Opinión

La impotencia de los varones

La impotencia viril es un síntoma tratable y que, por lo tanto, desestimarlo es más costoso.

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Soy un mentiroso. Entiendo que no hago una confesión excepcional, digo mentiras de la misma manera que todo el mundo. Tal vez sí a veces lo disfrute; en ciertos casos, cuando digo una mentira, siento un particular regodeo en mi propia ridiculez. Al mentir, siempre me siento niño. Por eso trato de no hacerlo demasiado.

Ahora bien, si me declaro “mentiroso” en esta oportunidad es porque mentí y no lo sabía. No digo que mentí y creí mi mentira. Digo que mentí y me descubrí a mí mismo. Me explico mejor: en mi último libro (El fin de la masculinidad) escribí que en la época freudiana el síntoma privilegiado era la frigidez de las mujeres, mientras que hoy en día se trata de la impotencia de los varones. No obstante, Freud es preciso: “Si se pregunta cuál es la afección por la que se le solicita asistencia más a menudo a un analista, éste deberá responder que es la impotencia”.

Es cierto que Freud considera la frigidez femenina (más bien histérica) una forma de impotencia; sin embargo, esto no altera el resultado. Freud es explícito. Y lo que más me sorprende es que yo conocía a la perfección la referencia que mencioné antes. ¿Por qué no quise enterarme de lo que ya sabía? Pienso, si ahora no tengo más remedio que intentar ser honesto, que quería rivalizar con Freud. Me da vergüenza escribirlo, pero es así. Que sienta vergüenza indica que estoy en lo cierto. 

En mi libro quise situar una diferencia entre la época de Freud y la nuestra; un poco alegre por mi descubrimiento –con una alegría que es la otra cara de la angustia–, eché mano de un típico conflicto viril para sentirme seguro. Soy mentiroso, aunque tendría que reconocer que lo hice neuróticamente; es decir, sin querer queriendo. No me cabe mérito ni heroísmo. Mentí para demostrar mi potencia, en un momento de angustia, algo que solo se puede hacer frente a otro hombre.

Como todo hombre, soy una mentira. Aclaro: no digo que sea “de mentira”. Digo que padecí un conflicto, me angustié y resolví mi malestar de manera neurótica: con una demostración de potencia que solo demuestra mi impotencia. Lo extraño es que a pesar de todo, tengo razón. Porque cuando Freud habla de la impotencia masculina, la vincula con la presencia del deseo y, por mi parte, creo que la impotencia que hoy en día sufren muchos varones –y por la que consultan– está en las antípodas del deseo. Me interesa esta distinción: Freud dice que un varón demasiado interesado (en un deseo) puede ser que pierda su potencia, ya sea porque el deseo se le representa hostil, o bien porque es capaz de sentir culpa, entre otros motivos; por mi parte, planteo una idea diferente: hoy en día la impotencia masculina no tiene como causa un deseo ardiente, sino el efecto que tiene en un varón querer aferrarse a una imagen de potencia. 

Tanto Freud como yo estamos de acuerdo en un punto: un varón potente es cualquier cosa, menos un ser deseante. Después de todo, por esto mismo es que Freud entronizó la frigidez como síntoma histérico: una lectura vulgar diría que las mujeres de la época freudiana no gozaban porque los tipos eran unos tontos que no se ocupaban del placer femenino. Una interpretación de este estilo, que orgullosamente podría remitir a la sociedad patriarcal, olvida lo más importante, que es que para Freud la histérica era la que, en plena sociedad patriarcal, le decía al varón que se creyera potente: “Así no me vas a coger, con vos no voy a gozar”. El psicoanálisis del siglo XXI, timorato y atento a los discursos de la época (antes que a su práctica), a veces quiere dejar de lado la noción de histeria, cediendo a una visión victimizada de la mujer victoriana; pero así olvida que si Freud refundó la categoría clásica de histeria fue para destacar su papel subversivo, su condición objetora, su derecho a la inconformidad.

Pero volvamos a mi pelea con Freud. A la tonta rivalidad con Freud, a quien le doy y le daré siempre todas las razones, porque también tengo las mías. Dije que quise hacer gala de potencia, pero no hice más que exhibirme impotente con una mentira. El mío es un caso típico de impotencia masculina en este siglo. A muchos varones les ocurre que hablan de esto mismo, pero en otro contexto. Afortunadamente a mí me pasó mientras escribía un libro. Si dijera que fue la única ocasión, mentiría.

El contexto más común en que la impotencia viril ocurre hoy en día es en el ámbito sexual. En la cama. Es un relato común en la consulta. Después de un encuentro (cita o  paseo, salida en sentido amplio) llega el momento de la verdad y, entonces, el varón se detiene. Algo no funciona. Eso no funciona. Sin embargo, no se trata de un deseo que se desborda y produce el efecto contrario; más bien, hay una escena que no termina de ser. Hay varones que dicen que se desconcentran y en ese punto un analista no podría dejar de preguntar qué otra cosa reclama su atención. No es raro que cuenten que están mucho más pendientes de si van a poder (o no), que de disfrutar. Dicho de otra manera, así se reconoce una primera fantasía en la causa de la impotencia: la identificación con ese ser ultra-viril que ellos deberían ser y no son. En esta fantasía, la expectativa de ser un tipo de semental cumple un papel inhibitorio. Recuerdo a quien alguna vez se refirió a este proto-hombre que habita en la mente de los impotentes como “el garchador”.

Esta última expresión tiene un sentido ambiguo, porque denota también aquello en lo que un varón puede convertirse cuando busca aspirar a un ser de máxima potencia: en un objeto parecido a un instrumento. Dicho de otra manera, “el garchador” declina muy rápido de semental a un consolador inerte. Así puede advertirse que la potencia encubre la impotencia, lo cual también se reconoce en este otro desdoblamiento: en varones que sufren de impotencia es común otra fantasía, la de que la destreza en el acto sexual es garantía de lazo (en criollo: que un buen polvo enamora). No es que esto no sea cierto, sino que es una fantasía fálica: ¿qué quiere una mujer (o aquella persona con quien uno se acueste)? Un buen falo. ¿Qué le hace falta a una mujer (o aquella persona con quien uno se acueste)? Un buen revolcón. En fin, no hace falta saber mucho de psicoanálisis para darse cuenta de que la interpretación fálica del deseo sabe muy poco del deseo, al que puede olvidarse en el camino y, por lo tanto, impotentizar.

Por otro lado, este falicismo frenético del impotente suele desconocer otro aspecto del que también suele hablarse mucho en la consulta: que no hay nada más intimidante que otro cuerpo; que el cuerpo del otro es, en principio, lo más extraño porque expone la extrañeza del propio cuerpo (que puede volverse eréctil por motivos misteriosos). Quien resulta impotente suele hacer del cuerpo del otro un objeto a penetrar, sin reconocer los tiempos que implica entrar en otra corporalidad, dejarse envolver y, por lo tanto, saber que penetrar antes que una actividad implica más reconocerse pasivo. En el deseo, nadie penetra a nadie. Esta es la escena de potencia. En el deseo, todos somos penetrados.

Asimismo, la sumatoria de estos aspectos (la incidencia de la fantasía de potencia, instrumentalización del placer para otro, con el consecuente del descuido de la propia excitación, la búsqueda un sexo ideal y garantizador) tiene como correlato un talante anímico específico en los impotentes: la culpabilidad. El impotente, suele hablar de su impotencia con culpabilidad. Este es lo primero que un analista debe notar, como forma de reconocimiento diagnóstico, antes de empezar a tratar el complejo entramado de las fantasías que desarrollé antes.

Podría mencionar otras consideraciones para hablar de la impotencia masculina, por ejemplo, su habitual deriva hacia los celos. El celoso impotente suele fantasear con ese otro que haría lo que él no puede (celos típicos de este tenor son los retrospectivos, es decir, por las parejas anteriores), pero este es tema para otro artículo. En este punto, me alcanza con haberle respondido a un lector de mis notas en elDiarioAR, que me sugirió el tema en cuestión, a partir de mencionar lo común de este fenómeno, a lo que yo quisiera agregar el uso recurrente de pastillas para solucionar la impotencia, al menos durante un tiempo, porque también existen las consultas para luego tratar la dependencia respecto del fármaco. Tarde o temprano, la impotencia no resuelta, reaparece.

Para concluir, voy a enfatizar dos puntos: por un lado, que la impotencia viril es un síntoma tratable y que, por lo tanto, desestimarlo es más costoso. Por otro lado, la raíz infantil del complejo de fantasías que mencioné antes, ya que en la expectativa de una potencia incólume y una satisfacción plena del otro, no se realiza otra actitud que la del niño que gratifica a su madre. Solo a un niño le cabe ser ese falo seguro de sí mismo. A partir de cierta edad, a los varones no nos quedan más que las mentiras, las que decimos a propósito y las que nos sorprenden.

LL

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