JUAN FORN (1959-2021)

Editar al editor

Juan Forn

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¿Cómo se edita a un editor? Mejor dicho: ¿cómo se edita a un editor como Juan Forn? 

Cuando entré a trabajar Emecé, en 1991, Juan se acababa de ir y, a los treinta y dos años, ya era el editor más famoso de la Argentina. Había empezado como cadete y en poco tiempo llevó un aire de renovación a la editorial que no se veía, quizá, desde que Borges y Bioy dirigían la colección El Séptimo Círculo, medio siglo antes. En Emecé publicó también su primer libro, la novela Corazones cautivos más arriba, que más tarde rebautizó Corazones. De ahí pasó al Grupo Planeta, donde entre otras creó la mítica colección Biblioteca del Sur, con un objetivo que parecía quimérico: que la mejor literatura argentina fuera leída masivamente. Lo consiguió. 

En los treinta años clavados que pasaron desde que lo conocí a este 20 de junio de 2021 en que inverosímilmente se murió, asistí, a veces de cerca, otras desde más lejos, a la evolución de una carrera polifacética que ejercía fervorosamente y que derivó en un retiro temprano de la “vida pública” en 2001, después de una pancreatitis que casi lo mata. Por supuesto que era un falso retiro, más bien un nuevo comienzo con sede en Villa Gesell. No uso el verbo asistir al voleo: todo lo que Juan hacía tenía una centralidad y una espectacularidad que no dejaban indiferente a nadie que lo conociera. De eso escapaba, a sabiendas de que también tenía un peligroso lado resbaladizo, sin lograrlo nunca del todo. 

Juan revolucionó la forma de hacer edición en la Argentina. Inspirándose en el modelo anglosajón, había logrado instalar el concepto de editing: un verdadero editor, una verdadera editora hace editing, interviene el texto del otro o la otra como si fuera propio, no en el sentido de igualar estilos sino en el de poner alma y cuerpo en la tarea, de involucrarse. Para Juan todo texto era mejorable, solo había que encontrar cómo; ese, junto con la búsqueda de nuevos talentos literarios o viejos talentos no suficientemente reconocidos, era el corazón del trabajo editorial. Ser editor, en el caso de Juan, representaba la otra cara de su ser escritor, de esa obsesión con las palabras que muchas veces llamó “mi enfermedad”. A pesar de que la pasión puesta en editar le causó varios problemas, Juan creyó hasta el final en esa idea. Ya no fungía (verbo de pura cepa forniana) de editor pero daba talleres literarios, que era otra variante de lo mismo. A Juan se le podría aplicar lo que T. S. Elliot dijo sobre Ezra Pound: “Era un editor maravilloso porque no intentaba convertirte en una imitación suya. Intentaba ver qué estabas tratando de hacer”. 

Acá quisiera contar una anécdota personal. Por pedido de Nacho Iraola, director editorial de Planeta, en una de esas carambolas del destino que nos unió todos estos años Juan editó mi único libro, Nada es como era, un relato autobiográfico de mi experiencia con el cáncer que salió en 2017. Por entonces Juan ya no era editor estable en el Grupo Planeta; yo, sí. Lo visitaba en un departamento de la calle Peña que le prestaba una amiga cuando estaba en Buenos Aires, tomábamos té y hablábamos. Me sugería cambios en el orden de los capítulos, marcaba palabras o frases que no le gustaban (“ripios”, los llamaba), proponía variantes de títulos, registraba fallas relacionadas con el ritmo (ahí la palabra era “baches”). Inesperadamente, yo experimentaba en primera persona lo que con curiosidad, con admiración, le había visto hacer de afuera desde que empecé en este oficio. Un día le llevé el último capítulo, que tenía dos partes diferenciadas y no me convencía. Lo leyó y me preguntó si no me daba cuenta de que tenía que invertirlas, poner la segunda parte al principio y la primera al final. No, no me había dado cuenta, pero le hice caso y el final se acomodó dócilmente. Él veía así los textos, desde un ángulo imposible. 

Años antes de eso, en 2006, cuando terminó la novela María Domecq, que narraba en clave de ficción su pancreatitis, Juan la publicó en Emecé, ahora convertida en un sello del Grupo Planeta. En esa especie de doble vuelta suya al origen, me tocó ser su editora. A ese libro le siguió la reedición de los anteriores: Corazones, Nadar de noche, Frivolidad, Puras mentiras. Paralelamente, Juan había empezado a escribir las contratapas que publicaba los viernes en Página/12 y que le habían ganado una cofradía nueva de lectores fanáticos. Fue natural entonces que, de 2015 en adelante, publicáramos las contratapas en formato libro. Los cuatro tomos sucesivos de Los viernes reunían, cronológicamente aunque con algunas supresiones (textos que ya no le gustaban o que consideraba “fallidos”), esas contratapas. 

El formato de la contratapa fue una especie de punto de llegada para él, una liberación. Se sentía más cómodo escribiendo esos textos breves, a la vez precisos como piezas de relojería y abiertos a múltiples interpretaciones, de lo que nunca antes con la escritura. Lo dijo en un mail: “Todos estos años fui feliz porque no tenía que pensar en formato libro, hacía las contratapas como los poetas hacen sus poemas”. Para escribirlas, Juan leía como un poseso y sacaba historias de abajo de las piedras. Es bastante literal: contaba que encontraba las ideas y la forma de sus contratapas durante sus caminatas al borde del mar en Gesell, mientras buscaba piedras pulidas que después, como si la metáfora se hiciera materia, ubicaba en los estantes de su biblioteca. 

Pero pasaba el tiempo y él sentía que las contratapas no habían dado todo de sí, no todavía. Así nos lo decía cuando le preguntábamos por su próximo libro. Hubo algunos intentos previos como las antologías La tierra elegida y Ningún hombre es una isla, pero aunque amaba esos libros no quedó completamente satisfecho. Entonces, de una conversación con la editora chilena Andrea Palet, le surgió la idea de recoger las mejores contratapas pero reorganizándolas y enlazándolas unas con otras mediante un sutil mecanismo de referencias y alusiones internas, como en un largo relato único. Eso hizo a lo largo de dos años con Yo recordaré por ustedes, libro que se publica ahora póstumamente pero que él dejó listo y revisado hasta el último detalle después de infinitas versiones en las que perseguía “la forma justa”. En el borde impreciso entre la realidad y la ficción, entre el fresco de época y la crónica autobiográfica, el relato de ideas y la novela condensada, es sobre todo una vuelta al mundo y al siglo veinte de la mano de un narrador magistral. 

Más de una década después de la primera contratapa, éste era, por fin, el libro que Juan había querido hacer desde el principio. Cuenta María Domínguez, su compañera de los últimos años, que el viernes 18 de julio, sentado frente a la computadora, lo escuchó lanzar un suspiro profundo de alivio, de misión cumplida. Ese mismo día recibí un Whatsapp suyo desde la playa por donde caminaba con su perro en el que me decía lo contento que estaba. Ya teníamos el interior del libro, la imagen de tapa que él había elegido, los textos de contratapa y solapas. “El hijo tiene cara”, me dijo con tono burlón pero exultante y remató con una carcajada. Dos días después lo fulminó un infarto masivo en su casa de Mar de las Pampas. 

Se sabe que Juan tenía ideas fuertes sobre la literatura, opiniones a veces provocadoras que lo expusieron a discusiones y polémicas. Lo que no se menciona tanto pero resulta evidente era su generosidad fuera de lo común. Le interesaban mucho las demás personas, en especial lo que escribían. ¿Qué otra cosa sino una pulsión por compartir gustos y saberes hay en el origen de sus contratapas, de la colección de rescates Rara avis que dirigía para Tusquets? En uno de los últimos llamados telefónicos me hablaba con entusiasmo de las nuevas novelas de Paula Pérez Alonso y Sylvia Iparraguirre, próximas a publicarse, y de un libro inédito de cuentos de Santiago Featherstone. Dice Matilda, su hija, que de un tiempo a esta parte sentía predilección por la literatura joven escrita por mujeres. Días antes de que muriera, cuando hacíamos la lista de personas a las que quería especialmente mandar el libro, me nombró a Tamara Tenenbaum, a quien creo que no conocía pero a la que leía con atención, y a Camila Sosa Villada, a quien sí conocía y había editado junto a Paola Lucantis. Ahí estaba para Juan el presente más electrizante de la literatura argentina contemporánea, y quizá también el futuro. 

Me doy cuenta de que no respondí a la pregunta inicial. En verdad no sé si sé cómo se edita a un editor como Juan Forn, pero seguiré intentado aprender como quien rastrea sus huellas en la arena. Ahora me toca, como su editora y como su amiga, dar la bienvenida pública a ese libro-testamento que es Yo recordaré por ustedes, una síntesis genial del extraordinario escritor, lector, cronista y editor que convivían en él.

MG

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