Relato

Hermanxs de sangre

El albúm de Romina Paula

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La noche del día en que nací, mi papá se fue a festejar el cumpleaños de mi abuelo y mi mamá se quedó en el hospital. El abuelo que celebraba era el padre de mi mamá. Brindaron por mi nacimiento sin complicaciones. Dice mi mamá que no le pareció grave en ese momento, que le pareció normal que el padre de ese bebé recién nacido se fuera a festejar.

Esta semana tuvimos un intercambio fuerte e inesperado en el chat familiar. Di con un cuaderno de la infancia, una suerte de librito que se les entregaba a los amiguitxs de la primaria para que ellos pegaran una foto y escribieran algo, en general eran cuadernos en blanco y funcionaba como un álbum de recuerdo de esos niñes. En este caso, el librito era comprado y canchero. Me lo había regalado una familia de alemanes, y la propuesta de este era que cada niñe escribiera qué le gustaba y qué para nada, junto a una foto de sí mismx. La cosa arranca cuando mando  al chat familiar mi foto junto a mi nombre escrito con letra incipiente, comentando que tengo la misma edad que mi hijo Ramón ahora, y que me faltan ambas paletas en la sonrisa, igual que a él. Mi hermano pregunta si también hay de ellxs, saco la foto de las que me pide: su página, la página de mi hermana, la página de mi mamá y mi papá que por alguna razón decidieron compartir el espacio y escribir en la misma página juntxs. Aunque cada uno con su letra. Hasta ahí, todo del universo del recuerdo, sin sobresaltos. La página de mi hermano está completada con la letra de mi mamá, mi hermano no escribe aún. La página de mi hermano está escrita en alemán. Ahí dice que le gusta mirar dibujitos, jugar, Lego, aviones, bicicleta, nadar en la pileta y que la abuela le haga mimos. Y que no le gusta pintar, que las chicas (por mi hermana y por mi) lo molesten, que lo empujen y le peguen. Lo de empujar y pegar, al haber un punto y coma entre el molestar y eso, se entiende que es en general, que en general no le gusta que lo empujen y le peguen, no se refiere solo a nosotras. 

En un audio, mi mamá comenta que lo molestábamos. Lo dice casi con ternura, como un comentario más de una memorabilia, pero ahí la cosa cambia de color. Mi hermano, entonces, deja un audio. Ya no tiene el tono de la evocación. O sí. Pero no de la evocación melancólica sino de aquella que se encuentra muy cerca de su objeto. No sé si eso puede ser llamado evocación. Mi hermano, con tono serio, dice que no le parece gracioso, que aún lo recuerda, que lo recuerda con el cuerpo, que mi hermana y yo lo volvíamos loco y que nuestra mamá no intervenía. A lo que mi mamá dice que sí intervenía, todo lo que podía, pero que nosotras, las mujeres, éramos brujas, dice así. A lo que yo también dejo mi propio audio vehemente y con mucho para decir, una mañana inesperada, sondeando las profundidades de la primera convivencia familiar. Dice mi hermano que él como padre ahora intenta evitar con todas sus fuerzas que el hermano mayor moleste a su hermanita, que es algo que no puede soportar. Yo arrojo algo así como que mi mamá estaba desbordada, con los tres y toda la casa la comida la escuela, todo, en fin y la pregunta que queda resonando es ¿Y Gerardo, y mi papá?

En la página que le corresponde, lo primero que escribe mi hermana en la columna de lo que no le gusta es “que mami nos rete”. En la página de les adultes, también en alemán, mi mamá escribe que no le gusta que “lxs niñxs se peleen y contesten” y mi papá “caras largas/malos ánimos en casa y que ustedes se peleen”. 

A nuestros audios mi mamá pone unos emojis de sorpresa y cariacontecida en el chat. Reacciono enseguida, grabo más. Digo que nosotres éramos bastante histéricos lxs tres juntxs, que gritábamos mucho, que nos cagábamos a palos. Sobre todo entre los tres. Que las dinámicas de dos después siempre eran distintas. Mi hermana y hermanito solxs no se peleaban, yo con mi hermanito tampoco, o por lo menos no así. Pero mi hermana y yo sí, y eso podía ser una hecatombe, nos fajábamos mal y a los gritos, algo que le pelaría los nervios a cualquiera, no sé cómo llegábamos hasta ahí, cómo se escalaba así. Y cuando se armaban esos embrollos y la gritería, intercedía mi madre y entraba a repartir, nos clavaba las uñas en el antebrazo, nos separaba de los pelos, era realmente intenso. Una vez, en algún momento de nuestra primaria, mi mamá estaba internada por unas adherencias en la costura de las cesáreas, estábamos viviendo de prestado en la casa de Ana, una señora que trabajaba con mi abuelo, una suerte de abuela muy cariñosa. Dormíamos lxs tres apiñadxs en un cuartito interno en el que nos gustaba estar. Estaban construyendo la casa en la que viviríamos y por el tiempo que llevara eso, vivíamos ahí. Supongo que de día estábamos bastante a cargo de ella y de mis abuelas, porque mi papá trabajaba en una oficina en el centro sus ocho horas de rigor, así que pasábamos la mayor parte del día con las señoras, hasta que llegara mi papá. Una tarde Ana o mi abuela nos habilitaron a mi hermana y a mí la colección de figuritas de mi mamá. Eran de esas de papel que venían en planchas y tenían brillantina pegada por encima. Mi mamá las había cuidado muy bien. Eran figuras de mujeres flores, de insectos embellecidos, de bebés en situaciones, con una flor de sombrero, ese tipo de imágenes, una cruza de mujeres niñas y niños de cachetes rozagantes, flores en cestos, bichos bebés animales, todo pasado por un filtro de cuento de hadas, todo puesto a brillar. Creo que mi mamá -una vez más desde el hospital- pensó que era una buena idea heredarnos su tesoro, para entretenernos, para que no la extrañáramos, no sé. Fue una batalla campal. Nos recuerdo a mi hermana y a mí rodando por el piso del living, por encima de las figuritas. Las señoras no nos podían separar, éramos dos animales furiosos, encendidos, sedientos de sangre. Esa fue una de las peores. No sé cómo salimos de ahí. Y ahora que abrí esta puerta, recuerdo que particularmente en esa casa nos peleábamos mucho, hubo varios episodios así, no sé qué pensaría la pobre de Ana, con nosotras tan desenfrenadas. No sé cómo quedaríamos después de eso, ahora me resulta muy difícil de imaginar, ese nivel de violencia y volver. Una vez llegó a quedar un pedazo de piel de mi antebrazo bajo la uña de mi hermana. Ambas vimos esa partecita de mi bajo su uña, ya no hubo ni llanto ni enojo, solo terror. En distintos momentos de mi vida de adulta consulté a amigues acerca de sus relaciones de hermanxs, la mayoría me confesó que en algún momento llegaron a niveles de violencia que lxs asustaron, que en algún momento estuvieron a punto de o hicieron sangrar a sus hermanes y pensaron que podrían haberlxs matado. Y que ese fue siempre el punto de inflexión.

En la película Un asunto de mujeres (1988) de Claude Chabrol, una Isabelle Huppert muy jovencita encarna a Marie-Louise Giraud, una de las últimas mujeres guillotinadas en Francia durante la ocupación en la Segunda Guerra Mundial. En la película, Marie-Louise le practica a un aborto a una vecina, le resulta, y comienza a trabajar de abortera. En la película, también, Marie-Louise alquila unas piecitas que tiene en su casa a dos amigas prostitutas que las necesitan para trabajar. Además, mantiene a su marido desempleado y cuida a lxs dos niñes que tiene. A Marie-Louise comienza a irle bien, se libera, tiene dinero, tiene un amante. Pero su marido, despechado por haber quedado fuera de esta nueva vida próspera de Louise, la denuncia a la justicia, que la condena a la pena capital, por guillotina. 

La historia es al mismo tiempo cierta e hiperbólica: hubo una mujer a la que le sucedió exactamente eso. La mayoría de las demás no tuvieron ni tenemos destino tan épico pero la acumulación de tareas sigue siendo un sino que se nos hace bastante común, que naturalizamos, como mi mamá, que vivimos en mayor o medida como elección y no como yugo, o dominación.

Mi mamá, en la casa y casi todo el día, estaba sola con nosotrxs tres. Mi mamá se ocupaba de nosotrxs, de todo lo que había para hacer en la casa, de hacer las compras, de preparar la comida, de nuestra logística escolar, de las tareas que tuviéramos que hacer también. De elegir los regalos para los cumpleaños, de llevarnos y buscarnos de donde fuera, de inventar y producir los disfraces para cuando había que disfrazarse. 

Tengo un solo hijo y a veces no doy la vuelta con el bricolaje y con acompañar con la tarea. Mi mamá nos cuidó a nosotrxs tres atenta a todas esas cosas y más, cualquier cosa más que pudiera aparecer. No puedo no pensar que mi mamá estaba completamente sobrepasada, aunque lo haya elegido, sin duda fue un montón. Y después, por la noche, cuando llegaba cansado mi papá, y nosotrxs bañados y con la tarea lista ya, la cena en marcha, las tres viandas para el día siguiente en marcha, la ropa lavada, limpia, planchada, todo funcionando, hacíamos la escena de la familia unida, funcionando, con todo resuelto ya. Y mi papá  escribe en el cuaderno que no le gustan las caras largas en la casa. ¿Qué tal?

RP

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