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SOY GORDA (ESEGÉ)

Gente que viene y va

amigos felices con primer plano de fuegos artificiales

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Ahora que pasaron las fiestas findeañeras y que estoy de regreso en Buenos Aires luego de girar por España, Francia y Portugal llega la hora del balance de 2025. 

Me refiero a balancear en la máquina que mide y pesa lo que hay y lo que falta, para -será posible?- direccionar el presente en pos de una vida mejor.

Desde que se inauguró y se expandió hace bastante más de dos siglos el paradigma del Iluminismo, existe la esperanza o la ilusión de que la existencia progresa, que es teleológica y que lo que vendrá superará el pasado.

La experiencia histórica no parece confirmarlo y sin embargo, esa cosmovisión continúa. Es difícil zafar de una determinada manera de ver, cultural y colectivamente construida, aunque mucho de todo lo que conocimos, material y simbólico, se vaya cayendo.

Algunos visionarios lo han logrado. Artistas, locos, revolucionarios y científicos, personas de mente abierta, que se opusieron a las ideas dominantes y abrieron caminos inéditos en el pensamiento.

Por estos días, pienso en la celebración de Navidad y Año Nuevo, en la presión social de las fiestas, esa especie de deber de compartir con gente por exclusivos lazos consanguíneos, a la que vemos poco o nunca, con la que tenemos que sentarnos a la mesa porque así lo indica la tradición.

Cómo si les adeudáramos una intimidad que finge una cercanía que no lo es, pregunto: queremos la próxima vez formar comunidad sostenida en base a la convención de las fechas?

Dice María Gaitán en la columna post nochebuena La obligación de estar juntos, publicada por el diario asturiano La Nueva España: “nos acompaña una hipocresía emocional”. Y digo yo: qué tal si comenzamos a ser más francos? El costo de hacerle olé a los conflictos, las disputas, los diálogos vacíos, será menor que ponernos la máscara del está todo bien.

Elegir decir No es una forma del cuidado. Tomemos esa herramienta, si la necesitamos. Especialmente las mujeres, destinadas a ser en su mayoría las que cocinan y las que se levantan primeras de la mesa para reponer, lavar y secar la vajilla. Son tareas domésticas no apreciadas y, sin embargo, imprescindibles.

Una de cal y una de arena.

Qué gozoso fue el reencuentro con mi hija. Qué bellos y sentidos los abrazos, tan necesarios, luego de un año sin vernos. En Oviedo, nuestra última parada antes de regresar a Lisboa donde reside, nos deleitamos con la fabada. Es un espectáculo ver cómo se sirve en altura la sidra natural. El mozo estira uno de sus brazos hacia el cielo, botella en mano, y la sirve apuntando a la copa, sostenida con la mano contraria, a la altura de la cintura. El propósito es que la bebida se oxigene y adquiera mejor gusto y aroma para tomarla de un trago.

Ya a la hora del postre, conversamos sobre la migración. En avión, barcos, buses o botes improvisados. A veces, con riesgo para la vida. La humanidad, siempre, buscando mejorar sus condiciones de existencia.

Y aunque un tal Jaime, en la rambla de Gijón, vaticina que en el futuro gran parte de la población de Europa se irá a vivir a Latinoamérica, ahora es más frecuente tomar el camino inverso.

Madrid, Barcelona, Málaga, Canarias Lisboa, Porto, Azores, por solo mencionar el sur del continente.

Ex compañeras y compañeros de Mile, mi hija, de la escuela, del barrio y del club, hoy buscan oportunidades en la vieja Europa, con o sin documentos, con guerras cercanas, racismo y una política trumpista neo imperial que amenaza al mundo entero.

Si en 2022, con 3851 peregrinos, Oviedo fue el concejo asturiano que más habitantes ganó gracias a los intercambios de población, en 2024 fueron 4775 los que llegaron para radicarse. Un récord en lo que va del siglo.

Dicen los periódicos que la ciudad es muy atractiva para residir. Desde el monte Naranco con sus casonas majestuosas que tocan los picos nevados, hasta el centro histórico con sus locales comerciales, museos e iglesias.

Las autoridades gestionaron cambios en la movilidad urbana, tales como la creación de una zona de bajas emisiones tóxicas. Son recientes las medidas pero tienen un objetivo sanitario que implicará para 2030 una reducción en las emisiones de CO2 en un veinte por ciento. Será una ciudad donde se usarán más bicis y se caminará más.

Los mercados navideños a cielo abierto, las panaderías con turrones de Gijón y tartas dulces de queso, el Museo de Bellas Artes con obras de El Greco y Dalí, las callejuelas onduladas enamoran.

Sin embargo, allí y en otras urbes la población envejece sin reemplazo. El planeta está desequilibrado. Con la concentración de la riqueza en una parte mínima de la población. 

Mientras tanto, los habitantes de África aumentan y algunos gobiernos progresistas intentan hacer más feliz a la gente que representan.

LH/MF

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