OPINIÓN

El dilema del bienestar no puede ser basura a cambio de naturaleza

Más de 2.000 hectáreas fueron arrasadas por el fuego en las provincias patagónicas de Chubut y Río Negro a comienzos de marzo

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Modo de vida imperial es el título de un libro que no salió todavía en la Argentina, escrito por Markus Wissen y Ulrich Brand. Las reflexiones a continuación no tienen carácter de anticipo. Son más bien el producto de un asombro medular, un asombro incómodo que recorre esta apabullante y precisa radiografía de una época: la nuestra, la de una desmesurada voluntad general de destruir el planeta sin preguntarnos por sus consecuencias. Publicado por primera vez en 2016, hoy cuenta con varias reediciones en diferentes países. Ha sido traducido al inglés, al chino y al coreano. En vías de aparición están las versiones al turcas, árabes, japonesas, checas y eslovenas. Gracias al esfuerzo de la editorial Tinta Limón y de la Fundación Rosa Luxemburgo saldrá en pocas semanas en la Argentina.

El trabajo de Wissen y Brand parte de la premisa de que, indefectiblemente, si se mantiene este modo de producción sostenida que destruye naturaleza, territorios, tradiciones ancestrales el mundo, tal como lo conocimos hasta hoy, está destinado al colapso. La pandemia zoonótica que hoy nos flagela (y las nuevas que están por venir) le dan al libro una aterradora actualidad: ese mundo que conocíamos hasta hace muy pocos años dejó de existir. El colapso es aquí y ahora: la depredación extractiva no solo está intacta, sino que se ha incrementado de manera exponencial precisamente desde la pandemia. En la Argentina tenemos varios ejemplos de ello. Obsérvese simplemente que cada dos o tres meses medio país -sea el norte, la región mediterránea o la Patagonia- está en llamas.

El sur global: basura a cambio de naturaleza

Una de las propuestas más interesantes del trabajo de Brandt y Wissen es el concepto de externalidad. Para proseguir en una situación de cada día mayor cerramiento de la invariabilidad de sus modos de vida, el norte global somete al sur global a un destino insoslayable e ineludible: por un lado, el de convertirse en receptor de los deshechos originados en el modo de vida imperial. Por el otro, transformarse en infinito proveedor de materias primas y commodities a costa de la destrucción de sus fuentes naturales y modos de vida tradicionales.

Esto es precisamente lo que, desde el punto de vista de América Latina, postularon autores como Aníbal Quijano, Arturo Escobar, Edgardo Lander, Silvia Federici y -más recientemente- Rita Segato. Se trata de la colonialidad del poder y del saber que, según estos autores, prevalece en América Latina desde el siglo XVI. Wissen y Brandt no hacen referencia a ellos, pero el análisis desde su punto de vista europeo los fortalece y ratifica. Con ellos comparten la visión crítica de un mundo que usufructua de sus condiciones de dominio colonial, patriarcal, racista y clasista.

Europa -el norte global- se va cerrando cada vez más a costa de la manutención su privativo “bienestar general”. Un ejemplo reciente: Dinamarca lidia sin éxito desde hace cincuenta años con la existencia de sus guetos de migrantes. Una treintena de barrios, principalmente de las grandes ciudades, son señalados cada año en una suerte de lista negra. Hace muy pocos días su gobierno socialdemócrata decidió reducir al 30% el ingreso de “no occidentales” a esos barrios. Barruntemos: los argentinos sin pasaporte europeo ¿seríamos considerados no occidentales? Esta es la Europa sin tapujos sobre la que Rita Segato dijo alguna vez que su encierro huele mal porque todo lo que le es ajeno está o bien allende los mares, o bien encerrado en sus museos.

Es decir, Europa “externaliza” los costos para preservar sus ganancias, cuidar su ambiente y limpiar su patio trasero. Este es el modo de vida imperial responsable de generar los actuales fenómenos de crisis económica, climática, social y cultural. Otro ejemplo: Sin los alimentos “baratos” producidos a costa de personas y naturaleza en otras partes del mundo, habría sido aun mucho más difícil garantizar la reproducción de las capas sociales bajas del norte global sobre todo en el contexto de la profunda crisis económica iniciada de 2007.

El análisis que desarrollan Brandt y Wissen detalla el sinnúmero de contradicciones de ese modo de vida imperial que, conlleva siempre una apropiación desmesurada de naturaleza y fuerza de trabajo que sucede en territorios ajenos. En otras palabras, se delega todo lo que está mal a un “afuera” lejano que presupone que “otros” renuncien a su parte proporcional. Cuanto menos dispuestos estén estos otros, o cuanto más dependan también ellos de acceder a un afuera y de traspasarle sus costos, más pierde el modo de vida imperial su fundamento económico.

No queremos vivir mejor, queremos vivir bien

El tema no radica solamente en la responsabilidad del norte global. Porque precisamente los países del sur que pretenden “mejorar” la calidad de vida de sus poblaciones siguen a rajatabla el mismo modelo depredador de desarrollo. Lo que, refiriéndose a América Latina desde el siglo XVI hasta la actualidad Rita Segato llamó “la complicidad del criollaje”. Salvo acaso en los contenidos del buen vivir de los pueblos originarios de América (no queremos vivir mejor, queremos vivir bien) solamente el feminismo ecosocial y el Sumak Kawsay proponen seriamente un modelo de desarrollo alternativo.

Los autores repasan con mucho detalle las varias alternativas al capitalismo depredador que proponen los países del norte. Desde la geoingeniería hasta la llamada economía verde, desde los autos eléctricos hasta los “nuevos pactos sociales”. Para ellos se trata del uso vano de una retórica que en el fondo persigue la robustez del modo de vida imperial. Los rodados familiares no han variado su tamaño ni su velocidad, los eléctricos no logran imponerse porque les falta la velocidad necesaria y el modelo campestre del UPS sigue siendo el símbolo preferido de prestigio familiar para llevar a los niños al colegio o volver del supermercado con el baúl lleno de plásticos.

Brandt y Wissen revisan una a una las variantes de ese capitalismo autodenominado ecológico, ese capitalismo cuyos empresarios inventaron la palabra sustentable como un taparrabos multifunción que permite aplicarse en cualquier caso hasta crear verdaderos disparates lingüísticos tales como,  “agroindustria sustentable” o “megaminería sustentable” que alguna vez desembocarán seguramente en el “fracking sustentable”. Llegan a la conclusión de que las economías llamadas verdes no han logrado paliar la huella ecológica. Si bien sus intenciones suelen ser convincentes, la producción de las tecnologías que las componen son igualmente depredadoras.

Lo interesante del análisis de este trabajo es que no soslaya el rol genuflexo y cómplice del Sur global en la manutención del modo de vida imperial. Ningún estado de América Latina, salvo quizá los comienzos de la gestión de Evo Morales en Bolivia, se propuso seriamente hacerle frente a los modos de producción capitalistas que nos han conducido hasta esta encrucijada. Lo contrario es el caso. Cada vez que de este lado del océano se piensa en una recuperación del creciente estado de miseria y pobreza la exportación extractiva parece ser la única solución: más agroindustria contaminante, más trigo transgénico, más megaminería, más criaderos de cerdos, más pérdida de glaciares, más extractivismo urbano, más daño a una naturaleza exánime.

¿Cuándo dejamos de pensar?

¿Estamos en un callejón sin salida? ¿Cuáles son las salidas reales que propone el libro? ¿Seguirán fracasando las cumbres climáticas en su intento de disminuir la emisión de dióxido de carbono? Modos de vida imperial no intenta esbozar un compendio de soluciones porque esas soluciones deberían pasar por la convicción global íntima y generalizada de que se debe cambiar radicalmente nuestro estilo de producción y consumo si queremos que exista un futuro del lado de la vida. El gran valor de este libro no está en sus probables soluciones sino en su capacidad de generar un portentoso -y no menos doloroso- estado de alerta. Respecto la necesidad de este cambio interno cabe el comentario de Diego Skliar, su editor local: “El aspecto notorio del concepto modo de vida imperial parece estar profundamente arraigado de que el orden capitalista colonial está en las vidas cotidianas, lo cual desplaza el problema al ámbito de la (buena) voluntad.” Lo cual es cierto. La pregunta es ¿cómo hacer para que la humanidad despierte? O bien, preguntando con Hannah Arendt: ¿Cuándo fue que la humanidad dejó de pensar? Son preguntas que van más allá del libro pero que cobran una necesaria y urgente actualidad a través de su apasionante lectura.

* Markus Wissen es profesor de ciencias sociales y su relación con las transformaciones ecosociales en la Berlin School of enonomics. Escribió numerosos libros sobre la relación entre economía y medio ambiente

* Ulrich Brand, politólogo, profesor de política internacional en la Universidad de Viena, se ha ocupado profusamente de los límites del capitalismo en su relación con la naturaleza

 

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