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Flora Purim a los 80, el mejor Bach para laúd y la prehistoria de Betty Boop

Flora Purim

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Una historia con muchos comienzos. Un partido de ping pong con Joâo Gilberto (que él ganó). Sus actuaciones en el Joâo Sebastiâo Bar en San Pablo. El Trio Salambanço, donde conoció al percusionista Airto Moreira, su marido y compañero musical desde hace casi sesenta años y con quien viajó a los Estados Unidos en 1967, escapando de la dictadura militar brasileña. Su trabajo con Stan Getz, durante el cual se negó a cantar “Garota de Ipanema” porque “le pertenece a Astrud (Gilberto)”. Los dos años en la Prisión Federal de Terminal Island por tenencia de cocaína. El rescate de Carlos Santana y de George Duke. Dizzy Gillespie y el espiritualismo. Opa y la sabiduría oriental (del Uruguay). Chick Corea y el regreso a la eternidad.. Y varias de las grabaciones más importantes del lado brasileño del jazz-rock –o lo contrario–, que incluyó nombres como los de Hermeto Pascoal y Egberto Gismonti y del que ahora casi nadie habla. Y un disco notable en 2005, Flora’s Song. Y otro, extraordinario en más de un sentido, grabado a los 79 años durante la pandemia, junto a su familia y amigos cercanos, y editado ahora que Flora Purim tiene 80.

Para entender la importancia de esta voz pequeña, afinadísima, sugerente en su aparente distancia afectiva y llena de un swing que casi siempre aparece contenido, como próximo a explotar (lo que lo hace más efectivo) bastaría con recorrer la lista de los músicos que integraban lo que, en el primer disco a su nombre, Butterfly Dreams, grabado en 1973 y publicado el año siguiente, se presentaba como su sexteto: Joe Henderson en saxo, George Duke en teclados, Stanley Clarke en bajo, David Amaro en guitarra y, por supuesto, Airto.

Antes de que comenzara su carrera solista ya había participado de los discos Where Flamingos Fly, de Gil Evans, de Blue Bossa e If Could Happen with You, de Duke Pearson, de Hermeto, de Hermeto Pascoal ­–con quien más adelante grabó el cenital Missa dos escravos– y con Return To Forever –el disco de ese título publicado por ECM y Light as a Feather–. Después, su voz apareció en “Love, Devotion and Surrender” y “Yours is the Light”, en Welcome, y en “Promise of a Fisherman”, en Borboletta, de Santana. Y también en Feel, de George Duke. Ambos fueron quienes impulsaron su nueva trayectoria, después de la cárcel.

En If You Will aparece una coprotagonista de peso, Diana Purim, hija de Flora y Airto, que canta la primera voz en el tema que le da título y que su madre había grabado con Duke en el disco Cool, de 2000. Y viejos compañeros como el gran guitarrista José Neto. En “This is Me” se destaca la participación de Airto y en “500 Miles High”, un obvio homenaje a Chick Corea, aparecen, virtuosos, Davi Sartori en piano eléctrico y Thiago Duarte en bajo eléctrico. Grabado en Curitiba, donde vive, diecisiete años después de su disco inmediatamente anterior, esta es la síntesis luminosa de una carrera que la cantante resume con sencillez: “Cuando hay un texto, trato de decirlo lo mejor que puedo; cuando es una canción tan bella que no necesita palabras, me entrego a ella sin pensar”.

Bach en laúd

Las suites para laúd de Johann Sebastian Bach son una de las cumbres del repertorio para cuerdas pulsadas y, antes del resurgimiento de los instrumentos originales del pasado –o de sus reproducciones actuales– fueron el material más preciado de los guitarristas. Aun cuando no parecen estar escritas especialmente para este instrumento –toman al laúd como un instrumento puramente melódico, como en las suites para cello y para violín solos, aprovechando muy poco sus posibilidades polifónicas­– poseen una rara belleza y, sin duda, encuentran su encarnación más precisa en este antiguo instrumento originario del norte africano.

La Argentina, con una nutrida tradición guitarrística, se convirtió en lógico centro de la actividad laudística a partir de los talleres de Hopkinson Smith –uno de los grandes intérpretes de laúd– y la peregrinación a Basilea, en cuya Schola Cantorium enseñaba, se convirtió en estación obligada. Evangelina Mascardi es una de las peregrinas y ya desde hace años ocupa un lugar de privilegio en la escena internacional, con registros notables de la obra de Sylvius Weiss y con bellísimos discos conjuntos con el clavecinista Maurizio Croci. Su Obras completas para laúd de Bach acaba de ser editado por el sello Arcana e incluye, además de las Suites, Preludio, Fuga y Allegro BWV 998, el Preludio en Mi Menor BWV 999 y la Fuga en Sol Menor BWV. Los nostálgicos podrán encontrar aquí la versión original de aquella Bourée incluida en el disco Stand Up de Jethro Tull (Bouree de la Suite en Mi Menor). Mascardi, con fraseo exquisito, respiración exacta, musicalidad extrema en sus inegalité (esa práctica del barroco que hacía que las notas iguales en su duración nunca lo fueran del todo), inspiración y justeza en sus ornamentaciones, pertenece por derecho propio al parnaso las mejores grabaciones existentes de estas obras, junto con las de su maestro Hopkinson Smith y las de Jakob Lindberg.

Leyla McCalla y el cello en la encrucijada entre el Mississippi y Haití

Cantante y cellista poco ortodoxa, Leyla McCalla es una de las figuras más interesantes del blues y, sobre todo, de un rescate creativo de las tradiciones del Sur Profundo de los Estados Unidos. Hija de haitianos y nacida en Nueva York ha hecho del cruce entre estas tradiciones un campo fértil para su imaginación. En el reciente Breaking the Thermometer renueva los votos y va más hacia el lado haitiano de las cosas, con letras que combinan la aparente ingenuidad de lo folklórica con la ironía y, en ocasiones, la furia.

Boob-Boop-A-Doop

“Los chicos bailan más con las chicas que besan más. Y la flapper, cuando lo advirtió, despertó de su letargo de predebutante, se cortó el pelo a lo paje, se puso los aros más elegantes, y mucha audacia y maquillaje, y salió al campo de batalla. Flirteaba porque flirtear era divertido”, describía a esa nueva especie Zelda Fitzgerald, ella misma una flapper. Estaban ellas y estaba Helen Kane, una chica del Bronx más bien bajita y regordeta, de atractivas curvas y con un enredo de pelo en lo alto de su cabeza –lo que la hacía parecer un poco más alta–, los ojos delineados con lápiz negro y una voz infantil que acentuaba una suerte de erotismo perverso. En 1928 cantó “I Wanna Be Loved by You” en la comedia Good Boy, de Oscar Hammerstein. Y la grabación fue un éxito inmediato. Siempre, en sus canciones, intercalaba, casi susurrando, como para sí misma, el tarareo “Boop-Boop-A-Doop”. Hubo concursos buscando las chicas que más se le parecieran. Hubo muñecas con su nombre. Y el dibujante y productor Max Fleisher la convirtió en Betty Boop, el primer personaje proto pornográfico del cine de animación que, por error, circuló en muchos lugares –entre ellos la Argentina– como cine infantil. Aquí puede escucharse a la verdadera Betty, la olvidada Helen Kane.

DF

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