militares lanzaban siempre rumores, como que había campos de concentración en la Patagonia. Cuando me di cuenta, por el trabajo en la Asamblea, que teníamos una lista de 6 mil desaparecidos registrados, me dije: si tenemos 6 mil, quiere decir que hay 10 mil, o 15 mil. Y si en la Argentina hay 15 mil personas en campos de concentración, esto no se puede ocultar, porque éste es un país donde la gente habla. Porque con 15 mil detenidos tiene que haber 30 mil o 35 mil personas de guardia, gente que habla en sus casas, con sus familias. Ahí pensé que los habían matado.”

Este es un país donde la gente habla. Ejercer el poder político (esto también lo decía Piglia) es imponer una manera de contar la realidad. Sí, hay un pasado de atentados, valijas, helicópteros y hasta bidones sin resolver. Pero en un país donde la gente habla, la mejor receta contra las conspiraciones paranoicas es arrancar un paso más atrás y trabajar para que la realidad se transforme en algo que el poder, de alguna manera, pueda contar. ¿Querían un pueblo herético, indócil ante la autoridad y sus verdades? Ahí tienen. 

ES

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